• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

En el viento de la tarde

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Carlos Eduardo es el tercer hijo de mis vecinos, una familia que llena de encanto los espacios por donde camina. Se trata de un niño de 7 años, bello como las tardes caraqueñas de agosto; inteligente y reflexivo. La última vez que estuvo en mi casa, porque vive ahora con su familia en República Dominicana, perturbó a todos con preguntas atravesadas que solo los niños son capaces de hacer, como: ¿Quién creó a Dios antes de que existieran los planetas? Extasiado, recorrió el jardín que rodea mi casa. Tocaba las hojas, hacía comentarios sobre los distintos matices del verde. En su poema “Los niños” Vicente Gerbasi sostiene que ellos conocen el movimiento de las flores,/ el rumbo de los insectos/ la desaparición lenta de la luz entre las yerbas.

Era evidente que Carlos Eduardo amaba las plantas. Hacía pertinentes comentarios sobre el nacimiento y crecimiento de las cultivadas en porrones comparándolas con las sembradas en la propia tierra. Intuía que algo misterioso había en ellas porque en las preguntas que hacía creía uno adivinar que daba por sentado que aquellas plantas podían morir, pero que dentro de ellas se agitaba una fuerza secreta ¡que las hacía renacer! Mientras estuvo allí, como un atrevido explorador, aventuró tantas hipótesis, desató tanta imaginación que desde entonces veo el jardín como si a todo aquel verdor lo hubiese rozado un nuevo resplandor. En un determinado lugar, frente al comedor de la casa, cuelga de la rama del mango un enorme helecho muy anciano, de espesa y pesada fronda, y junto a él van creciendo otros dos: uno mediano, y un tercero muy pequeño que acaba de ser trasplantado.

El niño permaneció un rato en silencio, observándolos. De pronto, agitado, sin dejar de mirarlos, llamó a gritos a la madre para que los viese: “¡Este es como mi papá –dijo, mostrando el helecho mayor–; aquel eres tú, mamá, y este chiquito soy yo. Es una familia como la mía!”, terminó diciendo, visiblemente emocionado. Estaba descubriendo que también las plantas son seres vivos como él: que construyen grupos familiares; se estaba asomando al misterio mas glorioso de la naturaleza: la relación que establecen, justamente, los seres vivos con los de su propia especie. La imagen de una nueva forma y manifestación de la familia con la tradicional sucesión de padre, madre e hijo, como la que existe en su propia casa, pero que también las plantas mostraban otras maneras, otros vínculos, afectos y modos de relacionarse, desconocidos hasta entonces por él.

Entendí que el momento revestía gran importancia. Al menos, en relación con las plantas y con el recóndito secreto que las hace vivir y revivir, el niño avizoraba el asomo de una explicación que podía palpar, entender y constatar por sí mismo: que las plantas surgen en el tiempo como esos distantes planetas que emprenden largas navegaciones por los oscuros abismos siderales, pero con la diferencia de que las plantas pueden formar una familia sin moverse del espacio donde viven, como hacen los helechos que cuelgan de los árboles y las propias plantas sembradas en las macetas del jardín. Recordará, ¡a lo mejor! cuando sea grande, el consejo que dio Rainer María Rilke al joven poeta de sus célebres cartas: “Que la belleza en los animales y en las plantas es una forma tranquila y duradera del amor y del deseo”. Algún día se le revelará también que en el jardín y en los helechos se encuentra, en su verdor vegetal, aquella otra Presencia intangible, amorosa y protectora cuyo origen preplanetario tanto lo inquietaba, porque ambos la sentimos muy cerca en el rumor y el dulce movimiento de las hojas mecidas por el viento de la tarde.