• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

La bofetada de Orson Welles

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Para Fernando y Alberto. 

Fue tan exitosa la proyección de las películas venezolanas en Montevideo que tuve que recorrer el país mostrándolas en otras ciudades importantes. Después del estreno, en cada ciudad, los anfitriones ofrecían una cena en mi honor a la que invitaban a críticos y personalidades del arte y de la cultura. En una de ellas, la cena transcurría con alegría y elegancia hasta que un sujeto, crítico de cine entrado en edad, flaco, agrio y con anticuadas gafas con montura de carey inició una retórica que atrajo la atención de los comensales. Constaté, con espanto, que el hombre se estaba apoderando de mi fiesta y en un determinado momento mencionó el nombre de Orson Welles que yo aproveché para exclamar: “¿Orson Welles? ¡Lo conocí en País y la verdad, no me agradó lo que hizo!” La declaración provocó que los invitados dejaran de ver y escuchar al amargado crítico y dirigieran sus miradas hacia mí. Pude observar en ellas destellos de admiración no solo por el hecho de que haya conocido personalmente al ciudadano Kane sino de intensa e inocultable curiosidad por saber qué fue lo que hizo en Paris. Yo estaba, dije,  en un sofisticado y costosísimo restaurante y vi que en una mesa  cercana se encontraba Orson Welles cenando en compañía de algunos  amigos entre los que se encontraba el torero Antonio Bienvenida. Era evidente que aquel hombre gordo y corpulento que tronaba en inglés no podía ser otro que Orson Welles, es decir, la personalidad más gloriosa entonces del universo cinematográfico. A partir de ese momento, toda la atención se centró en mi persona y el crítico de las gafas se fue sepultando en un segundo plano disimulando su disgusto.

Impertérrito, continué mi relato en la absoluta seguridad de que había reconquistado mi lugar en la mesa como el invitado de honor. ¡De pronto!, dije, veo al mesonero que avanza, tropieza y al trastabillar, la bandeja que trae se inclina derramando sobre el hombro de Orson Welles parte del contenido. Entonces, con una violencia ciega que no cabe en la grandeza del mundo, el genio, el director del Esplendor de los Ambersons, de la Dama de Shanghai; de Macbeth y de Otelo: el realizador del plano secuencia de Touch of Evil y el notable actor de infinidad de malas y buenas películas que pusieron de manifiesto que ni siquiera él podía enfrentarse a Hollywood sin salir lastimado, vi que se levantaba de la mesa y sin que ninguno de sus acompañantes pudiera evitarlo abofeteó al pobre mesonero gritándole improperios y provocando un desaforado escándalo en aquel distinguido lugar. Al llegar a este punto, un helado silencio de estupefacción se había desplomado del firmamento cinematográfico aplastando a los invitados a la cena.

Miré al crítico que había intentado adueñarse de mi fiesta y vi que limpiaba sus anteojos con el borde del mantel y atribuí tan inelegante conducta a algún ceremonial neurótico estimulado por el impacto que le ocasionó constatar que mi historia era plausible, que Orson Welles era una estrella violenta e insoportable, capaz de abofetear no solo a un pobre mesonero sino a cualquiera de los asistentes a aquella cena, incluyéndolo.

Las miradas de asombro de la concurrencia seguían puestas en mí y todos estaban con la boca abierta mostrando el mismo estupor que me produjo ver a Orson Welles levantarse de la mesa para hundir en una vergüenza sin límites al empleado del famoso restaurante parisino. A partir de ese momento, no solo dominé la conversación, animé la cena hasta el final y obtuve reiteradas copas de vino, sino que el amargado crítico de los lentes con montura de carey no volvió siquiera a pestañear. Concluida la cena, al salir del restaurante, me abordó uno de los invitados: ¡No conocía esa historia de Orson Welles!, dijo. Lo miré a los ojos: Yo tampoco. ¡Acabo de inventarla!