• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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La frase no es mía

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La frase no es mía pero,  ¡cuánto no habría dado para que me perteneciese! De habérmela apropiado, de haberla usurpado no habría podido verme nunca más reflejado en el espejo porque en lugar de mirar mi reflejo solo habría visto el de un ser ordinario, desasistido, vulnerable; algún resto podrido de aquel célebre retrato que pintó Basil Hallward después de que Dorian su modelo bello, esbelto y perverso le asestara la puñalada alevosa y enloquecida creyendo conservar así, en vida, la espléndida belleza que el artista logró plasmar en su obra.

La frase sintetiza complejos tratados y pronunciamientos éticos, retazos de vida, fracasos y heroicidades; ciegos desafíos contra uno mismo, reflexiones y milagros de vida; pensamientos de asombrosa y densa certidumbre que parecieran haber sido proferidos por algún ser de otro mundo; páginas de libros leídos una y otra vez, imposibles de olvidar; relatos conmovedores o desesperados, diarios personales impregnados de dudas e incertidumbres; efluvios de algún amor feliz o tristes fragmentos de desagravios, memorias desvaídas o desafiantes; viajes y  rumores de otros tiempos; la luz y la humedad de otras latitudes, frías o ardorosas. Vivir en la capital, en el suburbio o en el barrio marginal.

La frase todo lo dice. Es compendio. Suma de todos mis combates. Se envuelve en sí misma, se refugia dentro de su propia esencia como un raro animal acosado, pero que, al cesar la amenaza que tanto lo intimidaba, vuelve a ser quien fuera antes de que surgiera el traicionero y tendencioso acecho.

¡No es mía! La frase no me pertenece, pero me la apropio porque es más portentosa que el crepúsculo que traza colores naranja sobre la línea de un horizonte que comienza a disolverse en la noche que, al acercarse, tiñe la tarde (¡que también se inclina y muere!) de un color malva inventado por el propio sol que inicia igualmente su viaje nocturno por el mar que es como morir para renacer mañana en un nuevo día con colores aun más inesperados y deslumbrantes. Una frase ajena pero que me despierta a medianoche abrumado por la desilusión de no saberla mía. La frase perfecta que dibuja el perfil del humanista, del poeta, del soñador que asume la belleza y los desvaríos que lo vigilan desde la secreta sonoridad de las palabras. La frase que revela la presencia de quienes sufrimos la ignominia de la insensatez humana, la imperfección de nuestros actos, la desdicha de no encontrar la gloria que tratamos de alcanzar a través de las exploraciones del espíritu o a través del arte y de la literatura o de la obra acabada. El secreto anhelo de la aventura de volar, incorpóreo, como los pájaros; ser la hoja que cae del árbol que es símbolo perfecto no solo de la reciedumbre de nuestras propias vidas sino de la vigorosa búsqueda del amor y de la belleza que aspiramos a mantener constantemente  a nuestro lado hundiendo nuestras raíces en la tierra pero nutriéndonos de ella para tocar el azul del cielo con nuestras almas. La frase envuelve también al país que amamos, pero que igualmente odiamos; los misterios gloriosos y dolorosos, las esferas místicas y terrenales, las tribulaciones del afecto no compartido, la riqueza y felicidad materiales de unos y las precariedades, desempleo y urgencias de muchos otros. El deceso del padre o peor aun del hijo antes que el padre o del nieto antes que el abuelo como cepos, trampas feroces armadas por la muerte que se entretiene jugando con el desasosiego de nuestra aventura de vivir. A veces se trata, por el contrario, de un nacimiento pero ¡ya eso es trampa de la propia vida!

Nos nombramos, nos miramos en los espejos que son los otros para exorcizar nuestras desdichas, haber permanecido varios días como estudiante en la morgue con un tiro en la cabeza que animó el despiadado humor de un embajador llamado Chaderton sin saber que al hacerlo las estamos convocando, haciéndolas nuestras porque de eso trata la frase que desvergonzadamente he hecho mía, extraída del cuaderno de notas a las “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar:

“Todo ser que haya vivido la aventura humana vive en mí”.