• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Mariposas

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Las mariposas son frágiles y sus alas ofrecen variados y hermoso colores. Ya en la antigüedad se las consideraba emblemas del alma y de lo luminoso. Para muchos países del oriente del mundo simbolizan la alegría y la felicidad conyugal y cuando ven juntas a dos de ellas ven en ambas el emblema de la mujer en general. Sin embargo, Ernest Lehner, en 1950, reseñó que “los gnósticos representaban al ángel de la muerte como un pie alado pisando una mariposa, de lo cual se deduce que asimilaban la mariposa mas a la vida que al alma en sentido de espíritu y ente trascendente”. No obstante me resulta gratamente atractiva la creencia de los antiguos que sostenían que al morir el cuerpo que la alojaba, el alma lo abandonaba aleteando como si fuera una mariposa. En cualquier caso, lo que maravilla de los insectos y de las propias mariposas es su apasionante vínculo con la metamorfosis. Un proceso por demás complejo y dilatado por el tiempo que transcurre a partir de la asombrosa fertilidad del huevo. Un mosca doméstica pone mil huevos en su vida, pero la termita reina pone 500 millones. El huevo de la mariposa deja salir una larva, una pequeña oruga fea, repugnante y de apetito voraz que se alimenta durante seis a ocho semanas. La larva teje entonces un capullo y dentro de él crea la forma de pupa o crisálida. Hay un período de letargo mientras la pupa va formando el cuerpo de la mariposa que finalmente rompe el envoltorio y emerge de la crisálida; vuela, busca aparejarse y muere de inmediato para renacer en el huevo, la oruga y la crisálida. Es mas el tiempo que tarda en formarse y nacer que el que se toma para morir atrapada y clavada con un alfiler en la vitrina de algún coleccionista o siendo perseguida por Djalis, la galga italiana que corre en círculo por la campiña ladrando a las mariposas amarillas, cazando las musarañas o mordisqueando las amapolas durante lo aburridos paseos de una desengañada Emma Bovary.

Todos, cada uno a nuestra manera, somos crisálidas. Tardamos años en formarnos para terminar siendo un eslabón más en la cadena productiva de la sociedad que nos aplasta y devora para renacer en el hijo que igualmente terminará devorado por algún otro asechante y astuto depredador. La joven y bella bailarina es crisálida en sumo grado. Tarda largos años en formarse, en fortalecer sus músculos, en dominar la técnica de la promenade y el vigor del grand jeté en tournant, la pirueta y la hazaña circense de los 32 fuetés del tercer acto de Lago; y una vez realizadas semejantes proezas y padecer durante años los latigazo de una disciplina cruel y militar se ve obligada a retirarse de la escena (¡que es otra forma de morir!) apenas pasados cortos años de actividad profesional cuando ha madurado no solo en la técnica sino en la difícil expresión e interpretación que exigen Giselle, Odette, la joven convertida en cisne por el malvado hechicero Von Rothbart u Odile el cisne negro; al igual que ocurre con quienes hacen de sus cuerpos sus herramientas de trabajo.

¿Pero no es acaso nuestro sistema democrático una crisálida? ¿No vuela alegremente la mariposa en tiempo sensiblemente corto para caer bajo el mortal alfiler del militar depredador, tosco y de enervante autoritarismo? ¿No lo fue acaso el médico Vargas enfrentado al militar depredador? ¿No lo fue Rómulo Gallegos, las iluminadas letras del lenguaje oscurecidas nuevamente por las sombras del cuartel? “El problema, escribe Sybil Bedford en “Fragmentos de vida (Una educación nada sentimental”), comienza cuando llega el profeta, el revolucionario, el astuto, el general inspirado” porque si lo que queremos es vivir felices sin los grandes hombres estaríamos mejor.

El país venezolano, y otros en la región, somos una pupa, una crisálida. La nuestra ha tardado 17 años en formar una mariposa que pronto escapará de la piel reseca de la crisálida para desplegar sus alas frágiles y aterciopeladas, mostrando el inexplicable y majestuoso diseño de sus alas y la vivacidad de sus colores, pero esta vez estaremos cerca y vigilantes para impedir que algún depredador se acerque a clavarle, una vez mas, el alfiler de la tiranía.