• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Gente decente

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Algo hemos avanzado desde aquel estallido de petróleo que despertó en el Barroso Dos la avidez de ingleses, holandeses y norteamericanos y contribuyó a asegurarle a Juan Vicente Gómez su dictatorial mecedora de mimbre. Surgieron los obreros del petróleo y, con ellos, una clase media que hasta entonces ignoraba que se llamaba así porque se la conocía como “la gente decente”. Mi familia era gente decente. Hoy forma parte de la clase media, ¡pero sigue siendo decente! Al principio, los límites se confundían porque se daba el caso de que alguna familia decente se veía obligada a colocar en la puerta un letrero que advertía que la suya era una “casa de familia” porque la de más allá resultaba ser, por el contrario, la de las putas de la parroquia.

Al precisar su oficio o profesión, la partida de nacimiento de mi abuela establecía claramente la ofensa: “Oficios propios de su sexo”. La de mi mamá: “Oficios del hogar”. La de mi mujer Belén: “Maestra de Danza”. Avances de la mujer en un país que, hoy, bajo el chavismo, sigue siendo primitivo. (¡Seguimos sin conocer la partida de nacimiento ¿colombiana? de Nicolás Maduro!) Y se nos reconoce como el país más caro e inseguro del planeta y gozamos del privilegio de ser el único en el que su Comandante Supremo se convirtió en un pájaro que vuela de rama en rama y el presidente de la república, graciosamente, multiplica penes. Venezuela siempre ha asombrado al mundo: Cipriano Castro saltó a la calle desde el balcón de la Casa Amarilla cuando comenzó el terremoto, pero lo hizo con un paraguas abierto; lo que jamás habría hecho el general De Gaulle en el Eliseo y, desde luego, ningún soberano británico en el Palacio de Buckingham.

En todo caso, el mundo quedó estupefacto cuando vio a la hija de un rey comportarse como una esposa tan dócil y obediente como pudo haber sido mi abuela arrinconada en oficios no solo de la casa sino propios de su sexo: “Yo me ocupaba de los niños y mi marido de los gastos”: la imagen sumisa de la esposa sometida a la férula de un marido tramposo; que no se acuerda, no sabe o permanece en silencio cada vez que debe responder sobre sus fraudulentas complicidades con el cónyuge, aristócrata, ¡a pesar suyo! Sé que todavía existen esposas sumisas y obedientes, pero Cristina no será jamás una chica a ubicar entre la gente decente porque donde quiera que vaya será la hija de un ex rey “impoluto” que mata osos y elefantes amparado después de su abdicación por leyes de última hora que lo protegen hasta su muerte.

Tampoco olvidaremos la sonrisa de la infanta al salir del tribunal mallorquín, porque la alegre satisfacción que mostró estableció contundentemente que la ley no es igual para todos porque algunos callan, no se acuerdan o no saben, conscientes como están de que un impenetrable manto protector los ampara.

En Venezuela, la Fiscalía y el Tribunal Supremo desestimaron todas y cada una de las demandas bien fundamentadas que se levantaron contra Hugo Chávez antes de su espectacular transformación en pío-pío. A diferencia de la “sumisa” infanta, el Comandante nunca tuvo que comparecer ante un juez y decir: “No sé”, “no me acuerdo” o callar sin mirar a su señoría. Pero en la conciencia de súbditos y republicanos tanto el tribunal venezolano, como la Fiscalía y la infanta española han acelerado su propia erosión moral y sus desgastadas imágenes terminarán reventando sin gloria; pero nunca como aquel Barroso Dos que convirtió a la gente decente en una clase media cuyas mujeres dejaron de estar confinadas a los oficios propios de su sexo.