• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Una carga pesada

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En su novela 1Q84, el escritor japonés Haruki Murakami reflexiona sobre algo que también toca a los venezolanos: “Durante el curso de nuestras vidas hemos soportado cargas demasiado pesadas. Somos una familia con profundos traumas en común, que alberga tantas carencias y continúa ya una batalla sin fin”. ¡Es sorprendente lo de la “batalla sin fin!”, porque es lo que ocurre a quienes nos negamos a aceptar los criminales atropellos de la cúpula militar que, según se rumora, no solo recibe y acepta órdenes cubanas, sino que se ha hecho cómplice de las crueldades de la Guardia Nacional y de los violentos grupos asesinos armados por Miraflores.

La muerte es una de esas cargas demasiado pesadas. Lo escribió Adriano González León en el prólogo a la exposición de Carlos Contramaestre, Homenaje a la necrofilia, 1962: “...Una muerte cotidiana fabricada en los laboratorios policiales asedia constantemente nuestra voluntad de elección”. Cada vez siento la muerte más próxima, desde el momento en que se instaló en el país bolivariano y dictatorial con la ventaja de hacer más fácil su trabajo.

Confieso que, a lo largo de mi vida, me he familiarizado con ella, pero solo a través del cine; jamás la había visto entrar a saco en la plaza Altamira de Caracas y arrasar con lo que queda de un país arruinado por aquel comandante transfigurado hoy en pajarito desorientado. De tanto disparar a la cabeza de los estudiantes, la muerte ha provocado en nosotros un trágico desasosiego al asociarse con una Guardia Nacional y civiles armados por el gobierno que siguen con envilecida fidelidad los desbordados y represivos pocedimientos militares. La muerte que conozco no se asemeja en modo alguno a la que actúa como Guardia Nacional Bolivariana porque la del cine es ficción: la inventada muerte de figurantes disfrazados de apaches, gangsters y soldados que ronda los estudios de filmación. El apache o el gangster que “muere” con más espectacularidad cobra un mayor salario. Pero de tanto ver morir gente en las películas de aventuras violentas hemos aprendido a reconocerla antes de que revele su misterio; antes de que el rostro del actor se retuerza de dolor o se le pongan los ojos muy grandes. Lo que inquieta es saber que la “verdadera” muerte está cerca de nosotros porque desde que Miraflores inició la pesadilla de su hora bolivariana ella, la muerte, ha dejado demasiadas huellas, pistas y señales de que diariamente acecha nuestros pasos y nos mata para robarnos los zapatos o por cualquier insignificancia. La carga más pesada se evidencia en la brutalidad con la que venezolanos disfrazados de Robocop disparan a la cabeza de otros venezolanos que leen libros, piensan distinto y se están formando como ciudadanos libres.

De manera que hoy vemos a la muerte, antes de salir a matar, pidiendo la bendición de Miraflores, como si necesitara algún olor de santidad: “¡Presi, líbreme de todo mal y peligro”, y el ruego es tan constante que el presi ha terminado por creer su propia mentira y da por sentado que son los estudiantes desarmados quienes se disparan a sí mismos mientras él bendice la muerte y decide si da o no la orden nefasta y atolondrada de sacar el Ejército a la calle para aliviar el cansancio que aflige a los chicos buenos de la Guardia Nacional y a los colectivos que Miraflores califica de “respetables” cuando sabemos que son asesinos miserables. En el cine, la muerte castiga todo intento de rescatar el tiempo pasado. Pero la bolivariana no es la del ciudadano Kane cuando atraviesa el largo corredor de los espejos reflejando en ellos la multiplicidad de su derrotada imagen. ¡No! La bolivariana es la muerte militar que disfruta cada vez que un estudiante cae en la calle con un agujero de bala en la cabeza.