• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

En el pantano

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El pantano es la hondonada con fondo más o menos cenagoso donde se recogen y naturalmente se detienen las aguas. Pero pantano también significa dificultad, óbice, estorbo grande. Los terrenos donde abundan charcos y cenagales; lugares llenos de inconvenientes, obstáculos y dificultades son, por lo consiguiente, lugares pantanosos. Se rumora, y es un rumor aberrante, que algunas personas, juezas en particular, chapotean en el pantano de la indignidad y venden sus almas a la medida de alguna tarifa conveniente: un paraíso chileno por ejemplo y una renta “honorable” a cambio de dictar sentencias infames. Un escandaloso proceder ha motivado, en este sentido, la petición a la presidente chilena, Michelle Bachelet, para que declare a una jueza venezolana cubierta de pantano persona non grata en el país en el que Andrés Bello organizó el ámbito jurídico y se escucharon, cada una a su tiempo, las voces de Gabriela Mistral, Rosamel del Valle, Gonzalo Rojas, Vicente Huidobro y Pablo Neruda, “legisladores del futuro”, como llamó Percy Shelley a los poetas.

¡Ojalá que Michelle se ponga los pantalones y proceda!

Se sostiene que las tierras pantanosas aluden a la descomposición del espíritu por la simple razón de que en ellas no intervienen el aire ni el fuego. En los libros de caballería, el pantano impide al caballero andante llevar a buen término su misión. El caballero templario Gunther de Amalfi buscando el contenido del Grial detuvo la marcha de sus templarios cuando la consistencia del terreno se volvió enrarecida y cenagosa. “Un pantano impracticable se extendía delante de los caballeros. Algún que otro pájaro lacustre pasaba de vez en cuando sobrevolando sobre sus cabezas y burbujas intermitentes de gas afloraban a la superficie borboteando como producidas por un sifón subterráneo o una pérdida de aire de quién sabe qué probable conducto”.

Durante el tiempo en el que con desmesurada perversidad tardó el escandaloso fallo, toda la farsa del juicio en el juzgado de Caracas se estuvo desarrollando sobre un terreno pantanoso y a todos: a la jueza y a los funcionarios conscientes del deshonor en el que se empeñaron en mantener, se les veía cubiertos de barro, lodo, légamo, fango podrido mientras el país no bolivariano, sin que lo tocara la deshonra, veía a la magistrada chapotear en el pantano. ¿Qué dijo Isidore Ducasse el conde de Lautréamont en los Cantos de Maldoror, sobre esta jueza, ahora en exilio dorado, muchos años antes de que ella asomara la cabeza en el mundo judicial y mostrara su tarifa a la hora de vender su alma? Dijo: “Una mancha intelectual no la lavan océanos de eternidad”. Eso fue lo que dijo avizorando la conducta de la jueza venezolana y del miserable poder político que ignominiosamente se marcaron de por vida.

Conozco un vecino de hablar engolado y de tan densa retórica que oírlo es como si chapoteara en el pantano de sus propias ideas oscurecidas y contaminadas por la podredumbre. Suplicaba órdenes al Comandante y acabó, sin pena ni gloria, ahogándose en el chavismo que es sinónimo de maloliente terreno pantanoso. Porque ¡vivimos en una ciénaga! Los militares creen que sus taconazos autoritarios resuenan con altanería pero cada vez que taconean se hunden más en el pantano en el que creen disciplinar a todo un país que, por su parte, se niega a empantanarse.

¡Luego está el metano, el gas de los pantanos! ¡Las burbujas que veía el templario Gunther de Amalfi! Mezclado con el aire, el metano es inflamable y violento y adquiere el nombre de grisú que parece nombre de fiera al acecho. Fue lo que explotó no solo a la hora del dictamen en el corrompido tribunal sino en el sentimiento de honestidad y dignidad que viven los demócratas del mundo que no logramos salir del asombro que produjo la aberrante sentencia.

Una vez extinguida la onda explosiva quedaron flotando silenciosas advertencias al régimen despótico que compra y vende almas en las cercanías del Palacio de Justicia: “¡Viene diciembre y en la bajadita te espero!”, “Susana, no hay refugio chileno que dure cien años”, “¡Maduro, no te escondas que te encontraremos!” o “¡Pueblo, reconócelos!”. Para entonces habremos secado el tremedal, la ciénega ya no estará más y podremos comenzar a caminar de nuevo, libremente, sin temor a hundirnos en el pantano.