• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

¡No te metas con mi whisky!

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¿Qué es un libro sin ilustraciones? se quejaba Alicia, y con razón,

antes de encontrarse con la amenazadora Reina de Corazones, el conejo blanco y el sonriente gato de Chesire. Los libros de cine son particularmente caros porque contienen fotos e ilustraciones. Que mi biblioteca esté desactualizada porque no me alcanza el presupuesto para comprar las novedades o porque simplemente son libros que no llegan al país, constituye un nuevo crímen que el chavismo perpetra contra mí y contra la cultura. Pero es una circunstancia que me afecta personalmente. En cambio, que estén desactualizadas las bibliotecas de las universidades resulta más terrorífico que la Reina de Corazones.

No menciono la biblioteca del IVIC, porque el IVIC, si no ha desaparecido, está a punto de hacerlo porque el régimen militar, en una de sus iluminadas decisiones de abominable populismo, estableció que la ciencia no le corresponde a los científicos sino a la gente de la calle que viste camisas rojas o se activan como “patriotas cooperantes” un eufemismo por sapos o acusetas cara de pantaletas.

No es sobre libros el motivo de esta crónica del desamparo. ¡Es sobre mi whisky! Mi compañero de asiento, durante la hora y diez minutos que duró el vuelo desde Valera, despotricó del régimen y de los miitares. No puedo transcribir aquí las pesadeces que dijo sobre el presidente Maduro por temor a que me lleven a Ramo Verde a hacerle compañía a Leopoldo. Pero mencionó el whisky y lo caro que está: “¡He trabajado toda mi vida, dijo, y no puedo hoy comprarme una botella de whisky!”

Lo miré compasivamente y la mirada que le dirigí estaba impregnada de una sollozante solidaridad porque a mí me ocurre lo mismo.

Superando el rugido de Avior, el hombre recordó aquellas marchas multitudinarias pero ineficaces que en tiempos de la antipolítica llenaban las calles del país de gente indignada y pancartas de protestas. Le dije que de las pancartas solo recordaba dos: una, que evidenciaba cierta inmerecida ternura, decía: “¡Hugo, Huguito, aprieta ese culito!” y la otra, producto del humor de mi admirado amigo Claudio Nazoa, manifestaba una velada amenaza: “¡Chávez, no te metas con mi whisky!” Pero ¡lo hizo! ¡Corazón de Patria se metió con el trago de Claudio y con el mío (justificado y novedoso motivo para aborrecer a un gobierno) y Maduro, con disparatado encono ha seguido apretando la tuerca mientras yo busco, sin encontrarlas, las medicinas para mi fibrilación y las madres lavan y exprimen el único pañal que pueden poner a secar en la cuerda de colgar la ropa! Lo que más enfurecía a mi compañero de injurias y lamentaciones era imaginar a unos jóvenes bolivarianos, ociosos, que no han trabajado nunca, pero que enchufados desvergonzadamente en la catástrofe, son capaces, sin embargo, de comprar cajas de whisky para derramarlo en estrepitosas francachelas que mi infortunado vecino de butaca imagina presididas por fotos tamaño heróico del comandante convertido en avecilla canora.

Me prometí que a partir de hoy, si es que puedo hacerlo o si me alcanza el dinero, trataré de sisar, es decir, escamotear el vuelto de las compras para ofrecerme una botella de Old Parr (el mismo que tomaba Isaías Medina Angarita, calvo, a pesar de las advertencias que le hacía El Morrocoy Azul de que el whisky tumba el pelo) e invitar a Claudio para que en las navidades lloremos juntos de risa, pero sin olvidar a Maduro si es que aun está y... a la sisa.