• Caracas (Venezuela)

Rogelio Altez

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Rogelio Altez

Fútbol, mentiras y video

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Sobrevuela en Europa un viejo dicho: el fútbol es un juego de once contra once inventado por los ingleses en el que siempre ganan los alemanes. Aunque la historia le desmiente, el espíritu detrás del dicho está claro, pues todo indica que hay algo más detrás del deporte más apasionante de todos los tiempos. Y vaya que lo hay.

El fútbol es un deporte de masas, fenómeno exclusivamente moderno, que surgió a mediados del siglo XIX de la mano de una forma de asociación comunitaria particularmente inglesa: el club. Los clubes muy pronto representaron localidades, ciudades, regiones y naciones, y la rivalidad expresada en el juego rápidamente sirvió de vehículo a otro fenómeno igualmente moderno: las identidades. Este vínculo subjetivo es el dispositivo más eficaz a través del cual el fútbol acaba siendo esa “pasión de pueblos” con la que tantas veces es descrito.

La articulación psicomotriz que enseña este juego y que proviene de la relación ojo-pie, tan peculiar de este deporte, cuajó con solidez en las sociedades más próximas a los intereses ingleses, y quizás por ello es que, en el caso de las zonas de influencia norteamericana -como el Caribe-, el deporte más popular, el beisbol, representa otro tipo de relación asentada en la coordinación ojo-mano. Hay diferencias asimismo en la forma de asociación; propio de los estadounidenses, la franquicia se distancia estructuralmente del arraigo característico del club, de raíces que se hunden en el vínculo con lo territorial. La franquicia se
vende y se mueve dependiendo de los intereses que apuesten por ella; el club, como los países, no puede mudarse.
La evolución del fútbol ha hecho que los clubes se transformen en corporaciones, enseñando un rostro visible, el del arraigo y la identidad, y prosiguiendo una vida soterrada de negocios y transgresiones. El mayor vehículo al respecto lo ha representado la FIFA, el organismo supranacional creado en 1909 y que cuenta hoy entre sus afiliados a 209 países, diecisiete más que la ONU.
Desde sus inicios, la FIFA ha apuntado a la globalización del fútbol, ya como deporte, pero sobre todo como negocio. Para ello, y en tanto que ente supranacional, cuenta con sus propias reglas, las que se levantan por encima de la justicia ordinaria de cualquier país. Esto le ha permitido erigirse como un juez universal que goza de inmunidad absoluta. Gobierna el fútbol y todo cuanto le concierne, y prueba de ello es que en un partido profesional el árbitro es la máxima autoridad del ámbito en donde se juega -estadio o cancha-, desde que pisa esos linderos, convirtiendo tal espacio en su jurisdicción incluso por encima de las autoridades locales.

Si la justicia ordinaria pudiese intervenir, en el supuesto de que se impartiera justicia realmente, se condenarían muchas de las cosas que eventualmente no son sancionadas por los árbitros. Pero esto pondría en evidencia a la FIFA, ese juez universal autoproclamado que resulta ser el principal exterminador del “fair play” que tanto promueve. Nada dijo la federación sobre el regalo del árbitro japonés a Brasil en el partido inaugural contra Croacia, o de la falta inexistente con la que los brasileros eliminaron a Colombia gracias a un soberbio tiro libre ejecutado a la perfección por David Luiz. La baja categoría de los árbitros del mundial -se salvarán apenas dos o tres- dice más del desinterés en un juego limpio que del embustero empeño en un deporte justo.

Pero mucho más que injusticias deportivas son amparadas por esta entidad tan poderosa. Quizás el ejemplo más llamativo al respecto se deje ver en las ganancias percibidas en este mundial por derechos de televisión y publicidad. La FIFA se ha embolsado unos 3.300 millones de euros por ello, de los que apenas ha repartido 300 entre las selecciones participantes. En un gesto de generosidad prometió alcanzar unos 32 millones a los clubes que han “prestado” sus jugadores a las equipos nacionales, y se comprometió a presionar para que existan acuerdos por escrito firmados previamente a los mundiales donde las federaciones de cada país se vean obligadas a pagar las primas prometidas a esos jugadores, de manera que no suceda lo que pasó con los de Camerún en este año, que amenazaron con no jugar el mundial si no se les pagaba lo acordado. Con todo, la FIFA no ha dado explicaciones sobre el destino de los 2.968 millones restantes. Pero… ¿por qué habría dar explicaciones? No existe ente fiscalizador de esta organización “sin fines de lucro”.

