• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

¡Vivir!

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Mariano Picón Salas, con el goce y deleite de su prosa en el capítulo titulado “Añorantes moradas” del libro Regreso de tres mundos en el que quiso ofrecer algo de la razón de su vida, fue quien escribió: “Hay un sitio, amada, de mi memoria y de mi conciencia, donde no llega tu compañía, acaso decimos en la hora de amor más perfecto”.

En otro ámbito o recinto, igualmente impenetrable, se refugian las deslealtades, los odios y agresiones; las venganzas y retaliaciones, los espantos que escapan cada vez que les ofrecemos las llaves que abren las puertas y convierten la soledad y el equilibrio, donde se sostienen los sentimientos, en la figura arrogante del hombre desalmado, del déspota o la prepotencia ignorante del estúpido que nos mata en la calle o asalta el poder político o económico y se ejercita en degradar a sus contemporáneos. 

¡Amada, amado, tú allí no entras! Pero de él escapan los monstruos que allí permanecen aunque los hieran la luz del sol a pesar de la justa observación de Picón Salas: “Si por los resquicios de nuestra psique, como por un postigo obturado de telarañas, invaden los malos sueños, lo mejor no es dejarlos hundidos en el subconsciente, sino traerlos a la luz de la conciencia, domesticarlos y sublimarlos”. ¡No lo hacemos! El problema está en que cuando los dejamos salir se manejan en las sombras de las trampas y de los engaños; esquivos, hábiles en sus cometidos y algunos de ellos entran y salen del palacio o del tribunal de justicia manchados por la crápula de sus corrupciones. 

Todos y cada uno de nosotros llevamos dentro al ángel protector pero también a los villanos que pugnan por salir de su escondrijo y logran escapar del lugar donde tú no entras porque eres tú, nosotros, quienes les abrimos las puertas.

De esto se habló en la Fundación Herrera Luque a partir de la magnífica y necesaria participación del psiquiatra Luis José Uzcátegui. Lo que él llama “la educación emocional” no es otra cosa, para mí, que el control del monstruo que vive dentro de nosotros. Creo que ese control tiene relación con nuestra capacidad de acariciar y embellecer nuestra sensibilidad; el carácter sagrado que le otorgamos a la vida  para hacer de ella una liturgia. ¡Vencerse uno a sí mismo! Librar una feroz batalla y salir vencedor. Se trata de un combate duro, eterno, encarnizado, pero enfrentarlo ya es una victoria del alma, un valiente desafío al odio y a la intolerancia que nos victimizan desde el poder político cuando este se vuelve despótico y cruel.

Es imperativo despejar ese lugar donde tú no entras y expulsar de él las presencias que allí se ocultan, deshacer los fraudes judiciales y las trampas electorales; diezmar las pandillas militares que nos atormentan; hacer posible que el ser social se incorpore recíprocamente al ser individual para formar el núcleo de una nueva concepción del país que aspiramos a ser. Reconocer que el mal está en nuestro interior, que forma parte de nuestra condición humana; impedir que escapen estos astutos demonios que se apellidan Legión y evitar que sigan ocultándose en el lugar más sagrado de nuestro espíritu de la misma manera como se esconde Lucifer detrás de la cruz para atraparnos en el momento de mayor recogimiento.

Se requiere un poco más de humildad, abandonar todo asomo de prepotencia y fatuidad. ¡Esclarecernos! Tirar en el océano de las decisiones esas llaves que abren las puertas al odio y a la agresión para que nunca más puedan usarse durante el arco de una vida. Afinar la sensibilidad, embellecer aún más nuestra visión del mundo, mejorar sin exigencias ni imposiciones la relación con los otros. Dejar de ser petroleros y abrirnos al mundo de las nuevas ilusiones que tanto se asemejan a las estrellas. 

Fatigarnos en la reflexión y en la contemplación: seguir con la mirada el vuelo de los pájaros, la hoja del árbol que cae y gira movida por el viento. Parece asunto fácil, ¡pero no lo es! Por el contrario, es lo más difícil de lograr porque significa respetarse uno a sí mismo. ¡Significa sacralizar la vida! 

¡Vivir!