• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Los resplandores del lenguaje

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En su libro El sentido mágico de la palabra, Ángel Rosenblat llama dios alado a la palabra. Dice que ella es un soplo sonoro, un aire herido, música; humo de la boca que si bien se desvanece en el aire es capaz, sin embargo, de trasmitir odio y amor, deseo y voluntad, dolor y alegría y fijarse en papel, pergamino, mármol, celuloide (aparecer en la pantalla del ordenador) y viajar por todas las lejanías y perpetuarse por los siglos de los siglos.

Es nuestra obligación respetar y considerar a las palabras; tratarlas con particular ternura y cuidado porque ellas constituyen el material de la poesía. Son para la poesía lo que los colores para el pintor y los sonidos para el músico. No se hace poesía con ideas sino con palabras y por eso la palabra es un ser vivo como cualquiera de nosotros. Como objeto, ofrece una cierta estructura, una osamenta, un timbre, una dulzura o una dureza; es áspera o melodiosa; sirve para cantar o para rezar y decimos “adiós” y sentimos que hay dureza al oído distinto al “addio” italiano porque en el idioma de Verdi o de Montale brota la música al despedirnos. 

Como ocurre con las obras de arte, las palabras, al envejecer, se revisten de nuevos significados que las benefician porque arrastran consigo los deseos y ensoñaciones de millones de antepasados que se hacen presentes en las cosas y en los seres. Es gracias a esta presencia que las palabras no sólo nos enseñan el mundo de nuestros ancestros sino que podemos comunicarnos con lo que ellos vivieron. Las palabras deletrean las almas de quienes estuvieron antes que nosotros. La manera como ellos expresaron su alegría y su dolor nos sitúan también en el camino del dolor y de la alegría; y de la manera como nombraron una flor y una piedra evocamos también esa flor y esa piedra. La lengua conserva el alma de una provincia, de una etnia; la manera de articular la vida. Un forastero necesita de una larga práctica para entrar en la poesía de una lengua, lo asegura Jean Onimus en su libro La connaissance poetique, pero cuando lo logra puede decirse que ha penetrado en el alma de la nación. Y ya sabemos que las cosas cambian de un país a otro y en cada país de una región a otra porque las palabras no son las mismas y porque también en las palabras coexisten el ánima –que es la mujer interior del hombre– y el ánimus –que es el hombre interior de la mujer– y así, el sol que es viril entre nosotros se hace mujer en Alemania; la leche que es mujer para los venezolanos es hombre en Italia o en Francia y los ingleses, al parecer, están mejor equipados para nombrar el mar porque ofrecen diez palabras para designar la forma de las olas mientras nosotros apenas tendremos dos o tres y cruzamos la frontera y el nombre de una flor ya es otro; lo que demuestra también que el alma de las palabras invade y revolotea en su cuerpo en un intento por fusionar el ánima y el ánimus, es decir, por volverlo andrógino. 

Ya sea en sentido figurado, en la metáfora, la imagen poética o en el contacto desconcertante con otros verbos, la palabra tiene que expresar cabalmente lo que queremos que ella exprese. La palabra “Presidente”, por ejemplo, tiene una significación mayestática, de poder; presencia, altura y altivez vinculadas a un cargo específicamente representativo; en particular, cuando se trata de la Presidencia de la República pero no puedo en modo alguno agregar a la majestad que lo reviste el nombre de Nicolás Maduro porque estaría distorsionando, desvirtuando y empobreciendo el significado, el respeto y los alcances de la magistratura implícitos en la palabra “Presidente”. 

De allí que me vea obligado a mencionar el nombre de Nicolás a secas y a tutearlo como a cualquiera de mis compatriotas y vecinos, consciente de que al hacerlo el poder del lenguaje, sin obligarme a ser yo quien lo diga, manifestará tácita pero contundentemente la ineficacia, la impericia, el no estar preparado para asumir no solo la dignidad y la altura de un mandato presidencial sino la concepción, ejecución y aplicación de previsiones y medidas de aliento social y económico que se requieren. Además, los expertos califican su lenguaje de “desafortunado, irritante, agresivo e intimidatorio”. ¡A mí me parece de botiquín!”.

En la novela Double Kill (La sombra de Caín) de Daniel da Cruz, para la serie noir de Gallimard, un periodista, inocente, condenado a cadena perpetua pretende estudiar con la ayuda de prisioneros de altas profesiones y hacer de su condena un acto de recuperación moral. Uno de sus futuros profesores le advierte: será preciso que seas capaz de prever las exigencias de la sociedad a las que el gobierno debe responder elaborando programas adecuados; tendrás que comprender los procedimientos científicos y técnicos que se requieren para satisfacer esas exigencias; conocer las industrias que ejecutarán esos procedimientos a fin de predecir cuáles necesitan recursos, dinamismo y políticas para justificar los gastos del gobierno. Deberás poseer sentido de las finanzas, conocer a fondo las ciencias económicas, las tecnologías, la sociología urbana, las leyes corporativas, la contabilidad, las estadísticas, impulsar la productividad, auspiciar y proteger las inversiones y un conocimiento intenso y profundo de los distintos programas de búsquedas e investigación puestos en marcha por otros gobiernos y reunirte (es lo que agregaría yo a semejantes advertencias) no con militares inexpertos e ineficaces sino con profesionales de alto nivel universitario.

¡Déjame decírtelo de una vez por todas, Nicolás! En una sola jornada, 1.102.236 venezolanos afirmaron que no eres capaz de asumir estas tareas. Lo siento mucho: ¡no te avergüences!, pero has dado muestras suficientes de ineptitud. Como dicen en los seriales de televisión cuando el asesino dispara a la víctima: ¡“No es nada personal!”. Antes de irte, por favor, ¡deja en paz a la Polar! Perdóname, pero por respeto a los resplandores, a la gloria y exactitud del lenguaje, solo puedo llamarte Nicolás y no ¡Presidente de la República!