En el ámbito deportivo, los mundiales son una muestra clara de la injusticia arbitral, tanto como del amparo a los equipos más taquilleros de la pantalla chica, el principal ingreso de la FIFA desde el mundial de 1974. El negocio con la televisión, por cierto, lo promovió el brasilero Joao Havelange, presidente de la federación entre 1974 y 1998. Le sucedió Joseph Blatter y ahí está desde entonces. Otro presidente de larga data fue el francés Jules Rimet, el mismo que luego del Maracanazo no quería entregar el trofeo al capitán uruguayo Obdulio Varela, quien acabó arrebatándoselo de las manos diciéndole: “Si no nos entrega la copa, no importa; los campeones somos nosotros”. Creía Rimet que se le iba de las manos una apuesta singular, pues se había enfocado en Brasil como plataforma futbolera mundial. Murió en 1954 sin ver a Brasil campeón, pero su apuesta por el gigante suramericano no fue en vano.

El favorecimiento de los árbitros con las potencias balompédicas ha sido descarado, así como también lo ha sido la condena a jugadores que podrían poner en peligro las apuestas y esa taquilla con sus habilidades. De ambas cosas sobran los ejemplos. Cuando fue suspendido Maradona en el mundial de 1994 por consumo de pseudoefedrina, aunque la sanción resultaba merecida, sorprende el tino con el que se acertó en la escogencia para la prueba del antidoping, como también sorprende que haya sido el único jugador en dar positivo. ¿Cómo es que nunca antes ni después han acertado al respecto? ¿Acaso Maradona ha sido el único que alguna vez utilizó substancias prohibidas para jugar en un mundial? Tanta certeza en ese caso, desde luego, genera sospechas, independientemente del merecimiento de la sanción.

Igualmente merecía una sanción Luis Suárez luego del mordisco a Chiellini en este mundial, pero lo que hizo la FIFA fue poner en evidencia, una vez más, que su justicia no es equitativa ni mucho menos equilibrada. ¿Cómo un mordisco, más allá de la reincidencia, puede merecer una condena por el estilo? El jugador no lesionó a nadie, no utilizó substancias prohibidas, no cometió ningún insulto al deporte. Hasta el mismo Chielini le disculpó. Pero la FIFA quiso ser ejemplar y le ha tratado como a un criminal. Haciendo un despliegue de su autoridad supranacional, no sólo le sanciona, sino que se vale de las autoridades locales para extrañarle del equipo y enviarlo a su país como si fuese un delincuente. ¿Con qué moral puede actuar la FIFA en este caso, cuando no es capaz de sancionar a otros jugadores que sí lesionan a sus colegas y de manera intencionada? ¿Qué es tan reprochable en un mordisco que no lo sea en una patada flagrante o en una entrada que va directamente a producir un esguince o una fractura?
Ciertamente, la FIFA no tiene moral. Si la tuviera, Brasil, por ejemplo, sería uno de los países que más debería pagar por actitudes antideportivas en estos torneos. En el mundial de 2002, en el primer encuentro, una de las estrellas brasileras, Rivaldo, logró con una espectacular simulación que dejaran a Turquía, su rival de turno, con diez jugadores, sorteando así un partido que tenían cuesta arriba y que probablemente no hubiesen ganado. Rivaldo no fue sancionado por esto, aunque la televisión repitiese mil veces la escena como un divertimento en el que se destacaba su destreza para engañar al árbitro. Con la misma vara que se ha medido la acción de Suárez se pudo sancionar el codazo de Neymar al croata Modric, en el partido inaugural de este mundial, acción que apuntaba a lesionar a un jugador. Al igual que el codazo de Neymar hubo muchas acciones reprochables y merecedoras de sanciones; pero la FIFA decidió ser ejemplar y contundente con un mordisco.

