• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

El furor de las ideologías

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La Fundación Cisneros (a través de sus directores Natalia Afanasiev, Rafael Romero y Antonio Melo) auspicia una serie de conferencias que bajo el nombre de “Discusiones” dicta un grupo de analistas de música, arquitectura, diseño, artes plásticas, literatura y cine. Las Discusiones, bajo la coordinación académica de María Elena Ramos, reúnen, respectivamente, a expertos como Diana Arismendi, Rafael Pereira, Carmen Alicia di Pasquali, la propia María Elena, Ariel Jiménez, Felix Suazo, y Gina Sarraceni. El grupo se ha reunido con estudiantes de la Central; con los del núcleo que sostiene la Católica Andrés Bello en Puerto Ordaz. Luego, en la Universidad de Carabobo y en Unimar, en Margarita; en el Centro de Arte Lía Bermúdez de Maracaibo y más recientemente en la Universidad Simón Bolívar. Mi tarea dentro de las Discusiones es conversar con los estudiantes sobre la modernidad en el cine y al parecer me ha ido bien y los estudiantes se han mostrado satisfechos no solo conmigo sino con todos los conferencistas.

En la Simón Bolívar sentí que estaba obligado a homenajear a Ernesto Mayz Vallenilla, ya que me encontraba en la casa que él fundó como su primer rector. Dije que conocí a Ernesto Mayz siendo yo estudiante de la Central y él, profesor de filosofía. Luego, me abracé a la memoria y comenté que Antonio Pasquali, Sergio Baroni y yo creamos a comienzos de los años cincuenta del pasado siglo el primer cineclub de la Universidad Central. Funcionaba en la Sala de Conciertos. En su mayoría, los espectadores eran jóvenes estudiantes de extrema izquierda, demasiado comecandelas para mi gusto. Antonio consiguió el Acorazado Potemkin (Bronenoset Potiomkin, 1925), de Serguei

Mijailovich Eisenstein considerado como uno de los mejores films de todos los tiempos. ¡Una película mandada a hacer para aquellos estudiantes marxistas tan acalorados! Pero Pasquali y yo nos comportamos (¡éramos tan jóvenes!) como dos intelectuales orgullosos de sí mismos porque creímos que por saberlo todo sobre el Acorazado Potemkin dábamos por sentado que también tenían que saberlo aquellos espectadores universitarios. Es decir, que se trataba de una película muda porque el sonido iba a aparecer años más tarde: que era una película en blanco y negro porque cuando se filmó, el technicolor no existía; que por primera vez el cine consideraba al pueblo como protagonista; que era un homenaje a la Revolución bolchevique; que resumía las teorías estéticas de Eisenstein y que la secuencia del cochecito y la masacre en las escalinatas de Odessa nunca ocurrieron.

¡Pero no lo dijimos! Por eso, cuando comenzó la proyección se oyeron los gritos de los espectadores: “¡Sonido!”, “¡Sonido!” y “¡Coño! a esta película se le fue el color!” o “¡Estos rusos son mudos!” seguidos de escandalosas y vulgares risotadas. ¡La proyección resultó un fracaso! Un espectador, en la penumbra de la sala, se levantó y pechereó al estudiante de ingeniería con el pelo cortado a cepillo que gritaba a su lado y lo conminó a salir a la Plaza Cubierta del Aula Magna para “¡caerse a coñazos!” ¡Era Ernesto Mayz Vallenilla! Un hombre culto, un filósofo muy poco contemplativo puesto que había sido boxeador en su juventud, molesto porque un joven comunista le estaba impidiendo a él, a Ernesto Mayz Vallenilla, un hombre de derecha, ver una irrepetible obra del arte cinematográfico que exaltaba la revolución que ese mismo muchacho comunista quería implantar en el país.

Descubrí que el furor de las ideologías tiene que ver con los niveles culturales de quienes lo sufren o arrastran. Mientras más alto y crispante es el furor, más pobre es la cultura de quien lo atiza y propaga. Por eso no me sorprende la miseria intelectual de quienes defienden el fracaso bolivariano y justifican la catástrofe iniciada por Hugo Chávez con el mismo furor con el que precipitaron el hundimiento de un famoso acorazado soviético en la Sala de Conciertos de la Universidad Central de Venezuela.