• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

El Puerto de las Delicias

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En la Enciclopedia de las cosas que jamás existieron, compilada por Michael Page y Robert Ingpen, se hace referencia al Puerto de las Delicias, único por su condición paradisíaca y la apacibilidad de sus gentes. Ellos dicen que resulta difícil localizarlo a causa de las noticias fragmentarias que se poseen de él, pero la Enciclopedia asegura, sin embargo, que algunos viejos marineros sitúan el Puerto de las Delicias en las Antillas, donde el ron es barato y las isleñas complacientes. Otros creen que es un puerto pequeño y escondido en las islas Hébridas, donde la flota pesquera regresa al atardecer y los pescadores acuden a sus casas. Allí les esperan sus rollizas mujeres, con una buena cena y una jarra de whisky. Los tripulantes de los veleros que bordean el Cabo de Hornos en lucha con los vientos helados y el mar embravecido, creían que el Puerto de las Delicias era muy semejante a los muelles de Londres y decían que, cuando el barco anclaba en el puerto, el patrón del puerto acudía a pagar a la tripulación con bolsas de oro, mientras todas las tabernas cercanas se preparaban para recibir a los marinos, ofreciéndoles huevos con tocino y la cerveza más fuerte que jamás se ha hecho. Otros navegantes, dice la Enciclopedia, describían el Puerto de las Delicias como una de las islas que habían visto en los mares orientales: enormes guirnaldas adornando el verde esmeralda del mar. Según estas descripciones, cuando su fatigado barco echaba por fin el ancla, los tripulantes arriaban un bote y remaban hasta la playa, donde sonrientes doncellas les ponían collares de flores y conchas, y después los conducían a una fiesta preparada bajo las palmeras.

Se ha intentado situar el Puerto de las Delicias en el mar Caribe venezolano, solo porque a nuestra echonería se le ocurrió decir que Venezuela era la sucursal del cielo, pero rigurosas investigaciones lo niegan enfáticamente aduciendo que los puertos y todo el país venezolano han sufrido, desde antiguo, incesantes oprobios y calamidades permanentes. Tal vez pudo haber existido un Puerto de las Delicias en tiempos precolombinos, pero la comprobada existencia de unos Caribes que andaban saltando de rama en rama gritando que solo ellos eran gente, hace pensar lo contrario.

La ferocidad de la Conquista desatada por el “Descubrimiento” y los posteriores y terribles rigores coloniales impuestos por las autoridades civiles y religiosas que llegaron a sustituir los Carnavales por procesiones de santos y consideraban los bailes y saraos como abominaciones satánicas impidieron situar en nuestro suelo el Puerto de las Delicias. También es impensable que existiera en medio de la devastación de la Guerra de Independencia y mucho menos con la presencia de sus héroes o herederos militares convertidos en ásperos caudillos en trance de planificar invasiones, revoluciones libertadoras y alzamientos que, a lo largo de todo un siglo de violencias y temeridades, produjeron no solo montoneras e incomodidades, sino a un Cipriano Castro y más tarde a un Pérez Jiménez en la cincuentena del siglo veinte. Aún no hemos “enterrado” a Juan Vicente Gómez, lo que explica la actual y rojiza marejada bolivariana.

Incluidos los cogollos de Acción Democrática y de Copei, todos, civiles y militares, se han esforzado por mantener vivas la corrupción y la impunidad, pero nunca se les ocurrió promover la alegría de vivir, que es lo que ha reinado de manera permanente en el Puerto de las Delicias.

El nuestro es un país que jamás ha conocido el sosiego y la suavidad de una caricia. Es un país sin padre y ávido de afecto. Nuestro empeño por salir de las pesadillas que nos atormentan desde que aparecimos en el mundo no puede ser el de imponernos otras, sino el de levantar en nuestro suelo el Puerto de las Delicias y disfrutar, sin trabas, de sus numerosos encantos. ¡Estoy seguro de que si lo lográramos seríamos definitivamente seres libres y hermosos!