• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Respirar

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¡Dejamos de respirar y caemos! ¡Nos precipitamos en cosa de segundos en la laguna Estigia donde rema la muerte! Los conocedores del yoga saben que por lo general no sabemos respirar y lo hacemos mal porque ignoramos lo que hay que conocer sobre la respiración y el aliento, lo que no deja de ser grave porque la respiración constituye una comunión con nosotros mismos, una comunión con todos los seres que respiran al mismo tiempo que nosotros... ¿Qué es lo que dice Jean Bies en sus Resurgencias del espíritu en un tiempo de destrucción? Dice que “cada expiración es una experiencia miniaturizada y anticipada de nuestra mente. (...) Cada aspiración hace que el universo entre en nosotros, nos acerca a nuestro centro, favorece la concentración. Respirar profundamente es unirse al ritmo universal, integrarse a él, fundirse en él”. Bies no vacila en considerar la respiración como una actividad sagrada.

Chris Vestweber, mi sobrina nieta toca el cello en una orquesta sinfónica y me explicó que cuando el director de la orquesta baja la batuta para iniciar el concierto, los músicos que han contenido la respiración respiran, y con ellos respira el director y respira también la sala y la audiencia, y al exhalar todos el aliento, la respiración se hace música. Es como si absorbiéramos no solo el aire, sino la intensidad de la luz del sol.

Respiran la casa y las profundidades de los océanos; respira el tremedal de la nostalgia, la selva y sus fieras adormiladas o en acecho; respiran las arenas del calcinado desierto, y los agobios que persiguen sin cansancio nuestros sueños e ilusiones. El país bolivariano también respira, pero no lo hace bien, se ahoga, tose, carraspea. Es un país asmático cuya enfermedad es provocada por un gobierno de piernas temblorosas pero apoyado en un tosco bastón de mando con el que ordena trampas electorales que esta vez, en diciembre, no prosperarán por la antipatía y el rechazo masivo suscitado, incluso, por quienes, antes, estornudaban con él. Respiramos mal, atormentados por la rigidez o ausencia de criterio de los mandatarios. Yo mismo respiro apresuradamente porque no sé si este va a ser mi último respiro antes de llegar a mi casa y antes de que el malandro o el guardia nacional me mate en la calle.

Es casi un temblor vocal de ultratumba lo que escuchan quienes viven en las cercanías del palacio, porque dicen que la respiración palaciega no mantiene el ritmo justo de la respiración yóguica convertida en un ronquido exasperado, un crepitar extraviado, un obstinado chapotear en el fango de las equivocaciones.

Los simbolistas aseguran que la respiración es “una continua emanación de corpúsculos solares que, por el movimiento del Sol y de los astros, hallándose en perpetuo fluir y refluir, llena todo el universo”... Respiramos continuamente ese “oro astral”, una suerte de música elevada.

Pero en el caso venezolano ¡no es así! No respiramos: ¡jadeamos!, ¡acezamos! como los atletas al alcanzar la gloria, pero la meta bolivariana está signada por la catástrofe. No hay ninguna meta a la vista, solo el suplicio de correr día a día la prueba maratónica de ir de un mercado a otro buscando alimentos y medicinas. Cuando finalmente se encuentran, ya no los hay o mantienen un precio inalcanzable. En cualquier caso, estoy de acuerdo con los dos movimientos, positivo y negativo de la respiración, porque se asimilan al ritmo de la circulación de la sangre y ¡a las grandes vías de la involución y la evolución! En la acera del oficialismo se vuelven ruido y asperezas. En la mía, ¡se convierten en música!