• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Solidaridad

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Me hago solidario y rechazo rotundamente los criminales atentados ocurridos en París. Me ofenden los desquiciados fundamentalismos cualquiera que sea su naturaleza. No me sorprende que un acontecimiento trágico como el de París que ocurre de manera ocasional y no como algo permanente, suscite un repudio mundial y una solidaridad abrumadora. Supongo que es porque se trata de la acción de un grupo terrorista dogmático y brutal capaz de iniciar una tercera guerra mundial, pero también porque se trata de París. ¡De esto estoy consciente! Pero yo vivo en Caracas o en Managua o en Tegucigalpa o en Beirut y soy víctima, en Caracas, de un grupo militar que irrespeta la Constitución amparado bajo el principio de la no intervención.

En mi país sucede diariamente una tragedia que arrastra 16 años continuos de vejaciones que me hacen sentir desplazado, excluido, perseguido y estigmatizado no por el yihadismo sino por una dictadura militar, un narco Estado, un régimen y no un gobierno que trata inútilmente de convencer al mundo de que es una democracia “participativa” cuando en verdad es autoritaria y perversa. Una “democracia” que impone no solo un pensamiento único sino que bajo el mando autocrático del Poder Ejecutivo pisotea a los otros poderes: al Legislativo, al Judicial y a la impostura de un inventado poder moral; ha oscurecido el conocimiento universitario, cerrado las puertas y las ventanas del pensamiento y cercenado la libre expresión de las ideas; mutila mi derecho de disentir, criminaliza mi protesta; dispara balas que estallan en las cabezas de muchachos de catorce años mientras hace chistes un despiadado embajador. Escribo este artículo pero en un diario asfixiado por un régimen que le niega el papel y acosa a los medios de comunicación y veo, a lo lejos, un Palacio de Gobierno sordo a las exhortaciones de los organismos internacionales que ordenan la devolución de Radio Caracas Televisión, la libertad de todos los presos políticos, el señalamiento no digamos del gigantesco fraude judicial en perjuicio de Leopoldo López, que continúa preso al igual que más de setenta disidentes políticos, sino la confirmación del tráfico de drogas en cuyo desempeño aparecen presuntos sobrinos palaciegos y personeros del alto gobierno.

Un régimen que pretende hacer de mí un soldadito obediente y no el civil incisivo y cuestionador que sigo siendo a mis 84 años obligándome a recorrer tiendas, farmacias y supermercados en búsqueda de productos básicos para encontrar al dependiente que dice que no hay lo que busco mientras mueve la cabeza de un lado a otro.

Vivo en un país que todos suponen rico porque hay petróleo ignorando que, por lo general, son pobres muchos de los países que lo tienen y en nuestro ADN arrastramos, además, el agobiante bacilo de la triste y efímera ilusión de la minería.

¡Vivo mal! Sin agua, con apagones. El profesor universitario tiene que hacer de taxista para sobrevivir. Vivo peor que los parisinos que tuvieron que enfrentar a los fundamentalistas islámicos porque mi agonía es cotidiana y debo padecer “hasta que la rana eche pelos” la degradación que el régimen hace del lenguaje.

Pero no veo asomos de solidaridad, de apoyo o condolencia en ningún parisino. ¡Vivo en la oscuridad! ¡Soy el hazmerreír del mundo! Muestro mi pasaporte en las porterías de los países que visito y me miran con recelo como mirábamos ayer a los colombianos cuando mostraban el suyo. No soy víctima de ningún kamikaze pero cargo encima los explosivos de mis desventuras y las numerosas muertes violentas cada semana. Por eso pido a los que viven en verdadera democracia que me digan que lo sienten; que borren de su diccionario personal lo de la no intervención porque estoy agonizando sumido en el charco de una tragedia que les concierne y me digan que se sienten avergonzados de no haberme enviado ningún mensaje solidario que me ayude, al menos, a soportar este castigo que no me merezco.