• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

El doppelgänger

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El sol es la luz del espíritu, y la sombra, para los simbolistas, es el “doble” negativo del cuerpo, es decir, la imagen de su parte maligna o inferior; es un alter ego; un alma. Jung llamaba sombra a la “personificación de la parte primitiva e instintiva del individuo”. En la bella Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, sus autores mencionan la sombra con el nombre de doppelgänger. No me refiero a los “dobles” de Sadam Husein, sino al doble que nos acompaña vayamos donde vayamos. A diferencia de la sombra normal, que es producida por el sol o cualquiera otra luz, el doppelgänger es invisible a los ojos humanos, excepto a los de su propietario, y se mueve con tanta rapidez que por muy de prisa que uno se vuelva, siempre queda fuera de nuestra vista. Nos imita en todo y se afirma que “si uno pudiera verse y oírse tan perfectamente imitado nos moriríamos de vergüenza, pero los dobles normales no pretenden avergonzar a sus propietarios”. Su función es hacerles compañía y se dice que los perros y los gatos tienen la capacidad de ver a los dobles.

Cuando un gato mira de repente detrás de nosotros, con los ojos muy abiertos, ¡es que ha visto al doble! Si un perro nos persigue ladrando, es que le ha trastornado el ver al doble imitando todos nuestros movimientos. Unas personas muy ancianas son conscientes de sus dobles y se las puede oír conversar con ellos. Los niños, en cambio, no tienen dobles sino “amigos invisibles”. En su poemario Materia bruta, Alfredo Chacón logró este prodigio: “Al darme alcance me rozó. Siguió el camino como si nada hubiese sucedido. No era mi doble ni mi sombra. Era yo mismo, mucho más cierto y decidido”.

El único peligro de los dobles, aseguran los compiladores de la Enciclopedia, es que uno de ellos se vuelva malicioso y decida actuar por cuenta propia. Un doppelgänger malévolo puede cometer crímenes de los que luego acusará a su dueño o, aun peor, adoptará una personalidad totalmente diferente a la de este. La pandilla bolivariana, pongamos por caso, trata de convertirnos en su sombra, en su doppelgänger malicioso, cada vez que ampara sus trampas, mentiras y descalificaciones proyectándolas sobre una sociedad civil que solo anhela cambiar este régimen por un gobierno más legítimo y menos rencoroso.

Se le hará difícil a la historia política venezolana de estos primeros años del siglo XXI borrar la imagen del joven de 14 años con una bala en la cabeza. El mundo quedó sacudido y escandalizado por aquel crimen. Algunos justificarán los excesos bolivarianos diciendo que es obra del doppelgänger del paisano de Andrés Pastrana; otros sostendrán que ha sido una disposición del doble de Hugo Chávez insomne e insepulto o de un trino suyo desde la rama de algún árbol o la conspiración de alguno de nosotros, opositores, convertidos por el régimen en narcotraficantes o emisarios del imperio. Los guardias nacionales o policías que disparan contra estudiantes desarmados, podrían, por edad, ser hermanos. Quedarán en libertad aclamados por el régimen como héroes. ¡Pero sus vidas ya están arruinadas! Se sabe que los actos violentos, bellaquerías y desconsideraciones que sufrimos emanan desde el palacio, es decir, desde el poder. Habrá que hacer un esfuerzo masivo para evitar nuevas y peores atrocidades por parte de estos armados y ofuscados doppelgängers que como aquellos impunes pistoleros de Llaguno disparan contra quienes ejercemos, desarmados, nuestro derecho de disentir.