• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

El orden

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El diccionario establece que una de las numerosas acepciones de la palabra “orden” es la del orden público, es decir, la situación y estado de legalidad normal en que las autoridades ejercen sus atribuciones propias y los ciudadanos las respetan y obedecen sin protesta.

Me parece muy bien, pero en la hora actual bolivariana no encaja para nada esta acepción porque, en primer lugar, no existe una situación y mucho menos un estado de legalidad normal. Se ha reiterado que se trata de un gobierno forajido. Las autoridades, cuando ejercen sus atribuciones propias, lo hacen violando constantemente la Constitución. Los ciudadanos nos avergonzamos de esas autoridades, pero nos vemos obligados a obedecerla por leyes fraguadas y amañadas. Algunos siguen hechizados por el carisma del caudillo militar que inició el desorden político, administrativo, cultural y social del país y nos vendió a los cubanos. Pero, por lo general, mantenemos distancia con su sucesor. No existe orden porque son los militares, ajenos a su institucionalidad, quienes mantienen un régimen tiránico más con las armas que con la eficacia gerencial que se requiere. El orden militar enerva a los civiles. Su disciplina va aparejada con el castigo y el calabozo y alcanza alturas neuróticas y sádicas: es el conocido ejemplo del soldado que debe limpiar el piso con un cepillo de dientes. La cultura cuartelaria es áspera, sin gestos amorosos; significa tenerlo a uno en la mira y con la rodilla en tierra. No hay humor pero tampoco hay amor. ¡Solo existe el orden! Hay un orden que no reconozco porque me crispa y aturde. Al reclamar nuestros derechos, manifestamos ruidosamente y nos declaramos en huelga: “¡La policía restableció el orden!”.

Las leyes castigan a quien se sitúe fuera del ordenamiento legal, pero la justicia no sabe qué hacer cuando es el propio ordenamiento legal el que delinque. La jactanciosa impunidad que ha disfrutado el régimen militar bolivariano y sus niveles de corrupción lo hacen cómplice de grupos violentos, de sapos y delatores llamados patriotas cooperantes; de narcotraficantes con nombres y apellidos. El régimen cree vivir en una democracia, pero sabe que no es verdad. Me acusa de fascista y el fascista es él. Cree ser justo y magnánimo, pero ha pervertido todas y cada una de las acepciones que definen la palabra orden.

Ha convertido en desorden el concepto de patria que aprendimos en la escuela. Nunca como hoy se han cometido en el país tantos desafueros invocando su nombre; se la ha cubanizado, lo que podría considerarse como la mayor traición. Tengo motivos para acusar a esa patria de estar cometiendo actos deshonestos, de agraviarme, de persistir en una concepción económica equivocada que es causa del profundo desorden en las finanzas. Mantiene su terquedad a sabiendas de que es una concepción fracasada. El régimen militar cree en la guerra y apuesta por ella. Le horroriza aceptar que la mejor guerra es la que no ocurre. Le provoca escozor el diálogo y el pensamiento. Es intolerante; no acepta opiniones contrarias. Sostiene el orden del cuartel y lo impone fuera de él a una sociedad civil que rechaza la ineficacia y el rigor de ese orden porque es el peor de los desórdenes. El régimen ha ensuciado, incluso, el lenguaje al transformarlo en vulgaridad.

No creo en ese “orden” que nos desgobierna y considera a la policía y a la desprestigiada Guardia Nacional como apagafuegos de la libertad cada vez que manifestamos nuestro desacuerdo o nos expresamos. Tampoco me animo a creer en un supuesto nuevo orden económico mundial y mucho menos en el “hombre nuevo” que emergerá de semejante desorden. Creo en la libertad, en la evolución del pensamiento y hago esfuerzos por conocer su vida interior. Creo en el individuo y en su capacidad de asomarse al mundo sin ataduras, sin la camisa de fuerza en que se han convertido las ideologías. Aspiro a hacer tambalear las leyes de la perspectiva; lograr lo que no pudo William Blake: abarcar el infinito en la palma de la mano y la eternidad en una hora.