Son lances del fútbol, como la entrada de Zúñiga al propio Neymar que le fracturó una vértebra, y nadie que haya jugado al fútbol alguna vez ha de asustarse por este tipo de acciones. Pero los lances no se miden igual, si los mide la FIFA. Y lo mismo va con las simulaciones, esas mentiras que en cada partido son valoradas por el periodismo deportivo como “habilidades” de los jugadores.
Esta burla al juego tiene grandes representantes actualmente: Busquets (España), Di María (Argentina), Robben (Holanda), o los más destacados: Neymar y Dani Alves (Brasil). Nadie sanciona el engaño, quizás porque los empresarios del fútbol viven de ello. Ni siquiera el hecho de que un jugador como Alves, que en cada partido perjudica colegas con sus simulaciones y que se ríe en la cara de los árbitros con socarrona ironía, ha sido sancionado alguna vez por burlarse del “fair play” de la manera en que lo hace.
Quizás por ello, cuando a Neymar lo lesionaron de forma tan dramática, pocos creyeron en la veracidad del caso. Como el cuento del lobo, cuando realmente ha de venir, nadie le cree al pastorcillo que tantas veces antes ha mentido sobre su llegada.

Actitudes como éstas son evidencias de anti-deportividad, y de ello está plagado el mundo del fútbol. Al término del partido por el tercer lugar en este mundial, calificado como “de la vergüenza” o “el que nadie quiere jugar”, Brasil se retiró del campo en notable gesto de desprecio por el deporte y la competitividad, dejando solo a su rival y justo vencedor en la ceremonia de premiación. ¿Habrá sanción por ello? Desde luego que no; un gesto tan repudiable ni siquiera merece comentario por parte de la FIFA y, al mismo tiempo, es justificado por el periodismo futbolero como “entendible” en medio de la catástrofe brasilera. Cabe la pregunta: cuando otros equipos son igualmente derrotados, ¿deberían actuar como Brasil? ¿Será éste el ejemplo que busca la FIFA?

Este deporte que viste de clubes pero actúa como capital transnacional aún engaña más que en las simulaciones de los jugadores, y esa anti-deportividad es todavía peor en su ámbito más abominable: el de los contratos. Pocas veces nos enteramos de todo lo que se mueve detrás de la contratación de los jugadores, pero cuando algo salta a la luz pública, se divisa la punta del iceberg. El Barcelona contrató a Neymar en el verano de 2013, declarando que el costo de su pase fue de 51 millones de euros. Lo hizo como un contrapunteo moral con su rival histórico, el Real Madrid, que se había hecho con los servicios del galés Gareth Bale por unos 100 millones de euros. Pero un socio del club catalán denunció la tramoya y el caso fue a dar ante la justicia ordinaria, que esta vez (quién sabe por qué) decidió dar curso al asunto. Neymar costó realmente unos 120 millones de euros, y el fraude declarado -por supuesto- no perjudicó al club, sino únicamente a su presidente, Sandro Rosell, de inversiones igualmente fraudulentas en Brasil (vaya casualidad), quien acabó renunciando a su cargo y desapareciendo de la escena. En el contrato, además de la cantidad encubierta, se incluían favores personales al padre de Neymar, como el disfrute de orgías, entre otros detalles.

No es la única estafa en el fútbol español, aunque sí la de mayor cuantía. Messi ha defraudado al fisco más de 40 millones de euros, y aunque quien aparece como sindicado del asunto es su padre, cuesta creer que todo ocurra sin que el mejor jugador del momento se entere de ello. ¿Acaso todo esto pertenece al mundo del fútbol?; ¿o es el mundo construido por la FIFA? Endulzados para siempre con este carnaval de millones, ¿quién es capaz de hacerse a un lado? Maradona cobró al gobierno venezolano en la Copa América de 2007 la bicoca de un millón de dólares sólo por dar el puntapié inicial del torneo. En este mundial “El Pelusa” pidió una cifra impagable como comentarista hasta para las todopoderosas televisoras brasileñas, atreviéndose a incluir en su propuesta contractual la solicitud de fiestas privadas con mujeres, según lo comentó la cadena Mediaset en su programa español “Deportes 4”, un espacio de cotilleo al mejor estilo paparazzi. Mediaset, por cierto, fue fundada por Silvio Berlusconi, el dueño del Milan AC y el mayor símbolo de corrupción en Italia. Una vez más, el gobierno venezolano contrató a Maradona, esta vez con un programa propio en la emisora continental Telesur, financiada con dinero de este país. Nadie sabe cuánto cobró.

