• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

El cofre

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Al igual que el baúl o todos los objetos cuya función es la de contener algo, el cofre puede adquirir el carácter simbólico del corazón, del cerebro o del vientre maternal. Los simbolistas dicen que desde la antigüedad el cofre representa todo lo que pueda contener secretos: como el arca de la alianza de los hebreos o la caja de Pandora. Algunos de nuestros mandatarios acostumbran mantener sus intenciones in péctore; como si en lugar del pecho tuviesen un cofre donde guardan el nombre de quien será el delfín, o el anuncio de un nuevo y catastrófico sistema cambiario. Allí esconden sus inclinaciones; sus fotos, vestidos de caudillos civiles o en uniforme militar bajo el cielo de la democracia o en las grises tardes de la tiranía.

Tengo en mi casa un baúl o arcón que durante largos años estuvo arrinconado en uno de los misteriosos cuartos de la casa de los abuelos. Es  muy antiguo y dispone de una cerradura: lo que significa que alguna vez custodió verdaderos secretos. Nunca se encontró la llave, lo que revela que sus secretos, hoy, son de otra índole: más abiertos a quienes quieran asomarse a ellos.

Cuando abrí aquel arcón me saltó a los ojos una fotografía de Shirley Temple pegada en la tapa cóncava. Me maravilló que fuese Ricitos de Oro, una lejana memoria cinematográfica, la que estuvo vigilando memorias ocultas: la misma niña prodigio de los años treinta que salvó de la ruina a la empresa productora y desplazó a la opulenta Mae West, uno de los símbolos sexuales más vigorosos del cine de todos los tiempos. El candor y la inocencia desafiando a una vida tumultuosa que navegó por siete mares. Cuando le requirieron a Mae West su opinión sobre Shirley Temple contestó, agria y molesta: “¡Es una enana de 60 años!”.

El encanto del arcón de mi casa está no en lo que contiene sino en el propio baúl. Su madera, más que de tiempo está impregnada de la memoria de ese tiempo; como si hubiese conocido las posadas de Jamaica o de La Tortuga en época de piratas o el camarote de algún corsario abordando violentas aventuras en el mar Caribe.

Pero, ¿qué puede haber dentro de un baúl que ha permanecido cerrado y oculto durante años que no sean las fotos de una antigua juventud, imágenes de viejos parientes vestidos de domingo, ensombrerados y bigotudos; rígidos frente a la novedad de la fotografía? ¿Qué más puede encontrarse sino los recortes de una envejecida revista de moda, los escarpines del primer bebé; una muda de ropa, sábanas, olores de alcanfor, alguna olvidada promesa de amor? ¡Nostalgias! Baúles, cofres, arcas que conservan tiempos, lágrimas y melancolías; recuerdos desvaídos, desvanecidos...

¿Dónde está la llave con la que Hugo Chávez abrió la caja, el cofre o el baúl de la Pandora bolivariana para soltar todos los males que agobian a la república mientras pisoteaba la esperanza? ¿Quién nos devolverá el corazón?

Se afirma que el país tiene una memoria corta. Sin embargo, me pregunto: ¿dónde conservamos los venezolanos esa corta memoria que arrastramos del país y de nuestros propios recuerdos? ¿Dónde está el cofre, el baúl en el que guardamos nuestros retazos de vida, las angustias y las cenizas de nuestros muertos; los caminos secretos del ultramundo; los resplandores que vivimos durante cuarenta años continuos de democracia? ¿Qué se hizo nuestra memoria política, adónde se fue? Si llegáramos a encontrar ese baúl es decir,  el rumor de voces, papeles e imágenes perdidas y lo abriéramos, ¿qué encontraríamos? ¿Un espacio oscuro, un pájaro disecado, un aire enrarecido; el olvido? Lo más probable es que encontremos los escombros de las instituciones que se resquebrajaron con el chavismo, pero estoy seguro, también, de que descubriremos el júbilo de un país que comienza a recuperar su memoria; volver a ser.