• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Héroes y sabios

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Al regresar de París y gracias a la amistad que mi hermano Pablo mantenía con Francisco de Venanzi, el legendario rector de la Universidad Central, obtuve muy joven un trabajo de privilegio que consistía en servir de guía y mostrar la Ciudad Universitaria y sus obras de arte a visitantes ilustres. Llegué a conocer todos los secretos del Aula Magna; sólo rendía cuentas a De Venanzi y tenía franco acceso  al Rectorado, donde a veces pasaba ratos conversando con el rector, quien, dicho sea de paso, me quería mucho.

Un día vi dentro de un cofre de vidrio una prótesis dental con aspecto de ser muy antigua porque parecía de madera. Doctor De Venanzi, ¿qué es esta cosa tan horrible?, pregunté escandalizado. ¡No se inmutó! Condescendiente, explicó: “Rodolfo, ¡esa es la prótesis dental del doctor José María Vargas!”. ¿El sabio Vargas?, pregunté. ¿El de Carujo, el del mundo y los hombres justos? “El mismo”, contestó De Venanzi como un maestro aleccionando al alumno. Luego movió el brazo como si quisiera abarcar el espacio del rectorado: “Cuando llegué aquí –dijo y apuntó con el índice–, eso ya estaba allí. ¡Y allí se queda!”. Sabia decisión porque mientras aquella prótesis permaneciese confinada en el Rectorado se evitaba el riesgo de verla convertida en objeto de veneración en caso de que alguien tuviera motivos para glorificarla como si fuera una chaqueta bolivariana asomada en el balcón del pueblo.

Cuando vi de niño el uniforme militar de Simón Bolívar quedé anonadado (que significa también “baño de asiento”) por lo chiquito que era nuestro padre y ahora veía los falsos dientes de un héroe civil: cirujano, rector de la universidad y presidente de Venezuela. Desde entonces, entendí que en la vida que llevamos resulta más prudente conocer únicamente a los héroes de las novelas, porque es mucho el desencanto cuando nos topamos con los “héroes” de verdad.

Hace cincuenta años, en la misma universidad, Fidel Castro pasó a mi lado en quepis, tabaco y uniforme verde olivo y vi a un héroe. Sentí el fogaje y el carisma de aquel hombre corpulento que exudaba una vitalidad asombrosa y me dije: “Algún día diré a mis nietos, sin mentir, que vi a un héroe militar”. ¡Pero no ha sido así! Hoy tengo dos bellas nietas: Verónica y Claudia, pero tuve que decirles, sin mentir, que aquel héroe de mi juventud se había convertido en un ser ominoso; en una perversidad instalada en el poder desde hace más de medio siglo arruinando y dividiendo a su país, separando a las familias al igual que otros déspotas que han maltratado al mundo.

Les expliqué, sin mentir, que los héroes militares, los caudillos civiles y las revoluciones políticas que lideran y alientan tienden a convertirse en obstáculos para los avances económicos, sociales y culturales; que el peso de la ideología que los condujo a perpetuarse en el poder determina que al apoyarnos en ella dejemos de pensar; que la ideología, lo dice el poeta Rafael Cadenas: “Es uno de los recursos con que cuenta el ser humano para no verse”. Ella secuestra el pensamiento, contamina y enmudece el alma. Existen, desde luego, los héroes anónimos; esa gente silenciosa que hace su trabajo y se supera a sí misma sabiendo que está construyendo un país.

Por eso pedí a mis nietas que rechacen a los dogmáticos; que eviten convertir en fetiches ideológicos los símbolos del poder cualesquiera que ellos sean y se obliguen más bien a afinar cada vez más su sensibilidad a fin de abrir las ventanas, de par en par, a los secretos y misteriosos resplandores de la vida.