El mundial de este año ha finalizado con otro escándalo deportivo: el Balón de Oro otorgado a Leo Messi, de quien todos, hasta los propios argentinos, han comentado su escaso nivel de competitividad y su falta de compromiso sostenido durante los partidos. Si algún argentino lo merecía, con sobrados argumentos, ése era Javier Mascherano, que hasta se “abrió el ano”, en sus propias palabras, por defender la camiseta. Pero a la FIFA esto no le importa; vale más sostener la figura del alicaído número 10 que premiar a quien deja la piel en la cancha, pues de sus contratos con las grandes firmas patrocinadoras que representa también se garantizan los ingresos en las competiciones internacionales que generosamente organiza esta institución sin fines de lucro. El Balón de Oro se lo llevó un jugador cuyo mejor ejemplo en este torneo lo enseñó al dejar con la mano tendida al niño que quiso tocar a su ídolo. ¿Cuántos de esos 3.300 millones de euros tendrán que ver con la participación de “La pulga” en este mundial?
¿Cuánto valdría darle la mano a un niño, Messi?

Lejos está el fútbol de sacudirse este mundo oscuro del capital, los intereses transnacionales de la FIFA, y la egolatría de jugadores que ganan cantidades incomparables con el mundo real Latinoamericano. Hace falta un cataclismo para que las cosas cambien. Y no basta el buen desempeño de algunos equipos ni el compromiso sincero de los deportistas. Una muestra de ello es que el juego del fútbol, propiamente, poco ha cambiado desde sus orígenes, más allá de las mejoras técnicas de los jugadores y su notable transformación en atletas de alto nivel. “La única revolución del fútbol”, como lo ha dicho el uruguayo Pablo Forlán, padre de Diego Forlán, la protagonizaron los holandeses en el mundial de Alemania 1974, cuando Rinus Michels, ex director técnico del Ajax, planteó una forma de juego que transformó realmente ese deporte. Holanda sorprendió al mundo con su presión sobre toda la cancha y la plasticidad de su juego de toque. Nadie lo había hecho así antes y nadie se había desprendido de las antiguas fórmulas del 4-4-2, el 4-3-3 o el 4-2-4. Que le pregunten a España por ello, pues treinta y seis años después conquistó la copa del mundo poniendo en práctica su propia variación de las enseñanzas holandesas. No ha sido casualidad; fue Michels quien  descubrió y educó a Johan Cruyff en el Ajax y en la selección; Cruyff fue a jugar al Barcelona, y a poco de retirarse como jugador, se hizo entrenador. Cuando dirigió al club catalán impuso un proyecto a largo plazo apostando por la cantera, de donde hizo surgir a jugadores como Pep Guardiola, ahora entrenador, quien ha declarado que todo lo que sabe lo aprendió de su maestro.

El Barça de Pep lo ganó todo y acabó siendo la base táctica y humana de la selección que logró dos copas de Europa y un mundial. Cuando España cayó estrepitosamente ante Holanda 5-1 en este torneo, no perdió contra su maestro, sino contra su escuela. Al maestro se le supera; a la escuela, no.

Aun así, los holandeses han jugado tres finales y las tres las han perdido, y en su palmarés sólo ostentan un título continental. Sus verdugos han sido, para mayor ironía, Alemania (1974), Argentina (1978) -los finalistas de ahora-, y España (2010). Su trayectoria deja muy en claro que no basta con hacer una revolución para cambiar la historia, y que de sus esfuerzos se nutrieron otros, en este caso afortunadamente, y no como suele suceder en la historia de las revoluciones ideológicas.

El monstruo que serpentea detrás del mundo del fútbol continúa bebiendo de su sangre, especialmente la que dejan los jugadores en la cancha. Con todo, todavía sigue siendo la “pasión de pueblos”, el deporte que mejor que ninguna otra cosa en la modernidad encarna la eficacia simbólica de los nacionalismos y arrastra a las masas a todas partes con su magia. Nada representa con mayor fuerza esta eficacia que la afirmación que recientemente hiciese un uruguayo: “Mi patria es la celeste”; no el territorio ni la bandera: la camiseta. Brasil, “el país del fútbol” al que apostó Jules Rimet, ha tenido que frenar las protestas que desde hace meses venían incendiando los preparativos del torneo en denuncia de la falta de presupuesto público para educación y salud. Hoy, en medio de los miles de millones de dólares despilfarrados en una infraestructura inconclusa en buena parte y de comprobada inseguridad, el incendio que se ha visto en las protestas de la calle es el de la bandera, y le toca a la nación más poderosa de Suramérica demostrar que las mentiras del fútbol no bastan para levantar un país, aunque sean más que suficientes para seguir enriqueciendo a los inescrupulosos de siempre. Mientras tanto, a la FIFA le sigue pareciendo anti-deportivo el mordisco de Luis Suárez.