• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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El ave Fénix

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El Fénix es alguien o algo exquisito, único en su especie. Lope de Vega fue llamado ¡el Fénix de los ingenios! Conocemos también al ave fénix por su carácter mítico. Es como un águila, pero ofrece la particularidad de que renace de sus propias cenizas. Cuando siente que se acerca el fin de sus días, hace un nido con virutas o trozos de madera y resinas aromáticas que, expuestos al sol se incendian y las llamas consumen su cuerpo, pero de su médula ósea nace una nueva ave Fénix que repetirá, a su tiempo, su destrucción. Se destruirá pero renacerá una y otra vez. Cumple el milagro de sobrevivir a su propia muerte. Es el kerkés turco, el Simorgh de los persas.

También el sol muere y renace constantemente, desaparece como la luna para volver a aparecer como los osos que desaparecen durante el invierno Nosotros renacemos cada vez que desertamos de los malos sueños, cada vez que traicionamos las ilusiones; cuando las circunstancias de nuestras vidas dictan algún cambio o transformación, algún desamparo y dejamos de ser quienes fuimos y avanzamos hacia una nueva transformación como si renaciéramos de nuestras propias agonías.

Para algunos, el ave fénix es símbolo de la vida eterna sobre la muerte. Para otros, es la vida misma que cambia y se transforma en la medida que se busca y se persigue a sí misma. ¡También los países son como el ave Fénix! En la vida política venezolana del siglo pasado, para poner un ejemplo; y en los inicios de éste que padecemos, para poner otro, aparecen respectivamente Cipriano Castro y Hugo Chávez. Cipriano sucumbió a sí mismo pero de sus cenizas surgió Juan Vicente Gómez y de la rigurosa autocracia del Benemérito, brotó Eleazar López Contreras y así, sucesivamente, fueron crepitando las llamas dando paso a una transición democrática, pero quebrantada por el llamado trienio adeco cívico-militar que acabó en el derrocamiento de Rómulo Gallegos. De las cenizas producidas por aquella llamarada surgirán el fascismo ordinario de Pérez Jiménez y la maleta repleta de dinero abandonada en los apuros de su huída de bandolero a bordo de la Vaca Sagrada, y en los inicios del XXI esta ave fénix bolivariana que nos agobia y cuyo plumaje también es militar y se enorgullece de sus rigores de cuartel antes que auspiciar presencias civiles y democráticas. Durante el gomecismo que tanto perturbó a mi familia cuando era niño y hasta el engendro del chavismo que comienza a desintegrarse definitivamente con Maduro en un espectacular incendio de miserias, protestas y saqueos, también he estado yo renaciendo de mis propias incertidumbres, transformándome, avanzando, refinando mi espíritu, iluminando mi oscuridad; construyendo nidos que arden conmigo para devolverme a una vida cada vez más libre, alerta y decidida. El ave fénix que soy es lo que me defiende de los atropellos del régimen; es el oxigeno que necesito para sobrevivir mientras llega el momento de renacer.

Celebraré ese nuevo día porque podré encontrar, estoy seguro, leche condensada en el supermercado y pulpa de guanábana y podré hacer el quesillo que en mi infancia me obligó a adorar aun mas a mi madre por la fragancia de aquel postre suyo, exquisito, que la convertía, a ella y a la casa, impregnada del olor de los mangos, las guayabas y los nísperos, en el verdadero milagro de vivir. Por eso no aprecio a Hugo Chávez ni a Nicolás Maduro porque ambos son responsables de que no encuentre hoy la leche condensada que me habría permitido revivir no solo la alquimia del quesillo sino renacer como una fabulosa ave Fénix en su espléndido sabor y en sus aromas de prodigio.