• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

¡Sub anormales!

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Verónica tendría cinco o seis años cuando llegó esa tarde a mi casa y anunció con la mayor naturalidad: ¡Abuelo, mañana comienzo clases de computación! Lo dijo como si estuviera abriendo la nevera para servirse un refresco.

Aparté la vista del texto que como un galeote estaba remando en mi Olivetti Lettera 22 y la miré estupefacto. Busqué en su mirada algún indicio de echonería, el asomo de querer burlarse del abuelo forzado a golpear las teclas de la máquina de escribir y a escuchar el sonido del timbre cada vez que el carro con el rodillo y el papel se desplaza hasta llegar al extremo; un artefacto que tendría que haber estado desde hace tiempo en el armario donde se guardan los trastos. ¡Pero no! Verónica mantenía la misma pureza de sus ojos limpios e inocentes: esos ojos que los escritores cuando escribían con plumas de ganso mucho antes de que aparecieran la linterna, el cine, la Remington o la Olivetti llamaban "el espejo del alma".

De pronto, me sentí atropellado por la senilidad. Sentí que me convertía en un ser antiguo que con el alma hecha pedazos tomaba conciencia de lo que ya se afirmaba: que los niños acceden rápidamente a las más avanzadas y sofisticadas tecnologías porque han nacido en ellas, aparecen en el mundo fusionados a ellas mientras que los que andamos con pasos inciertos y vacilantes por las calles transversales y sin aceras de una descalabrada, presunta y prolongada juventud todavía creemos, por ejemplo, que hay alguien que habla escondido dentro del radio. Lo creí la vez que Alfonso Montilla o el propio Adriano González León vieron pasar por la esquina al locutor de Radio Valera y dijeron: ¡allí va el tipo que me tiene echado a perder el radio! Apenas mencionó mi nieta la palabra computación y sin haberme recuperado del impacto que me produjo la imagen de aquella niña que con tanta familiaridad y ligereza aludía lo que para mí resultaba ser una muralla inexpugnable reaccioné, sin embargo, de inmediato, como hizo el presidente Lusinchi cuando se enfrentó al periodista y le dijo amenazándolo con el índice: ¡Tú, a mí, no me vas a joder! Me puse a averiguar todo lo que tenía que ver con la computación y a molestar a todo el mundo al punto que el escritor e historiador Manuel Caballero, (1932-2010), uno de mis hermanos de la familia elegida, mente esclarecida y padrino de mi hija Valentina, me hizo saber que podía contar con su computadora porque recién acababa de comprarse una más moderna y podía la suya servirme para ir tomándole el pulso a la nueva tecnología y dejar de ser el galeote de la Lettera Ventidue.

Mientras Verónica reinaba en sus clases de computación yo me adentraba sin ayuda de nadie en el conocimiento de aquella computadora que llegó en mi casa: una de las primeras Macintosh. Pequeña y lenta; tan lenta que podía compararse con Pedro Vargas, momificado, cantando Santa después del último "refrescamiento".

Como si se tratara de una paciente en una clínica provista de los equipos de radioterapia (¡ausentes de los hospitales venezolanos en la afligida y trágica hora bolivariana!) el técnico examinó aquella primigenia computadora de la manzanita mordida por un lado y al devolverla aconsejó: ¡Consérvela porque es un verdadero tesoro! ¡Todos sus componentes llevan la firma de sus creadores! Aun la tengo muy bien preservada junto a la Lettera 22 y sospecho que dentro del armario ella debe mantener hacia la máquina de escribir la arrogante distancia que impone su exigente modernidad.

Otra fue, desde luego, la opinión de Valentina al nomás verla: ¡Me vas a perdonar papá, pero esa computadora es para sub anormales! Pues será, le dije seriamente mirándola a los ojos: ¡era de tu padrino Manuel Caballero!