• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Echarse tierra uno mismo

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Sin que ninguno de los que viajábamos en el automóvil hacia Escuque hubiésemos hecho algún gesto impropio, vulgar u ofensivo o dicho alguna palabra altisonante, el chofer desencadenó un torrente de improperios y amenazas contra mi amigo que estaba sentado atrás, a mi lado. Detuvo violentamente el auto, abrió la puerta y parado en la carretera, sin importarle el peligro de ser arrollado, agitando los brazos y mostrando una cólera que era incapaz de dominar retaba a mi amigo a caerse a trompadas allí mismo, frente a las montañas trujillanas asumiendo la misma tozuda rudeza de los viejos caudillos, sus belicosos antepasados.

Desde el momento en que se decidió en Valera que el grupo de poetas y escritores llegados de Caracas, repartidos en dos carros, visitaríamos al poeta Ramn Palomares en su Escuque natal, todo parecía desenvolverse con alegría y beneplácito. Yo quería probar nuevamente el agua de manantial que corre como cristal por la casa del tas de Adriano González Len. Había estado algunos años antes en Escuque con Salvador Garmendia y pernoctamos en la casa de Ramn. Habilitaron un espacio en la sala y después de dar las buenas noches y quedar la casa en silencio escuchamos en la oscuridad unos pasos que se detenían en el centro de la sala. Al oirlos, quedamos en suspenso y al poco rato volvieron a escucharse. Fue cuando Palomares advirtió en voz alta: “¡Muchachos, si oyen unos pasos no se espanten. Es gente que pasa por la esquina y por vainas de acústica sus pasos acaban en donde ustedes están!”. Con todo, aquella era una casa mágica porque Argimiro Briceño Len, primo de Adriano, tomó una foto polaroid al grupo que formábamos y al revelarla lo que apareció fue la nevera que estaba a su espalda.

Era el propio Argimiro el que se encontraba a mi lado cuando Gonzalo González Len, hermano de Adriano, lo retó en plena carretera de Escuque. Resultaba claro que se trataba de un disgusto entre primos y era de suponer que detrás del repentino y desconcertante furor de Gonzalo se movía, entre los hilos de su tela, la perversa y acechante araña de alguna vieja discordia familiar. El hecho es que a pleno sol, abrumados por la sed y las irregularidades de la carretera brotó la encarnada flor de un disgusto inesperado y absurdo. Una culebra que decidió instalarse dentro del automóvil. Alguna vieja herida que nunca llegó a cicatrizar; el rencor reptando a oscuras desde los tiempos de la niñez o de la adolescencia.

Intervinimos, apaciguamos y Gonzalo, mas sosegado, siguió manejando. Constaté que el silencio puede pesar, a veces, tanto como el ruido más estrepitoso y finalmente, llegamos a Escuque. Con los saludos, el agua del tas, los verdaderos tragos y la algarabía todo volvió a ser placentero. Traté, sin embargo, de explicarme la situación. El carro que nos conducía hacia la aventura de la montaña y a la hospitalidad de Palomares era un Studebaker cuyas puertas se abrían al revés de como se abren las puertas de todos los automóviles. Este fue uno de los tantos comentarios en apariencia banales, pero insidiosos que Argimiro fue desgranando durante el viaje convirtiendo lentamente a Gonzalo en una caldera al rojo vivo. Uno, en particular, expresado con perversa inocencia hizo estallar la caldera; rebasó en Gonzalo el muro de su contención, encendió la pradera de las pasiones y lo echó fuera del auto, colérico y desafiante: el Studebaker, al tomar una curva muy pronunciada, quedó ahogado en una espesa nube de polvo que nos envolvió como si nos encontráramos en medio de una tormenta de arena en algún desierto africano y Argimiro dejó caer con desgano: “Este es el único carro en el mundo que se echa tierra el mismo”.