• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

¡Nicolás, tú puedes!

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Necesito retapizar dos estupendas sillas de cuero que hoy podrían ser de colección, y el tapicero que estuvo viéndolas dice que ese cuero ya no se consigue, pero tampoco ningún sustituto. Me urge sacar varias fotocopias de algunos documentos imprescindibles para que me paguen una determinada suma de dinero y no hay tinta en los cuatro o cinco lugares donde acudí impulsado por la desesperación. Le pedí a mi amigo el compositor Diógenes Rivas que las sacara en su fotocopiadora y me contestó desolado que justamente se le acababa de terminar la tinta y no encontraba cartuchos en ninguna parte.

No es por faltar el respeto, pero acostumbramos a nombrar a nuestros mandatarios por su nombre de pila y a tutearlos. Decimos Rómulo, Jóvito, Carlos Andrés. Siempre resultó difícil llamar Rafael o Rafa a Rafael Caldera. Siempre fue ¡“el doctor Caldera”!. Por eso llamamos a Nicolás por su nombre: Nicolás, por favor, ¡haz algo! Haz que haya harina PAN en el mercadito de la esquina. Pero no solo harina PAN: ¡que haya aceite, harina del otro costal, leche en polvo o delactosada y no de las que aparecen en semivacíos estantes de los supermercados; que podamos hacer el tetero del bebé; consíguenos esponjas, detergentes, servilletas, crema de afeitar, Alka-Seltzer.

¡Que me pueda duchar como si estuviera en la cuarta república! Eres el mandamás de la comarca, haz que mi mujer, que está enferma, pueda encontrar los remedios que le mandan los médicos; para que cada vez que le toque ir a la clínica encuentre: primero que todo, una clínica y no los precarios hospitales sin aparatos ni medicamentos en que se han convertido las clínicas desde que los propios hospitales cayeron en una desgracia peor que esta en la que nos encontramos los venezolanos chavistas y no chavistas, pero acordes, sin embargo, en señalar a Hugo Chávez como el único responsable del desastre que nos está aplastando. Una ruina que llegó para quedarse desde el momento en que se encompinchó con los militares que han contribuido escandalosamente a precipitar el naufragio en el que nos estamos ahogando. Como presidente puedes encontrar la manera de que los diarios y revistas vuelvan a ser como antes, sin la angustia de estar viviendo su extinción; impulsar las artes, no necesaria y únicamente las folklóricas o populares; que las universidades respiren, prosperen, prosigan sus investigaciones y cultiven la mente de sus estudiantes para que pueda el país contar con ellos para reedificarlo.

Puedes hacer que cese el contrabando y el tráfico de drogas. Bastaría con aceptar que desde el propio régimen se fortalecen en impunidad los mecanismos que lo hacen posible. ¡Hay que enfrentarlos! No nos castigues por expresar nuestra opinión cuando te parece adversa: solo pretendemos ayudarte a ser buen gobernante. De lo contrario, la historia ¡tampoco te absolverá! No golpees a los estudiantes que protestan: pregúntate por qué lo hacen, seguramente están contribuyendo a aclarar las situaciones. En todo caso, protégenos de los malandros, controla a la Guardia Nacional que se ha puesto muy abusiva, y a los pistoleros que andan impunes por la calle arropados en unas banderas. En lo personal, quiero ayudar porque al hacerlo siento que estoy ayudando al país a emerger de la confusión y el marasmo en el que está chapoteando. Yo no, pero conozco gente preparada para rescatar la instituciones, para enderezar la economía, orientar las relaciones internacionales. Estoy seguro de que han leído libros en lugar de manipular armas en el cuartel. En cualquier caso, sigo buscando por toda la ciudad el cuero para las sillas, la tinta para las fotocopias y todo lo demás. Me dijeron que fuera a San Juan de los Morros a pesar de lo mal que está la carretera o a Altagracia de Orituco; que allí parece que hay champú. ¿Quién quita?