• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Nos hundimos en los cimientos

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Cada vez que el régimen militar insiste en convencernos de que sus acciones son atinadas y correctas; ajustadas a los principios y lineamientos de lo que ha dado en llamar “el proceso”, en lugar de levantarse, de elevarse tiende por el contrario a caer, a hundirse más. Ignora que existe una ambitendencia en todo lo que sube. Es decir, que mientras más alta es la torre más profundos son sus cimientos; lo que determina que mientras más nos elevamos más profundo es el vacío que dejamos al subir. Es curioso que el régimen lo ignore porque desde antiguo es notorio que se sube para bajar.

De manera que, sin percatarse, el régimen torpe y espurio se hunde en la profundidad de los cimientos de la torre en la que vive cuando impulsado por la desesperación de su propia caída asegura que no está cayendo sino que, por el contrario, mantiene un vigor atlético. Lamentablemente, no es así: el régimen desciende al creer que asciende.

El problema no reside en la capacidad o no de gobernar (y en este caso, convendría no insistir en seguir averiguando si el régimen militar que padecemos es una vergüenza para no tener que reconocer que, en efecto, es una vergüenza); el asunto es que todo está equivocado desde el principio, desde que Hugo Chávez emprendió su temeraria tarea de “¡tenernos en la mira con la rodilla en tierra!”. Hay un grave error de origen al pretender aplicar en Venezuela concepciones políticas y económicas fracasadas, no solo en la Unión Soviética y en todos los países que fueron forzados a integrarse al mundo socialista, sino en la Cuba arruinada por Fidel y Raúl Castro que hoy, con el rabo entre las piernas, luce desesperada por acercarse a los detestados yanquis después de más de medio siglo de oprobios y escupitajos contra el capitalismo, 

Yo fui uno de los que adversaron duramente a Rómulo Betancourt y sumé fuerzas inútiles para que renunciara y acabar con su “gobiernito”. Hoy me percato de que ¡quien tenía razón era él! Cuando yo me la pasaba escribiendo en las paredes: “¡Rómulo renuncia!”, ya él sabía, desde hacía años, que el comunismo era impracticable en el país, y había escrito o estaba por escribir sobre el petróleo. No buscó elevarse vanamente, sino que caminó recto y seguro. Lo menciono hoy porque la historia lo situará en lugar muy alto y preferencial. ¡Era un demócrata! ¡No un déspota en pleno aprendizaje!

Por eso conviene mantenerse a nivel. No elevarse mucho para evitar tener que descender en igual medida. Intentar subir demasiado; pensar que el fracaso va a convertirse en victoria porque aparezco en televisión y pido dinero prestado teniendo fama de tramposo o dando discursos en las Naciones Unidas ante un auditorio desierto, es creer en pajaritas preñadas. La verdad es que el socialismo bolivariano, el proceso, el legado del comandante, el corazón hecho patria o como quiera llamarse el estrépito provocado por el derrumbe del país bajo el régimen autocrático y militar, ¡es un fracaso absoluto! Reconocer esta verdad, enderezar el rumbo y evitar la profundidad de los cimientos nos devolvería a los mejores tiempos democráticos que una vez vivimos, y reafirmaríamos la convicción de que la peor de las democracias es mejor que la mejor de las dictaduras.