• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Echonería

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Lo que más me irritaba y molestaba cuando jugaba siendo niño no era perder, sino ver asomar en el contrincante la risita desdeñosa y despiadada de quien ha vencido sin mayor esfuerzo a un rival débil e indefenso. La risita de la jactancia. La expresión de la victoria fácil; el sentirse superior. En una palabra: la fanfarronada. El inicio de la alabanza que el vencido sabe que no termina allí porque el vencedor la propagará en otros espacios, entre conocidos, a sabiendas de que la jactancia se alimenta de su propia celebridad. En definitiva: ¡la echonería!, una actitud que encuentro muy venezolana.

Estoy por suponer que se instaló entre nosotros, quiero decir, en el ADN venezolano mucho antes de que Colón estuviera por aquí si damos crédito a la existencia de unos colectivos que se la pasaban atemorizando a todo el mundo y gritaban que solo ellos eran gentes y los demás simples pajúos, cometierras o cargacañas con taparrabos.

Simple y llanamente, sin tener la menor idea de lo que era el fascismo o la desconsiderada altivez del color rojo rojito, ya lo eran; pero, más peligroso aún, estaban infectados con el virus de la echonería. Luego llegó el almirante alucinado arrastrando consigo la trágica y fanfarrona superioridad de armaduras, arcabuces y tres nuevas armas poderosas y desconocidas en estos parajes: el caballo, el crucifijo y el mal olor de sus cuerpos alérgicos al agua y al jabón al punto de que hay historiadores que afirman que la hediondez de los conquistadores mató más indígenas que la pólvora, el tropel de caballos, la cruz y los colmillos de los perros.

Siempre corrió la echonería por las calles empedradas o polvorientas de la época colonial y las vestimentas de los grandes cacaos exhibieron su mayor presencia. Más tarde, heredarán la echonería nuestros héroes militares que nos independizaron de la triste echonería de Fernando VII para asumir plenamente la nuestra. Pero estoy por apostar que los fundamentos de la actual echonería venezolana esmerada e insuperable los fijó el petróleo desde el momento en que reventó el Zumaque I y se inició la explotación de nuestros inagotables yacimientos; porque a partir del Zumaque y luego, del Barroso II, el país venezolano se convirtió en un espejismo: se sintió rico y poderoso y encontró, sin proponérselo, un  lugar en el llamado “concierto de las naciones”. ¿Acaso no es una demostración de echonería la de Hugo Chávez regalando irresponsable e inconsultamente nuestro dinero a mandatarios de otros países  solo para asegurar una relativa y transitoria notoriedad política que se derrumbaría a su muerte por la incompetencia militar y las sandeces de su sucesor? Nuestra echonería apenas parpadeó cuando Luis Herrera Campins anunció aquel Viernes Negro que ese sábado amaneceríamos pobres. Asombrado, descubrí que la clase media a la que pertenezco siempre ha estado al borde del descalabro y, por saberlo o intuirlo, se ha hecho siempre la desentendida, apelando a la echonería como mecanismo de autodefensa. Yo mismo no he hecho más que chapotear en un mar proceloso infestado de aventureros, políticos, banqueros y tiburones financieros mientras grito, al igual que mis antepasados, que también soy gente y los demás, balurdos y  tierrúos. Alcanzamos la cota de la máxima echonería cuando inventamos que Caracas es la sucursal del cielo.

Nunca me cansaré de referir lo que considero el ejemplo más glorioso de la palabra echonería: cuando le dijimos a nuestro amigo el pintor Ramiro Najul que los marcianos iban a invadirnos; que era un hecho fatal e inexorable y que no había marcha atrás, se nos quedó mirando.

Finalmente, aceptó y dijo: “Que vengan, pues; pero eso sí ¡sin echonerías!”.