• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Eclipse

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Anuncian que habrá un eclipse de sol, de luna o de estrellas y en el momento indicado levantamos la vista hacia el firmamento, algo que hacemos con poca frecuencia y observamos: unos, con maravillado asombro; otros, con total indiferencia cómo desaparece transitoriamente un astro o cómo pierde su luz cuando se interpone otro cuerpo celeste. Es la ocultación, el sorprendente acto de prestidigitación estelar, el prodigioso escamoteo: ¡el sol está y no está! o la luna finge haber escapado del lugar. Pero el sol no muere como ocurre cada tarde cuando baja al océano y emprende su viaje por el mar para reaparecer o resucitar nuevamente al despuntar la aurora. Tampoco desaparece la luna a pesar de que para alcanzar su verdadera ocultación mensual de tres días debe sufrir el despedazamiento de su ser menguante porque en los eclipses de sol, de luna o de estrellas todo es transitorio, pero la palabra eclipse, en todo caso, lleva dentro de sí su acepción griega de abandono, de lo que desaparece.

¡Desaparece el astro pero vuelve a aparecer! Pero cuando el eclipse roza la actividad humana, cuando se centra en el desasosegado mundo de la política la celebridad que gozábamos se hace fugaz y se eclipsa, se extingue. La luna menguante vuelve a llenarse y el sol que declina y muere al caer en el horizonte vuelve a encender las praderas y a esparcir vida o muerte sobre la tierra. Pero el eclipse político está lejos de ser una simple manifestación de escamoteo, el conejo que aparece y desaparece de la chistera del mago o la ausencia o pérdida transitoria de la luz. ¡No! ¡Es una muerte!

En la antigüedad se estimaba que los eclipses eran signos de presagios, heraldos de desastres. Se les temía porque se les consideraban desequilibrios cósmicos provocados por los desórdenes que se sucedían dentro de nuestros microcosmos. Se creía que los eclipses sucedían porque rompíamos el sosiego que debe existir en la actividad humana. De allí se desprendía la certidumbre de que la luz que es yang, viril, quedara dominada por la oscuridad que es ying, femenina. Era como si un monstruo escapado de los tenebrosos espacios estelares devorara al sol, a la luna o a algunas estrellas.

Pero el verdadero drama surge cuando el eclipse alcanza y toca a los humanos. Mientras no surja el eclipse creemos que irradiamos luz, dominio y autoridad: elocuencia y contención, serenas reflexiones sobre las cosas de este mundo y premoniciones sobre las que conoceríamos después de la muerte: una vida más iluminada que la propia vida que nos tocaba vivir; o creemos que nuestros actos, nuestras letras ejercen influencia en otros y, de pronto, todo comienza a oscurecerse, a desvanecerse y nuestra gloria a cubrirse con la sombra de un nuevo astro que se interpone y nos precipita a los abismos de la desgracia. ¡Nos eclipsamos! Puede ocurrirles y sucederles por igual a los países como en el caso de la Venezuela bolivariana, totalmente eclipsada bien sea porque la muerte de su líder histórico así lo haya dispuesto o porque erróneas maneras, ideas, tendencias, orientaciones morales, sociales, políticas o económicas hayan incidido en el mal manejo de la cosa pública y el país no se encontraba preparado para afrontarlas, o por la irrupción de nuevas proposiciones que orientan los pasos del arte en procesos renovadores de la expresión estética. O porque el cáncer de la corrupción haya destruido órganos y tejidos vitales. El asunto es que nos eclipsamos, perdemos dominio y autoridad; nos desmembramos como la luna en sus fases menguantes o como el planeta Tierra, cuando abierta y temerariamente se enfrenta al sol oscureciendo al satélite; o la propia luna cuando con temeraria arrogancia se interpone entre el sol y la Tierra provocando en el sol una zona de penumbra que puede convertirse en eclipse total o anular.

¡Pero cuando nos eclipsamos en política ya no hay manera de volvernos a iluminar!

La presidenta del Brasil y con ella las legendarias virtudes del Partido de los Trabajadores, la no menos legendaria figura de Lula da Silva y la reciedumbre del país más poderoso de la región han sucumbido al eclipse provocado por el desorden en un microcosmos llamado Petrobras resecando la sangre que alguna vez corrió por las arterias hoy esclerotizadas de la política y la vida económica en ese poderoso país en crisis. De igual manera, un eclipse total de sol, luna y estrellas ya dejó en penumbra los espacios del socialismo bolivariano y cubrió de densa oscuridad a Nicolás Maduro la figura política venezolana de mayor desprestigio que haya cruzado los históricos pasillos de Miraflores.

No me refiero a “caer en desgracia” porque quien así cae puede en el futuro y de acuerdo con sus propias circunstancias volver a levantarse. Aludo a quien queda eclipsado según la acepción griega del término: abandonado, desaparecido de la escena. Como la llama que se apaga inundando de oscuridad el aposento; como el actor que hace mutis definitivo. ¡Nicolás se eclipsó! Al igual que el dictadorzuelo, se han eclipsado organismos cínicos y cómplices como el Consejo Nacional Electoral, el Tribunal Supremo de Justicia, la “justicia” misma y las deshonradas Fuerzas Armadas Bolivarianas; la siniestra Guardia Nacional y algo recóndito y podrido llamado Poder Moral. Maduro patalea, fanfarronea en televisión, insiste en permanecer ¡nadie sabe para qué!, pero los eclipses son implacables. ¡Una vez puestos en marcha, no se detienen! Su verdadera función en política es la de poner orden en el desorden, ofrecer una mejor iluminación en las mentes y en las conductas de los seres humanos, restablecer el equilibrio entre el ying y el yang, es decir, entre la probidad y la corrupción que vendría a ser, esta última, el verdadero monstruo que en Venezuela devora al sol, precipita a Maduro en la oscuridad de los eclipses y cubre de sombras las brillantes arenas de las playas de Río de Janeiro.