• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

El Guaire, el Tormes

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Vi a un lejano pariente mío entrar como una tromba al volante de su automóvil con la esposa al lado y la hija de 8 años, semiescondida atrás. Avanzó al amanecer superando la larga fila de automóviles estacionados a un lado del muelle en espera del ferry que los llevaría a la isla de Margarita. Han pasado allí toda la noche soportando el húmedo calor del puerto y el escandaloso volumen de vallenatos vulgares e inclementes. El pariente imprimió mayor velocidad a su auto y frenó aparatosamente cuando llegó al comienzo mismo de la larga cola, ajeno a los gritos de los conductores y los pitazos de los guardias nacionales que agitaban los brazos como muñecos de cuerda haciendo señas para que retrocediese, se devolviera e hiciese la cola como todo el mundo. Hizo torpes amagos de dar marcha atrás, intentó dar vuelta en círculo creando una confusión aun mayor, hasta que los propios guardias, desbordados, le permitieron estacionarse detrás del primer auto.
¡Simple y llanamente, el pariente se había coleado hasta ser el segundo en embarcarse! Tocaba ahora a la niña protagonizar el papel de su desamparo.

Descendieron del auto, dieron algún inocente paseíllo por las cercanías y se acercaron finalmente a la taquilla para comprar los boletos de embarque. La niña quedó rezagada y al rato apareció, muy Shirley Temple, sopeteando un helado. El padre la increpó: “¿Dejaste tu puesto en la cola? ¡Te dije que te quedaras allí!”. La madre, ofuscada, la agarró por los hombros y comenzó a jamaquearla. La muchachita inició un llanto cuya teatralidad superaba en lágrimas a las de Margaret O’Brian, la niña actriz de los años cuarenta que antes de la filmación preguntaba a los productores: “¿Cuántas lágrimas quieren? ¿Dos? ¿Las cataratas del Niágara?”. Y los complacía a su antojo.

Con galantería, un señor mayor, muy cerca de la taquilla intervino: “Señora, por favor; ¡no se preocupe! ¡Déjela aquí!”.
En el acto, la muchachita dejó de llorar y sin soltar el helado, ocupó el tercer lugar en la taquilla. Entendí que las maniobras del pariente revivían la vieja picardía del lazarillo que Fernando de Rojas situó en las salmantinas riberas del Tormes: el súmmum de la viveza criolla, la “furberia” italiana. ¡No es que anime al pariente! Es que, en su caso, creo encontrar la hazaña mayor del ingenio y de la viveza. Y me pregunto: ¿es viveza, por ejemplo, escamotear votos electorales cuando se dispone de la complicidad del Consejo Electoral para prometer luego un recuento a sabiendas de que no lo habrá? El pundonor de los militares venezolanos ¿vive ahora en las playas de Varadero? ¿Se siente astuta la Fiscalía? ¿Es de pájaros bravos obligar a los estudiantes presos a firmar declaraciones que eximen a los torturadores de haberles causado maltratos? ¿Cree el Tribunal de Justicia que su sumisión al déspota es ingeniosa picardía? ¿Y en el PSUV: cuántos pícaros militan allí? Y mis amigos intelectuales de la cuarta república ¿se dejaron jamaquear con gusto por la intolerancia del comandante o se las echaban de vivos mientras bajaban la cabeza aceptando la beligerante vulgaridad de Hugo Chávez y sus funestas concepciones del poder? ¿Es viveza mostrar armas publicitadas en la televisión para acusar a un militar de conspirador? Porque, según creo, no es la ingeniosidad ni la viveza del pariente lo que ejercita el régimen cívico-militar sino la corrupción, el fraude, la prevaricación, la trampa y la mentira.

¡El Guaire y no el Tormes!