• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

El espejo

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Jean Cocteau (1889-1963) convirtió la lámina azogada de un espejo en el umbral que separa la luz azul de nuestras vidas de los oscuros reflejos de la muerte y de la eternidad, pero logró el prodigio de que la Muerte emergiera del espejo y entrara en el cuarto de Orfeo, en la noche, para verlo dormir. Cocteau nos hizo ver la Muerte como una presencia real: vestida de negro, el rostro de María Casarés, duro y distante, de perturbadora belleza pero con una mirada terrible, helada e inescrutable. Ella se detiene al pie de la cama, enamorada del poeta y permanece quieta, absorta mientras Orfeo duerme un sueño intranquilo. La Muerte cruza el espejo por donde transcurre el tiempo de los hombres arriesgándose a castigos o sanciones severas: más severas que el castigo de la propia muerte que ella es porque se expone a morir nuevamente si el alto tribunal se entera de la debilidad que implica su amor por el poeta que duerme.

El tiempo, que es la sombra de la muerte, muestra sus facciones en la parte pulida y azogada del espejo; hace magia: es una presencia solar: aparece y desaparece cada vez que nos asomamos a él y nos vemos algo más devastados, pero nos engaña haciéndonos creer que es culpa del espejo; que él nada tiene que ver con el envejecimiento de nuestras almas. Hace trampas mientras se viste de prestidigitador y coloca detrás nuestro, en el espejo que nos refleja, al padre, al abuelo, al bisabuelo de bigotes caídos que nació, vivió y murió hace años; todo un país laborioso que creíamos haber dejado atrás, pero que sobrevive a pesar del chavismo y los tremedales de la desolación.

Porque el espejo no es solamente esa lámina de metal bruñido o de cristal recubierta de azogue, plata o aluminio capaz de reflejar lo que se le ponga delante. Es el sortilegio que reproduce los reflejos visibles del mundo y los que ingenuamente creemos mantener ocultos en nuestro interior. Se le compara con el agua en la que Narciso se regocija al mirarse sin percatarse, al igual que nosotros, de que detrás de él se refleja el país que somos, el universo que nos representa; nuestras tristes, alegres o desconsoladas historias familiares. ¡El espejo es astuto! Alcanzamos a ver el inmediato presente, pero si le damos vuelta, su parte no azogada se negará a mostrarnos las incertidumbres del futuro.

Es fatuidad, pues, pretender que solo sea uno quien se mire en el espejo porque detrás de nuestra imagen hay mucha gente que hizo posible que sus afanes persistan en nosotros. Antes, me asomaba al espejo y en primer plano me veía sonriente y detrás un país en flor que orientaba mis pasos hacia una vida adulta próspera y serena, hostigada, sin embargo, cada cierto tiempo por algún caudillo militar o civil empeñado en cortar la flor de un solo tajo autoritario. Fueron las veces que en el arco de mi propia vida me asomé al espejo siendo niño y vi las manos férreas y enguantadas de Juan Vicente Gómez; luego, la mediocridad de Marcos Pérez Jiménez en mi edad juvenil y ahora en mi senectud la vulgaridad de Hugo Chávez y la brutal ausencia de criterio de Nicolás Maduro.

En otros momentos, el espejo me devolvía la imagen de un país que caminaba con gracia hacia un destino que pudo haber sido en los inicios del siglo XXI más iluminado y generoso con sus habitantes. Es una pena, porque el país sigue arrastrando la culpa de ser minero y de no poder lograr su propia modernidad. Aspira a ella, pero el interés personal de sus mandatarios y la corrupción que siempre ha navegado por sus arterias han obstaculizado esas aspiraciones para terminar siendo una geografía balurda, propicia al narcotráfico y a la impunidad; un solar inhóspito, desolado, en feroz abandono y devorado por la mediocridad.

En la hora bolivariana, mirarse en el espejo es disponerse a ver el país del desaliento y de la indignidad; constatar el atraso en el que nos encontramos. La Muerte emerge ahora de él no para deleitarse en el sueño de los poetas sino para palpar nuestra agonía, para observar los rostros afligidos y desconcertados de quienes anhelamos y contribuimos con nuestras ideas y esfuerzos a construir un país mejor que el que lamentablemente nos toca vivir.

Mi espejo está a punto de estallar en mil pedazos que se impregnarían de presagios y desdichas; lo que aumentaría aún más el abrumado caudal de mis desventuras, pero como escribe a sus 89 años de edad Alicia Álamo Bartolomé, entrañable amiga de Santa Teresa de Jesús: ¡También puede romperse en estrellas!