• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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El paraíso perdido

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Para Giuseppe y Jenny

Se dice que encontraremos el paraíso perdido solo después de haber alcanzado y conocido “lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande”; lo que, a su manera, proponía William Blake ya avanzado el siglo XVII: “Para ver un mundo en un grano de arena y un paraíso en una flor silvestre sostén el infinito en la palma de la mano y la eternidad en una hora”.

También se asegura que para llegar a él se precisa recorrer un camino que conduce a un centro místico desde donde brotan ríos esenciales y en la plaza mayor, más allá de cualquier latitud u horizonte conocido, hay un palacio dorado donde vive y reina un príncipe cubierto de polvo de oro y creemos hallarlo allí, pero mientras lo buscamos nos extraviamos y sucumbimos, perecemos en rumbos ajenos, en florestas hostiles sin percatarnos de que el Paraíso se encuentra, vive y respira en nosotros mismos y por torpeza e ignorancia emprendemos su búsqueda, infatigable e infructuosamente, en lugares inalcanzables porque se nos hace difícil, por no decir imposible, sostener el infinito en la palma de nuestra mano. Y en nuestros confusos e intermitentes ramalazos de claridades rastreamos por toda la geografía humana las llaves de la memoria y la rosa del conocimiento sin saber ¡que las llevamos dentro! ¡Es tan poco lo que sabemos de nosotros mismos, entrabados como estamos por el orgullo y la vanidad de creernos necesarios e indispensables! Recorrer con humildad senderos espirituales puede conducirnos al paraíso pero el paraíso también puede estar en el cuerpo de la mujer o en la apostura del hombre y podemos encontrar en esos cuerpos deleites y desilusiones, ascensos y caídas, palacios de oro y la eternidad en una hora. Se dice, también, que el “descanso semanal” es una imagen temporal del paraíso.

En 1667, John Milton describió la caída de Adán y la precipitación del conocimiento en las profundidades de la materia entrelazados con la rebeldía de un ángel resplandeciente y luminoso que, al caer junto con nosotros, fue obligado a cambiar su nombre de Luzbel por el de Satanás y su radiante hermosura se transformó en un ser deforme y abominable, pero tan astuto que ha sabido reinar con persistente encono sobre toda la faz de la Tierra oculto tras la cruz del cristianismo; exponiendo dogmatismos brutales entre las páginas del Mein Kampf, del manual marxista estalinista de Plejánov, del Libro Rojo de Mao o los “pensamientos” del Che Guevara y, hoy, de las feroces, despiadadas e inventadas entrelíneas del Corán y la ominosa preparación de una terrorífica guerra santa, una tercera guerra mundial abominable porque el enemigo sería el kamikaze musulmán indetectable que puede estar a tu lado, nacido en tu país y apoyado en un tecnología cada día más peligrosa en la medida en que contribuye a arrasar el mundo mediante la inmolación.

Comparado con el submundo larvario y bolivariano en el que me abismo y me obligo a subsistir, me pregunto si aquella cuarta república que me vio nacer y hacerme el hombre que soy, imperfecto por ser humano pero democrático en mis comportamientos, no sería el paraíso de las ilusiones que perdí cuando la república cayó al vacío desde el momento que se escuchó una voz ordinaria decir: “¡Por ahora!” anunciando, sin que nos diéramos cuenta, una catástrofe mayor que nuestra propia caída a las profundidades del desacierto político, a la fosa del estrepitoso fracaso económico, la intolerancia social, los acosos al lenguaje, al conocimiento y a la vida cultural.

Perder el paraíso para el venezolano de la hora actual significa abandonarse, pervertirse, tropezar dentro de una quincalla ideológica y contaminarse; caer en la confusión y alimentar el desinterés por lo humano, es decir, por el carácter sagrado de su vida. Aceptar la indignidad de un régimen perverso y autocrático. ¡Abrazarse a la ignominia! ¡Llenar el corazón y el alma de desencantos y desolaciones y ser expulsado nuevamente del paraíso!