• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Los mangos de mi casa

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Soy de los que tratan en todo momento de agarrar la sartén por el mango, pero prefiero los mangos de mi casa, es decir, los frutos del árbol llamado mango. Como ocurre con todos los frutos, también los mangos llevan dentro de sí su propio origen, su semilla, su renacer. Y es cosa de maravilla porque su origen proviene de un lugar lejano, de la India: Mangifera indica y un día, impreciso, llegó hasta mi propia casa. Alguien lo trajo; seguramente, el pico de algún pájaro inmenso, mítico y errante. El hecho es que los mejores mangos son los que se dan en la zona de Caracas donde se encuentra mi casa, no muy lejos de Los Chorros. Tienen hilachas pero aseguran una trementina moderada.

En el patio de mi casa hay, pues, una mata de mango. Es enorme, puede tener quince metros y su copa es de un verde intensamente claro pero melancólico que se va oscureciendo a medida que se siente capaz no solo de florecer sino de dar mangos y se los oye caer, por las noches, con un sonido seco pero prometedor. La exuberancia de su fronda me ocasiona problemas con los vecinos que se quejan porque las hojas y los propios mangos causan estropicios en los techos. Recuerdo a Juan Sánchez Peláez cuando me dijo cuánto le habría gustado poner como título a uno de sus poemarios: “¡Las quejas de los vecinos!”. De manera que me he visto obligado a podar las ramas del mango una y otra vez. El resultado, además de aquietar a los vecinos, ha incidido en que la mata crezca aun más hacia arriba y en lugar de los tradicionales “mangos bajitos”, los míos son inalcanzables y hay que esperar que caigan, aparatosamente.

En los últimos años los mangos han reducido su tamaño y hoy son muy pequeños: se están “enanizando”. Siguen siendo muy gustosos pero empequeñecidos. Desde luego, atribuyo y culpo al gobierno de esta curiosa reducción. No podría sustentar semejante afirmación en ningún simposio o reunión internacional de expertos en mangos pero estoy seguro de que lo que está pasando con los míos es culpa del presidente Maduro. En esto sigo al pie de la letra el consejo que me dio el Gabo García Márquez en Cuernavaca en la casa de Graciela Henríquez: “¡Rodolfo, échale siempre la culpa de todo al gobierno!” Todo lo que toca el régimen presidido por Maduro se vuelve leña, se encoge, se arruina. Es lo opuesto a aquel rey Midas que volvía oro todo lo que tocaba y lo primero que se tocó, inutilizándolo, fue el que te conté, que es símbolo de la perpetuación de la vida. Mis mangos comenzaron a empequeñecer desde el momento en que Nicolás agarró el timón. Mandé a fumigar el árbol, lo que me hizo pensar que algo similar habría que hacer con Miraflores que no se fumiga desde que Cipriano Castro se fue para Alemania a operarse de una fístula que le hizo decir que “peaba por donde tenía que mear” y los médicos venezolanos se negaron a intervenirlo quirúrgicamente porque la guardia personal de Cipriano, feroz y primitiva, dijo que si el Caudillo se moría durante la operación los mataban. Semejante amenaza hizo que el país padeciera veintisiete años de oprobio gomecista. Romerogarcía, el mismo que escribió la novela Peonía y dijo que Venezuela es el país de las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas, refiriéndose al exilio de Cipriano y a la traición de su compadre Juan Vicente Gómez, dijo: “¡Se fue Atila, pero dejó el caballo!” ¿Qué puedo decirle yo al régimen militar en la hora actual venezolana sobre el reducido tamaño de mis mangos si mi propia vida, el país, la economía, el pensamiento, mis ilusiones y alegrías también se han empequeñecido? ¿Cómo fumigo al régimen para acabar con la plaga que está acabando conmigo y con los mangos de mi casa?

Estuve a punto de mandarle una carta al presidente, pero desistí porque nunca respondió la que hizo pública El Nacional por el problema del papel. Con toda seguridad, la mía, quejándome del tamaño de mis mangos, la tirará sin leerla a la basura en la que, literalmente hablando, ¡también ha echado mi vida democrática y republicana!