• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

El milagro de saber leer

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Me lo dijo Ángel Rosenblat (1902-1984), conocido filólogo, autor de un libro importante llamado Buenas y malas palabras: “Usted  enseña a leer y a contar y capacita a su alumno para ganarse la vida”. No le faltaba razón, siempre que el alumno entendiera que existen normas, reglas ortográficas. Pausas y silencios. Puntos, comas, puntos y comas, puntos seguidos, suspensivos y apartes. Que es preciso saber y entender lo que se está leyendo. He llegado a la lamentable conclusión de que no sabemos leer. “¡Secretario, sírvase dar lectura al acta!”, y el secretario comienza a enlazar una palabra tras otra sin darse tregua, sin alcanzar a respirar siquiera entre un párrafo y otro y el resultado es una confusión monocorde sin altibajos, sin oscilaciones, una cuerda tensada, un cable acerado incapaz de producir la más mínima vibración. Le ocurre a muchos conferencistas: no platican, discurren. Hablan en la plaza el mismo lenguaje que emplearían en el aula universitaria.

Basta ver y escuchar al jefe de los bomberos, al ministro, al diputado, al personero de la alcaldía o al jefe de la división de homicidios declarar en la televisión y es la misma bola atravesada en la boca, el mismo gatuno ronronear de palabras que se atropellan unas contra otras ignorando los puntos, las comas, los puntos y aparte que señalaba Rosenblat; las pausas y silencios que otorgan sentido y coherencia al texto. Hablan mal porque leen peor. Un hombre como Hugo Chávez estropeaba el lenguaje y se ultrajaba a sí mismo cada vez que despotricaba contra el mundo exponiendo una vulgaridad de botiquín no solo en sus palabras sino en sus gestos para que un untuoso y adocenado José Vicente Rangel se apresurara a justificarlo diciendo que ese era su “estilo”.

En las misas que oficiaba Rafael Baquedano, mi amigo jesuita, me invitaba invariablemente a leer los textos evangélicos, “¡palabras de Dios!” cuyas lecturas obliga la liturgia porque tenía la certeza de que yo iba a saber leerlos mejor que los afligidos deudos del difunto a quien estaban destinados ya que en lugar de leerlos se encallaban en unas lastimosas y confusas peroratas.

Siendo como soy, agnóstico pero abrazado al misticismo y teósofo, he creído haber encontrado al Ser Supremo de los católicos en las profundidades de la poesía y sin proponérselo Rafael Baquedano me convirtió en “lector de textos sagrados”.

Quedé atribulado cuando escuché a Juan Liscano afirmar ¡que la burguesía venezolana no lee! Viaja, se cubre con una esclarecida capa de superficial información, va a conciertos en París y Nueva York, asiste a la ópera y los nombres de Zubin Meta, Merce Cunnigham y Pinchas Zukerman les son familiares. Me topé en un cocktail con una pareja desconocida que me abrumó con los numerosos viajes que han hecho. No hacen más que viajar y me hicieron ver que acababan de regresar de Samarkanda. Ahora bien, yo he estado dos o tres veces en Samarkanda y en Bujará porque siendo director de la Cinemateca fui invitado igual número de veces al festival de cine que se organizaba en el Uzbekistán y nunca hice alarde. La pareja no hizo otra cosa que enumerar ciudades y países hasta que les hice ver que aun no habían hecho el viaje más importante, el más difícil y riesgoso, el que, por lo general, nos resistimos a hacer: ¡el viaje hacia el interior de uno mismo! Se petrificaron y al reaccionar, tomaron una copa de la bandeja del mesonero que alcanzó a pasar en ese momento, me dieron la espalda y se alejaron.

Un alumno de tercer año de bachillerato lee con enorme dificultad. Ignoro cómo ha llegado tan lejos en el camino de su escolaridad si se considera que la Unesco califica de “lector” a un niño de muy pocos años capaz de conocer y leer sesenta palabras por minuto.

Tampoco sabía leer el joven sacerdote que ofició la misa de difuntos a la que asistí creyendo que estaba siendo ofrecida en memoria de uno de mis hermanos por unas colegas suyas psicólogas que tampoco estuvieron presentes. Hice lo que me vi obligado a hacer: compartí sin  sustituir, el nombre de mi hermano por el de Francisco, el verdadero destinatario de la misa y cada vez que el sacerdote encomendaba a Francisco a la protección misericordiosa del Creador la viveza venezolana ponía a su lado a mi hermano Gustavo para que Nuestro Señor protegiera a los dos por igual. Ha sido la más deplorable misa a la que me ha tocado asistir porque el cura, muy novato, además de no saber leer no hizo el menor esfuerzo para impregnar a sus actos y a sus precarias y tópicas palabras de alguna solemnidad, de alguna pátina litúrgica o de elevación espiritual, y sus gestos rituales resultaron mecánicos, de vergonzosa rutina. Como si estuviera deseoso de salir del paso y ocuparse de otros menesteres menos solemnes. No sé a quien dirigirme para plantear esta molestia: si al cardenal, al arzobispo, al representante del vicario de Cristo a riesgo de que me digan que andan más angustiados con los desbarajustes humanitarios de Nicolás Maduro para estarse ocupando de resolver los desatinos de un joven clérigo de misa y olla o de saber de la misa la media; pero algo habrá qué hacer a fin de devolver a la Iglesia el poderoso vocabulario de los Misterios, el resplandor de los Sacramentos y la liturgia primordial en manos tan incompetentes.

Me reconfortó, en todo caso, comprender que otra misa capaz de hacer germinar con mayor intensidad la semilla del Verbo me estaba esperando a la salida de la capilla, una nueva manera de abordar el Evangelio cuando vi el cielo sin nubes pero al borde del crepúsculo y a mi hermano Gustavo esperándome para tocarme, para abrazarme, para mostrarme una vez más su alegría, la presencia mágica del Ávila; para explicarme que la verdadera misa consiste en seguir viviendo, en saber leer el prodigioso milagro de la vida que aun permanece en mí.