• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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La silla

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La silla es reconocida universalmente como un símbolo de autoridad. Permanecer sentado mientras otros siguen de pie es demostración de superioridad (¡o de ordinariez!). Contrariamente, cuando ofrecemos la silla a alguien significa que le atribuimos autoridad o prestigio. En los círculos académicos, los profesionales ocupan un sitial, es decir, la silla numerada que le corresponde.

La silla confiere dignidad y en el ámbito de la Iglesia católica, los obispos ejercen su autoridad desde la Sede que en latín significa silla. Ella adquiere divinidad cuando nos referimos al Vicario de Cristo. Entonces hablamos de la Santa Sede. La célebre silla gestatoria en la que varios cargadores llevaban al santo padre fue sustituida por el papamóvil, pero se mantiene la leyenda de la papisa Juana, una mujer que engañó a todo el mundo haciéndose pasar por hombre y fue venerada como papa, en el siglo XIII. Se supo que era papisa porque de acuerdo con la leyenda, parió durante la procesión de Corpus Christi entre la Plaza de San Pedro y San Juan de Letrán, la catedral de Roma. Atónitos, desconcertados, los feligreses vieron cómo el papa se retorcía de dolor mientras rompía fuentes y gritaba en el parto. Entonces, para evitar nuevos desagrados se creó una silla especial llamada Sede Stercoraria en la que sentaban al nuevo Papa. La silla tenía un agujero por el que colgaban sus genitales. Entonces, algún diácono comprobaba la virilidad del elegido y decía Duos habet et bene pendentes, es decir, “tiene dos y cuelgan bien”. A lo que los cardenales respondían Deo Gratias. La ceremonia alcanzó el sugestivo nombre de “palpado testicular”.

Cuando Kofi Atta Annan diplomático y séptimo secretario general de las Naciones Unidas estuvo en la isla de Margarita pidió a una de las chicas del protocolo que le consiguiera una silla porque se sentía algo cansado, la muchacha miró con desconfianza a aquel ghanés esbelto, elegante, vestido con un traje de corte perfecto y relucientes zapatos de 500 dólares comprados en la Quinta Avenida de Nueva York pero creyó que era un negrito coleado en la reunión presidencial y en lugar de atenderlo, buscarle una silla, preguntó: ¡Pero, ¿seguro que tú estás invitado?! Dicen que Kofi Annan, ofendido, tomó esa misma tarde el avión que lo llevaría a sus oficinas de Nueva York.

Son muchos los venezolanos que darían la vida por sentarse en una silla que se encuentra en el Palacio de Miraflores. Yo nunca la he visto, pero es un mueble apetecido y apetecible porque lanza destellos no solo caudillescos sino monárquicos. A Pérez Jiménez le apetecía quedarse en La Orchila encaramado en una Vespa y persiguiendo a actrices italianas y a jovencitas semidesnudas porque dejaba a Pedro Estrada cuidándole “el coroto”, como llamaba conjuntamente tanto a la silla como al poder. Cuando nos enteramos de aquellas libidinosas persecuciones envidiamos a aquel fascista ordinario.

En principio, la Constitución determina que la silla sirve para sentarse cinco años, pero hay quienes al sentarse sienten el irreprimible deseo de convertirla en trono y permanecer allí hasta “que la muerte los separe” y para lograrlo obligan al Poder Legislativo a convertirse en una institución untuosa y servil; hacen que el Poder Judicial y el Consejo Electoral se arrastren y le besen las botas al militar que los comanda. Reajustan la Constitución para beneficio propio, reciben la bendición de la Corte Suprema de Justicia y, desde el Palacio convocan a elecciones, hacen trampas desvergonzadamente y restriegan las nalgas en la silla que los atornillan en el mando. Al hacerlo, arrastran a otros mandatarios de la región a hacer lo mismo y todos terminan corrompiéndose el alma en una turbia marejada de presidentes reelectos. Una novedosa pesadilla seudodemocrática que me hace dudar, precisamente, de la democracia como sistema de gobierno y me obliga más bien a pensar en cómo rescatar la república de las manos de semejantes personajes.