• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

¡Saber la hora!

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Llegué a ver en un museo de Moscú en tiempos de Stalin un cuadro que mostraba a Lenin de cuerpo entero, de pie, con un micrófono en la mano. El cuadro, muy venerado por el realismo socialista, tenía por título: ¡Es la hora! Tratándose de Lenin, el título apuntaba seguramente a la hora de la acción; la hora de la toma del poder. Pero también podía significar que, como cantante, el líder de los soviets estuviese dispuesto a iniciar su recital, o el conferencista para dar su discurso. Como obra pictórica resultaba mediocre y de rígida academia; y como alusión a una enérgica disposición política, absolutamente inocua. De la misma manera, decir que una hora es el tiempo que equivale a sesenta minutos también es una banalidad si consideramos que para Homero, en la Ilíada, las horas eran personificaciones de la humedad del cielo: ellas condensan y disipan las nubes, dirigen las estaciones y la vida humana. Es más, tienen nombres: Eunomia, Dice e Irene, hijas de Zeus; y para mayor gloria rodeaban el trono del sol y se ocupaban de enganchar los caballos de su carro; lo que supone en ellas una energía que favorece y prestigia la acción humana.

Una de las rarezas que anotó Jorge Luis Borges en “Funes el memorioso” era la de que Funes sabía siempre la hora, como un reloj.

En su novela Of Time and the River (Del tiempo y el río, 1935), una leyenda sobre la ansiedad del hombre en su juventud, el tiempo es visto y sentido por Thomas Wolfe como si fuese el viento. Antes de dejar Altamont, su aldea natal, Eugenio Gant recuerda a Ben, el hermano muerto, y el reloj que le regaló en octubre cuando el muchacho cumplía 12 años. “¿Sabes para qué sirve?”, preguntó el hermano. “Para saber la hora”. Y las interrogantes sobre el tiempo que se desprenden de esta respuesta en apariencia superficial componen, a mi juicio, una de las páginas de desesperado lirismo más hermosas de la literatura norteamericana:

“¿Qué es este sueño del tiempo, este milagro amargo y raro de la vida? ¿Es el viento que al huir arrastra las hojas hacia caminos desnudos? ¿Es el violento, borrascoso vuelo de los días de furia, el paso tormentoso y rápido de 1 millón de rostros, todos perdidos, olvidados, desvanecidos como sueños? ¿Es el viento que aúlla sobre la tierra, el viento que arrastra todas las cosas bajo su azote, el viento que arrastra a todos los hombres y los hace huir como espectros apagados? ¿Es la hoja roja que se retuerce en la rama y que estará volando para siempre? Todas las cosas se pierden y se destruyen en el viento: las hojas secas escapan delante de nosotros en el camino; las almas muertas huyen delante de nosotros en su veloz y alada danza de muerte, arrastradas en un rudo forcejeo por la furia del viento enloquecido. Y octubre ha llegado de nuevo, ha llegado de nuevo. ¿No despertaremos algún día de este sueño de tiempo, de esta crónica de humo, de este milagro extraño y amargo de la vida en el cual somos figuras patéticas e ilusorias?”.

¡Saber la hora! En esta que padecemos los venezolanos, delictiva y autoritaria, decir que son sesenta los minutos que contiene es una necedad porque se trata, por el contrario, de una hora extendida en un arco de catorce o quince años continuos e inmisericordes de ofensas y agravios contra nuestra memoria civil.

Y ansioso, como Thomas Wolfe, me pregunto: ¿Despertaré algún día de este sueño de tiempo, de este milagro extraño y amargo de la vida? ¿Dejaré también de ser, como el país, una figura patética e ilusoria arrastrada por el viento de esta hora difícil e intolerable?