• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Se va el caimán

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El acontecimiento ocurrió en 1941 cuando se supo, gracias a la cumbia de José María Peñaranda (1907/2006), compositor colombiano de música popular, que en la población de El Plato se volvió un hombre caimán dispuesto, a toda costa, a irse para Barranquilla. Se dice que el cocodrilo, nuestro caimán, es una divinidad de la oscuridad porque su voracidad se asemeja a la de la Noche que en cada atardecer devora al Sol. Su relación de intermediario entre la tierra y el agua hacen de él un símbolo de contradicciones. Para unos, es un ser maligno que devora y destruye; para otros, lo es de fertilidad. Es, además, dragador natural de los ríos. Pero en el antiguo Egipto no solo era imagen de la muerte sino el conductor de las almas que emprendían el largo viaje definitivo. 

Todos admiramos, sin embargo, lo que comía aquel hombre caimán que insistía tanto en irse para Barranquilla porque comía queso, comía pan y bebía tragos de ron. No podría haberlo hecho en la Venezuela de Nicolás Maduro porque Nicolás ha logrado la hazaña de que este sea el único país en el mundo en el que uno entra en una panadería ¡y pregunta si hay pan! Nunca se llegó a saber con suficiente certeza si el hombre caimán llegó alguna vez a la costa atlántica colombiana, y fue lo primero que le pregunté a la empleada de mi casa cuando supe que era de Barranquilla. ¡Dígame una cosa: ¿ya el caimán llegó a Barranquilla? y ella sin pestañear respondió: ¡Llega para los carnavales y sigue! Me gustó la velocidad de su respuesta y la agilidad de su pensamiento y le dije, sin  titubear: ¡Usted está contratada! ¡Y resultó cierto! Todos los años durante el carnaval aparecen en Barranquilla comparsas que se ocultan bajo una lona pintada como si fuese la dura piel de un saurio y se mueven por el centro de la calle bailando la cumbia que celebra al hombre que se volvió caimán.

Sin soltar nunca el acordeón no imaginó aquel albañil, plomero y electricista que fue José María Peñaranda que en 1941 conocería la gloria de que su cumbia iba a resonar por el mundo. Kiko Mendive la cantó y bailó en 1949 en una deplorable película mexicana llamada Pasiones tormentosas. (“En el  puerto de La Guaira –cantaba Mendive– pescaron un tiburón y del buche le sacaron a... ¡María Antonieta Pons!”.)

El éxito de Se va el caimán, además del ritmo pegajoso y alegre propio de la cumbia, estuvo en la letra de las frases que oscilaban inocentes, socarronas y de doble sentido hasta la más aplastante vulgaridad en la medida que fueron descendiendo a niveles de una popularidad decididamente marginal.

Es más, se supo que Francisco Franco y algunos sátrapas centroamericanos ahogados en el lodazal paranoico de la mala conciencia en que vive el espíritu autoritario de los dictadores, prohibieron la canción porque creían que los aludía; ¡que ellos eran el caimán! 

Conozco a uno que en verdad está por irse no necesariamente a Barranquilla porque se comenta que se iría a Rusia ¡y también se dice que le falta poco para hacerlo! Que está en tercera pero basta un empujoncito para que lo pongan out en home. Irse no porque desee hacerlo, sino porque ya nadie lo quiere o lo soporta y lo está echando del gobierno hasta su propia gente. Si le hubiera tocado ser mandatario y no chofer cuando el caimán estuvo en su apogeo y bebía ron de Caldas no habría dudado de que la canción se refería exclusivamente a él, quiero decir, que lo aludía clara y directamente. De allí que sería sano y oportuno rescatar la cumbia de José María y ponerla a sonar en las radios del país o hacer que se escuche dentro de la Asamblea Nacional, en los espacios del Círculo Militar o en los pasillos del palacio de gobierno. Contribuiría no solo a abreviar la sed de venganza de las víctimas de los desaciertos bolivarianos, sino a satisfacer los anhelos de buena parte del mundo y todos cantaríamos: “¡Se fue el caimán, se fue el caimán!”, mientras movemos las caderas a paso de cumbia y él, convertido en caimán, estaría saltando la tapia del corral o escapando por la puerta del fondo cuidando de no dejar abandonada ninguna maleta como le ocurrió a Marcos Pérez Jiménez cuando escapó, rapaz, en la Vaca Sagrada huyendo como un vulgar ladrón.