• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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La vara

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Una vara es un palo largo, una rama delgada, pero el diccionario es rico en acepciones porque en primer lugar la asocia con el cetro, el bastón de mando, es decir, con el poder y la autoridad; es el bastón que usaban los ministros de justicia y hoy llevan en algunos países europeos los alcaldes y sus tenientes. Pero una vara es también el torcido bastón en el que se apoya el peregrino o el pastor. De igual manera el báculo pastoral de los obispos es una réplica que pretende ser tan humilde como el nudoso bastón del pastor de cabras u ovejas. Una barra que sirve para medir, equivalente a 7,68 metros o 9,12. Es también una vara. En la edad media para afirmar la paternidad del recién nacido se le metía en una bolsa de tela y se le sacaba por el  otro extremo y de esta absurda costumbre derivó la expresión de “meterse en camisa de once varas!”, es decir en dificultades innecesarias si se considera que una camisa de ese tamaño sería excesivamente enorme para cualquier humano. Pero hay una acepción de vara que resulta hermosa: es la llamada “vara de luz”, una especie de meteoro que consiste en la aparición de una porción del arco iris, o en el paso de los rayos del sol por las aberturas de las nubes formando unas líneas que con la contraposición de lo oscuro se manifiestan resplandecientes.

“Doblar la vara de la justicia” es lo que hacen constantemente el Tribunal Supremo y su Sala Constitucional cada vez que se inclinan obsequiosamente a favor del ejecutivo violando la Constitución. “Sobar la vara” a alguien es lo que tratan de hacer millones de venezolanos: destituir, separar a Maduro del cargo. “Tener tres varas de hambre” es el estado en que nos encontramos los venezolanos sin distinción de clase, edad, estado civil, religioso o de militancia política mientras la cancillera sin vergüenza alguna ofrece en la OEA la visón de un país bucólico, una florecida Arcadia inventada por ella mientras le crecía la nariz por embustera igual que al muñeco de madera construido por el viejo Gepetto en su taller de carpintería.

El caduceo, en cambio, dice el diccionario de la Real Academia, “es una vara delgada, larga y cilíndrica, rodeada de dos culebras, que es atributo de Mercurio, y era considerado desde la antigüedad como símbolo de la paz y su empleo en la hora actual es símbolo del comercio”. El caduceador era el rey de armas que publicaba la paz y llevaba en la mano el caduceo. Uno puede preguntarse: ¿qué lleva en la mano Nicolás?

Maduro es, ciertamente, un hombre alto y corpulento. Jamás lo he visto personalmente. No he tenido ese honor aunque él tiene cierta fijación por mi hijo Boris quien tampoco lo ha visto jamás, pero observo su estatura y sé que es alto, pero de nada le sirve serlo porque nadie le hace caso a sus bravuconadas antiimperialistas. Tiene tamaño pero no vara alta. “Tener vara alta” significa ejercer el poder, tener influencia, ascendencia sobre sus subordinados, dominar, poseer autoridad, pero en este sentido, ha perdido todas las oportunidades aunque muchos afirman que jamás las tuvo. Sus fracasos como aprendiz de brujo son escalofriantes: siempre hace mal el papel del muñeco del ventrílocuo, publica libros y libras; convirtió a su padrino militar en un pajarito que va de rama en rama incapaz de hacerse el nido y multiplica penes cada vez que le viene en ganas en lugar de llevar pan a las panaderías. Es alto pero la altura no significa grandeza porque sus adversarios, que se cuentan por millones, pública y abiertamente lo llaman “Platanote”.

En cambio, sin violencia, apoyándose en una vara de bambú, Mahatma Ghandi, Bapú, recorrió y liberó la India de la ferocidad inglesa vistiendo una manta y un taparrabo.

Existe también la “varita mágica” tan en uso en el Colegio Hogwarts de magia y de hechicería donde estudia Harry Potter. Posee los mismos atributos de poder como el cetro o el bastón de mando del mariscal de campo pero, a diferencia de estos, puede ser un arma peligrosa capaz de convertir a un hombre en gusano, hacer desaparecer los objetos, exorcizar, castigar a los culpables, transformar los espacios. Generalmente la usan los magos, brujos, hadas y hechiceros. Las usan las hadas buenas pero también las malas: Irene Sáez y Lina Ron. La bruja del Este y la del Oeste según el camino de Oz. Pero existe el agravante de que los niños más grandecitos, instintivamente, rechazan a las hadas buenas porque las encuentran empalagosas, con demasiadas estrellitas y, lo peor: ¡dicen que son asexuadas! Preferirían desde luego, no a Lina porque esta era una hechicera de medio pelo y de tercer mundo: ¡a Circe!, que convirtió en cerdos a la mitad de la tripulación de Ulises cuando desembarcaron en la isla de Eea. Ella vivía en el centro de la isla en una mansión rodeada de lobos y leones amistosos que no eran sino víctimas de su magia. ¡Una maga de verdad! Porque hay quienes afirman que la magia solo se activa mediante hechizos y rituales concretos y no con artefactos portátiles como las varitas mágicas.

En cualquier caso, la varita en manos del director de orquesta se convierte en batuta, y hace que brote la música como magia de la misma manera que puede brotar agua cuando el rabdomante, el que predice el futuro agitando la vara de las adivinaciones, recorre las tierras yermas. Pero los venezolanos, hartos de tanto oprobio estamos trazando un círculo mágico para encerrar a los demonios del chavismo que acosan sin tregua a la Asamblea Nacional con sus perversas maquinaciones, fraudes y trampas inconcebibles. Los veo, además, desgastándose en chillidos y acusaciones contra Obama y un imperio que no les hace el menor caso ni se da por aludido e insisten en magnicidios totalmente inexistentes pero sin aceptar ningún error, ninguna situación que deba corregirse para mejorar el rumbo incierto que llevamos como si estuviéramos desembarcando en la maléfica y hechizada isla de Circe para hacer cola, también allí, desde las tres de la madrugada; comprar arroz, si hay, y terminar convertidos en marranos. ¡Pero esta situación terminará pronto porque somos nosotros, ahora, quienes tenemos la vara alta y estamos asistiendo al final de Plátano Alto!