• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Él está detrás

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“La sensación de hacer el ridículo, de perder una oportunidad largo tiempo ansiada, de comportarse de manera innoble, de desbaratar unos planes para siempre, de no estar a la altura de las circunstancias, de carecer de tacto y de mesura, de resultar impertinente y poco sutil, de perder las simpatías de otra persona y, en resumen, de ser un patán, es quizás la más dolorosa y humillante que un caballero puede experimentar”. “Desde luego, su mirada no es noble. Su aspecto es de lo más rufián, en suma”.

¿A quién se refiere? Podríamos pensar en un primer impulso que coincide en todos y en cada uno de sus puntos con la figura y el comportamiento de Nicolás Maduro, pero la verdad es que la descripción alude a uno de los personajes de La travesía del horizonte, la segunda novela de Javier Marías escrita cuando el autor de Negra espalda del tiempo y de Todas las almas, contaba apenas con 21 años de edad. Pero se me antoja encontrar a Nicolás en muchas otras novelas que he leído este último año.

Descripciones de personajes poco amables, cercanos a alguna desvencijada virtud. Personajes que manejan una retórica construida con palabras resonantes y huecas de significado pero que retumban en los oídos de quienes las oyen sin entusiasmo porque saben que no expresan lo que realmente quieren decir.¡El farmaceuta Homais, de Madame Bovary, es un ejemplo perfecto!

Palabras como ¡Revolución!, ¡Patria!, ¡Imperialismo! dichas ante el micrófono vistiendo una camisa roja con la banda presidencial despojada de toda majestuosidad atravesada en el pecho, significan poco. La palabra imperialismo arrastra allí un sonido sordo y hosco porque más que la falsedad de los improperios, se adivina el oscuro deseo irreprimible en quien la dice de disfrutar sin escondrijos los aromas del capitalismo, poder derrochar sin contención el dinero escamoteado, bañarse en las cuentas secretas de los bancos suizos o en los paraísos financieros de Andorra o las islas Caimán.

Hay quienes afirman que la mesa es blanca. ¡Lo es!, pero nadie les cree. ¡Hay personas así! Es fácil saber lo que realmente piensan porque basta con darle la vuelta a lo que dicen ser por lo que en verdad son. ¡Nicolás es así! Lo es también la militancia del Psuv y la del triste remedo de lo que alguna vez fue el Partido Comunista que llegué a conocer en tiempos de Gustavo Machado, Jesús Faría y Pompeyo Márquez, hoy cola de ratón tras las migajas de queso rancio que ocasionalmente le lanza el régimen militar.

Hacer el ridículo lo hace Nicolás (por cierto, ¿cuándo te vas?) cada vez que se refiere a libros y libras o cuando transforma en pajarito al águila harpía que suponemos majestuosa mostrando la envergadura de sus alas en las montañas lluviosas de Panamá o de Aragua y Carabobo. Perder las oportunidades, las ha perdido todas; ganarlas lo habría situado en la cúpula de una Historia más resplandeciente y menos descalabrada. No haber estado a la altura de las circunstancias es la peor de sus desventuras y será esta desdichada desubicación la lápida que lo aplastará cada vez que alguien pronuncie su nombre. No mostró tacto ni mesura cuando sobrevoló el país hondureño, siendo canciller, protagonizando junto a José Manuel Zelaya la payasada del sombrero vaquero y la frustrada apetencia de poder.

Los venezolanos nunca hemos tenido suerte con nuestros mandatarios. Han sido pocos, en verdad, los que han mostrado aprecio por el país y han dejado el poder sin enriquecerse. En sus vidas ocurre un antes y un después; quiero decir, antes de Miraflores y después de él. Tal vez, alguno ha entrado al Palacio con cierta mezcla de timidez, asombro e indecisión difíciles de ocultar. Unos, declarando algún dinerillo depositado en el banco producto de sus desvelos en el bufete o en la rigidez del cuartel, pero inevitablemente salen al final del mandato no solo ricos sino altaneros, pisando fuerte, señalando con el índice una verdad expresada en un pensamiento único, transformados en el caudillo que permanece semioculto en todos y en cada uno de nosotros.

Lo descubrí escondido en uno de mis amigos, buen lector, apacible y bondadoso, de caminar lento y sosegado, pero desgraciadamente, lo rozó una vez la remota, ¡muy remota! posibilidad de llegar a ser nominado como precandidato presidencial. Entonces lo vi avanzar hacia mí, untuoso, abrumado ya por el peso de la gloria, caminando como un obispo, saludando a todos con las manos abiertas como si repartiera futuras dádivas; dispuesto también a hacer el ridículo, a perder la oportunidad de trascender a la Historia como héroe anónimo, a envolverse en la triste resonancia de una retórica inútil y listo para abrazarse a la bandera, a darme la espalda y mirarse a sí mismo. Verse en el espejo y descubrir que detrás suyo ¡está Nicolás!