• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

El muro de piedra

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Fueron muchos los sábados que me vieron subir desde Sabas Nieves hasta la Silla de Caracas y tocar la Cruz de los Palmeros. En ocasiones me acompañaba mi hija Valentina, adolescente, y adoré su compañía. En días despejados pueden verse desde allí el mar Caribe, la irregularidad de su costa y los pueblos al pie de la cordillera, y basta girar la cabeza para que se abra la perfecta y total geografía de Caracas y la extensión del valle por donde ella discurre encajonada entre las colinas, al sur, y la montaña sagrada que la separa del mar. Comprendí y acepté que mi ciudad natal vista desde aquella altura es adorable porque no evidencia la violenta hostilidad que tanto la aflige y nos atormenta. Veía el mar, miraba extasiado Caracas, tomaba agua de mi cantimplora, comía algún puñado de granola, conversaba con algunos excursionistas y emprendía el regreso a casa.

El resto de la semana corría en el Parque del Este con septuagenaria elegancia buscando ese segundo aire que Gerda Alexander llama eutonía: una equilibrada tonicidad muscular que nos impulsa a seguir corriendo. Las raras veces que logré que esta tonicidad coincidiera con el amanecer en el parque era como alcanzar la gloria.

¡También la alcancé más arriba de la quebrada Quintero! Allí, la montaña es vertical por una majestuosa roca bañada por la cascada que despierta en quien la ve el deseo de conocer los secretos que protege y de explorar lugares que jamás uno ha visto.

Si aquel muro de piedra y la vigorosa cascada defendían con tanto celo lo que la propia montaña atesoraba, significaba que era preciso sitiar la fortaleza y vencerla.

Me entretenía en estas meditaciones sin percatarme de la presencia a mi lado de un hombre de mediana edad que, acompañado de un niño de 8 o 10 años, posiblemente su hijo, admiraba el muro de piedra compartiendo tal vez mis propios pensamientos.

El hombre me miró, dirigió la vista hacia la fortaleza, me miró de nuevo y dijo: Tengo este mecatillo y mostró una cuerda de nylon. ¿Le damos? preguntó, incitándome a la aventura de trepar por la roca. De momento no respondí porque observé que el niño me estaba mirando fijamente y en su mirada detecté lo que estaba pensando: "¡Este viejo está asustado y va a decir que no!".

No le di el gusto y sin vacilar, respondí: ¡Vamos a darle! Iniciamos la escalada: algo difícil y riesgoso y fui el primero en llegar arriba. Entonces vi al muchachito que trataba de ayudarse torpemente con el mecatillo que le largaba el padre. ¡Estaba aterrado! Le tendí la mano y lo ayudé a subir.

El esfuerzo valió la pena porque se abrió frente a nosotros algo similar a lo que pudo haber sido el Paraíso terrenal y recorrimos gran trecho de aquel prodigio de la naturaleza hasta que el cauce de la quebrada se hizo abrupto y peligroso para aquel trío de inexpertos montañistas. Emprendimos el regreso y al llegar al borde de la cascada quedamos paralizados por el terror. ¿Cómo bajar? ¡El descenso se hizo eterno! Tanteaba con el pie dónde apoyarme sin mirar abajo y como una enorme araña adherida a la piedra, trataba de alejarme de la cascada; buscaba los salientes de la roca y fui bajando lentamente. De pronto, sentí que una mano me agarraba por la pierna y una voz muy suave y serena decía: ¡Tranquilo, ya llegó! Creí que era Yeyal, el mi ángel de la guarda. Faltaba poco para tocar tierra firme y al darme vuelta vi a un grupo de gente anhelante y estremecida que contemplaba nuestro descenso como si fuésemos protagonistas de Caída vertical (Vertical Limit , 2000), la crispante película de suspenso y aterradora fascinación de Martin Campbell.

¡Ayuden al niño! dije, agradecido. Me arrodillé, besé el suelo como el papa polaco y...

¡escuché los aplausos!