• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Piedra, papel y tijera

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En los años setenta del pasado siglo, una pareja de educadores creó y sostuvo durante años en Puerto Ordaz un Festival de Cine Infantil con el propósito de proyectar y valorar los filmes para niños realizados no sólo en el país sino en otras cinematografías del continente. En varias ocasiones asistí como jurado y pude entender lo difícil que resultaba establecer los lineamientos y la territorialidad del cine infantil o para la infancia.

Se ha discutido mucho sobre el cine dirigido a los niños realizado dentro de la industria, es decir, un cine en el que no intervienen maestros o educadores. Un debate interminable enredado en una maraña de interrogantes que no ha logrado definir a ese niño al que van dirigidas las películas. Lo escribí en el prólogo al libro de Ana Cecilia Guerrero: El cine para niños. Una película por hacer.

¿De cuál niño hablamos? ¿Es un niño rural o urbano? ¿Va a la escuela o trabaja en lugar de sentarse en un pupitre? ¿Es un niño marginal o vive en una urbanización? ¿Qué edad tiene? Y de qué cine estamos hablando: ¿del realizado dentro de la industria o de ese otro producido de manera independiente o en cooperativas de educadores? ¿Es cine de animación o de personajes o de animación con personajes vivos? Hay, además, un cine para niños y otro en el que intervienen niños, y las diferencias son enormes.

En un tiempo se pensó, equivocadamente, que las películas de Charles Chaplin resultaban propias para una audiencia infantil por el hecho de ser cómicas. Creo que quien expresó mejor la clave de este problema fue Walt Disney, un hombre que se destacó en estos asuntos, execrado en un comienzo por los intelectuales agrupados entonces en la izquierda marxista: "No hago películas para niños", dijo Disney. "Hago películas que puedan gustar a los niños", esto es, que puedan atraer por igual a niños y a adultos y que logren recuperar la inversión financiera ampliando considerablemente el mercado. Una película infantil dirigida exclusivamente a los niños no estimula la taquilla porque los niños no asisten al cine en horarios destinados a los adultos. E. T., 1982, resultó emblemática: ¡cautivó al mundo entero! Hollywood entendió el problema y continúa haciendo películas dirigidas a los niños pero con la mirada puesta en los padres. Unas mejores que otras; más imaginativas, más atentas al universo de valores e intereses de los niños, pero en líneas generales todas cumplen su propósito de entretener a la audiencia.

Yo estaba en Puerto Ordaz como presidente del jurado integrado por Argentina, Colombia, Cuba y Venezuela. Deliberábamos en un lugar inhóspito, caluroso y la discusión final para decidir el primer premio se centraba en dos películas igualmente desacertadas, pero uno de los miembros del jurado se empeñaba en calificar a su preferida alegando méritos y valores formales inexistentes y me aterrorizó verme envuelto en una discusión inútil bajo un calor sofocante. Entonces propuse que, tratándose de un festival de cine infantil, solucionásemos la situación con un juego de niños y sugerí el de Piedra, Papel y Tijera. ¡Se petrificaron! No tenían idea de lo que estaba proponiendo.

Los enfrenté y dije: "¡Ninguno de ustedes está calificado para ser jurado en un festival de cine infantil!". Y expliqué: ¡Papel gana a piedra, piedra gana a tijera, tijera gana a papel...! ¡Mi colega perdió y evité el suplicio de un debate innecesario! El cubano que presenció atónito aquella premiación terminó moviendo la cabeza de un lado a otro y dijo mirándome a los ojos: "¡Oye, tú, cuando llegue a La Habana y diga cómo se dan los premios en Venezuela, no me lo van a creer!".