• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

¡Fuimos adolescentes!

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Los adultos tendemos a olvidar que alguna vez cruzamos el puente que nos mostró el apetecible color rosado de la adolescencia sin sospechar que al acecho escondía las perversidades de un taimado estupor que se nos abalanzó al nomás percatarnos que la vida se abría a nosotros sin que supiésemos qué hacer o cómo comportarnos con las exigencias a las que nos convocaba.

Era que, simplemente, nuestro cuerpo estaba cambiando: la voz, por momentos, se hacía ronca al hablar y sin poder evitarlo desafinábamos, se nos iban los gallos y algo como una nuez se formaba en la garganta. El cuerpo se cubría de pelos y asomaba el esbozo de un ridículo bigotico sudamericano. Las chicas, por su parte, sentían que su cuerpo crecía; se avergonzaban de sus senos cada vez más llenos y al tratar de ocultarlos hundían el pecho y creyeron morir la primera vez que la sangre corrió entre sus piernas porque nadie les advirtió que eso iba a sucederles.

Todos, ellas y nosotros, nos sentíamos y nos sabíamos torpes, desmadejados, vacilantes al andar y necios al hablar y éramos víctimas de la indiferencia de los mayores pero también objeto de críticas, pasto de odiosos sermones moralizantes a través de los cuales aquellos adultos gustaban mostrarse inmaculados. Cada vez que su memoria se devolvía al adolescente que fue en La Grita, su ciudad natal, mi amigo el pintor Hugo Baptista visualizaba con sarcástica precisión aquel desamparo que lo vestía de azul marino con el cuello de la camisa sobre el paltó; caspa en los hombros; un acné incipiente pero tenaz; tres cigarrillos Lucky Strike comprados al detal y envueltos en papel en forma de cucurucho; peleado con la novia y arrastrando química para septiembre.

Volteamos la mirada y vemos al padre, agotado, que regresa del trabajo y se encrespa porque encuentra al hijo adolescente tumbado en la cama con las manos anudadas detrás de la nuca mirando absorto el techo del cuarto, pero con el alma en vilo: aterrada porque no sabe qué está pasando en ese cuerpo en el que ella vive y se agita crispada por la incertidumbre; desvalida e inerme. En ocasiones, el padre encuentra la misma desventura pero con el muchacho oyendo una música alterada y disonante. Cuando entra en cólera, acusa al hijo de vago y ocioso porque mientras él se desloma y se agota hasta el cansancio el muchacho escucha aullidos de música rock y estridencias en lugar de las guarachas de Billo o los boleros de Armando Manzanero que a él, el padre, tanto le gustan. Si fuese menos intolerante aceptaría que el hijo está haciendo lo que tiene que hacer: no hacer nada, hundido como está en su propia confusión; sin atinar a organizarse y entenderse con su cuerpo, es decir, sin lograr equilibrar esos terribles enigmas que son la mente, el sexo y el corazón; asustado porque mañana será otro día y aumentará el pánico por lo que se le está viniendo encima. ¡Y luego aparecen los deseos e ilusiones, los amores rotos, las promesas no cumplidas, la indiferencia de los ingratos compatriotas.

¡Así ha transcurrido mi vida venezolana porque sobreviví a una niñez sin ministerio de sanidad pero con la presencia todavía de Juan Vicente Gómez como una sombra sobre el país; superé el desamparo e incertidumbre de la adolescencia y sobreviví a Acción Democrática, a Copei, a Pérez Jiménez y los desatinos de la izquierda y me toca padecer a los ochenta y dos años, con el corazón atónito pero enfurecido, esta ilegitimidad y continuo desafuero bolivariano viciado de nulidad. Pero, como tonificante, esclarecedora y placentera compensación, tengo 70 años... ¡leyendo El Nacional!