• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Una nariz aguileña

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Leí un horóscopo en alguna revista dominical que advertía a los sagitarios con nariz aguileña que se abstuviesen ese día de bajar o subir escaleras a riesgo de sufrir unos percances que el horóscopo no alcanzaba a definir. Desde entonces, la absurdidad casi cómica de aquella prevención me inclinó a ver con cierta reticencia los horóscopos; a considerar con desgano las cartas astrales; no aventurarme mucho por los caminos e incidencias de los planetas, y a evitar las casas de Júpiter o de Saturno.

Una escalera grande y otra chiquita sirven para subir al cielo, pero también para caernos, matarnos o quedar descalabrados para siempre y, en el mejor de los casos, si se nos ocurriera pasar por debajo de ellas, corremos el peligro de quedar empavados por el resto de nuestras vidas.

En cambio, las narices, aguileñas o de cualquier otra denominación, poseen o arrastran un prestigio no sólo histórico, sino literario o anatómico. En tales casos ya no hablaríamos de narices sino de “apéndices nasales”, y bastaría mencionar el de la desdichada Cleopatra, la última reina del antiguo Egipto, porque era tan descomunal que no armonizaba con su hermoso rostro, o el de Pinocho, el de Cyrano de Bergerac y, ¿por qué no?, la nariz a la que hace referencia Quevedo en un célebre soneto.

Google, nuestro inefable asesor, además de enumerar las diferentes narices que glorifican o atormentan al ser humano, señala también los atributos que adornan o afean a sus poseedores y se refiere a narices chatas, carnosas, puntiagudas; narices de boxeador; narices negroides, rojas, aguileñas, y asegura que, según su forma, tamaño y protuberancia, revelan prudencia, buen corazón, debilidad de carácter o, por el contrario, energía, tozudez, inseguridad o ambición. Las rojas, por supuesto, pregonan comportamientos dionisíacos y, desde luego, un gusto muy marcado por las parrandas del viejo Baco.

En la moderna capilla del Cementerio del Este donde asistíamos no a una misa de cuerpo presente sino a una reflexión que sobre la vida y la muerte de un amigo común ofrecía el sacerdote a cargo, y desde el lugar que ocupábamos DR, mi hermano elegido y yo, veíamos el perfil de una hermosa mujer que había franqueado hacía tiempo la primera juventud y su imagen, su porte, parecían escapados de alguna metopa dórica o de un friso grecorromano. Un perfil, con perdón de Federico García Lorca, tan seguro como el de Ignacio Sánchez Mejías, pero con la diferencia de que ningún sueño sería capaz de desorientarlo y una nariz aguileña que no vacilamos DR y yo en considerar perfecta: de tamaño grande, ciertamente, “ma non troppo”; delgada y ligeramente curvada. Sí, justamente, ¡como de águila!

Abrumados por las palabras del oficiante nos dedicamos a observar con más atención el perfil de aquella mujer que debía ser arrogante y altiva, como se presume que son las mujeres de nariz aguileña, porque jamás se dignó mirarnos consciente de que era objeto de nuestra arrobada curiosidad.

El sacerdote proseguía sus consideraciones filosóficas sobre la frágil temporalidad del cuerpo sin vida de nuestro amigo encerrado dentro del ataúd, al mismo tiempo que exaltaba la gloriosa eternidad de su alma y fue entonces cuando, de pronto, DR susurró a mi oído su aguda observación en relación con la aguileña nariz de nuestra vecina de pésames y agobios funerarios. Un comentario breve, tajante, calificativo, al menos, del talante y temperamento de nuestras mujeres: “¡Esa mujer no es venezolana!”. También en voz baja pregunté, intrigado: “¿Cómo lo sabes?”. Y su respuesta fue contundente: “¡Porque ya se habría operado esa nariz!”.