• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Hombres de buen corazón

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La primera vez que entré en el consultorio de J. B., el hombre que iba a convertirse en mi cardiólogo, es decir, el hombre en cuyas manos he puesto voluntariamente la víscera más palpitante y generosa de mi cuerpo, quise saber si nos entendíamos, y antes de que comenzara a hacerme preguntas, pedir que me quitara la camisa, congelarme y acostarme en la incómoda camilla de los consultorios y hacerme los exámenes de rigor le pregunté si estaba de acuerdo conmigo en el significado de la palabra “corazón”. Lo hice porque para mí el corazón es algo más que el órgano físico que bombea la sangre para que ella recorra el cuerpo y nos regale el privilegio de vivir. Considero, le dije a J. B., que el corazón es la sede vital de mis sentimientos, de todas mis emociones y desde luego de las pasiones que me cercan y abruman.

La consulta alcanzó un momento de rara intensidad y me mantuve alerta porque si llegaba a ver o sorprender en J. B. que mis palabras causaban en él alguna vacilación, rechazo o inquietud abandonaba de inmediato el consultorio. ¡No fue así! No sólo entendió mi preocupación sino que permitió que fuese un poco más lejos y recordara algunas reflexiones contenidas en el libro de Jean Biès: Resurgencias del espíritu en un tiempo de destrucción. Después de mostrar las diferentes angustias que socavan el espíritu del hombre de nuestro tiempo, Biès termina preguntándose lo que en la actual, ilegítima y fraudulenta hora política venezolana, también nos preguntamos: “¿Por qué hemos llegado a esto?”.

Al referirse al corazón, Biès sostiene que designa el centro simbólico de la totalidad humana –física, mental, vital, psíquica, espiritual– y es, además, el lugar de encuentro y convergencia de lo relativo y de lo absoluto, de lo creado y lo increado, de la persona humana y las personas divinas. J. B. no dejaba de mirarme. Le recordé, y él desde luego lo sabía de sobra, que pertenecemos a una cultura en la que es el corazón el que define, descubre y sitúa al hombre de bien y desenmascara al que no lo es. Y decimos: “Él es un hombre de buen corazón”, porque hay una virginidad de corazón que se revela en la gratitud y el desinterés, en la ausencia de injusticia.

Uno de nuestros caudillos civiles ignoró los ruegos de los familiares que pedían la casa por cárcel para uno de sus feroces opositores, un hombre aniquilado por un cáncer en la laringe, a fin de que muriera en su cama y el hombre terminó sus días en la cárcel. ¡No hubo perdón! Otro caudillo, militar, arrogándose funciones de juez que no poseía y avasallando incluso la complicidad del Poder Judicial, condenó a treinta años a una jueza simplemente porque le dio la gana. ¡Ambos mostraron un corazón despiadado! No hay misericordia si entendemos que la misericordia no es otra cosa que sentir compasión ante la desgracia ajena. Pero es el corazón el que sufre y se solidariza con la desdicha de los demás. Y decimos: “¡Se le partió el corazón!” cuando muere el ser más amado o se eclipsa el amor en uno de los amantes. Los creyentes acuden a la oración de Jesús, llamada también onomástica, monológica u “oración de corazón” que consiste en repetir el nombre divino con el propósito de reunir nuevamente el espíritu con el corazón, unidos antes de la caída adánica, para devolverle al hombre la pureza del Edén, restituirle su verdadera naturaleza.

La inusitada atmósfera que se instaló en el consultorio complació a J. B. porque se atisbaron las profundidades de esa víscera enigmática que terminé poniendo en sus manos.

Desde entonces no ha dejado de crecer el afecto y la amistad entre nosotros porque ambos, con vigilante dedicación, tratamos de ser ¡hombres de buen corazón!