• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Cédulas que van al monte

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Mi hermano mayor vaticinó que el país mejoraría cuando sacáramos la cédula de identidad el mismo día. Hoy es posible hacerlo no porque el país haya mejorado, sino porque disponemos de una tecnología, ajena, que lo permite. Sin embargo, hay que repetir la cédula porque la foto salió oscura, el nombre aparece equivocado o resultamos ser colombianos; no hay línea y hay que levantarse de madrugada para coger número. ¡En vísperas electorales, la cédula es un tesoro! Para un pariente mío es más bien un valioso instrumento para abrir las puertas con el pestillo corrido a modo de cerrojo y hay quienes en el lugar del atraco abandonan una cédula robada para confundir a la policía.

Alfonso Montilla, un culto amigo mío, valerano, en un suceso memorable perdió su cédula de identidad en tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez. Viajábamos en auto hacia Valera y en una de las alcabalas puestas por el régimen para acentuar su carácter represivo tuvimos que detenernos. El guardia nacional nos inspeccionó, revisó el automóvil y nos obligó a identificarnos. Mostramos nuestras cédulas, pero retuvo la de Alfonso entre el índice y el pulgar de su mano derecha: una miseria de cédula, ajada y con la foto y los datos desvanecidos. ¡Ciudadano!, dijo el guardia nacional mostrando el documento. ¿Por qué no ha renovado su cédula? Y Alfonso respondió con orgullosa despreocupación: ¡Es que me ha salido muy buena! Yo vi en la mirada de aquel hombre las ganas de llevarse a Alfonso al destacamento y caerle a planazos. No sé cómo hizo para no hacerlo porque se sabe que la disciplina castrense está reñida con el humor. ¡Pero se contuvo! Sin pronunciar palabra y sin quitar los ojos de Alfonso levantó el brazo y tiró la cédula hacia atrás, hacia el matorral que estaba a su espalda. Quedé maravillado cuando la vi volar y desaparecer en el monte porque comprendí que se trataba de un hecho insólito, irrepetible y hasta inconstitucional y lo único que le escuchamos decir al guardia con autoritaria frialdad fue: ¡Sigan!

Repongo las cédulas que pierdo con imperdonable frecuencia. Una vez, vi a la funcionaria escribir 1937 en lugar de 1931 rebajándome, con sólo pulsar una tecla, seis años de mi risueña aunque accidentada y ya larga vida. Cuando apareció la inesperada fecha lista para entrar en el proceso de elaboración de la nueva cédula permanecí callado. Algún brillo de inevitable alegría debió iluminar, sin embargo, la agradecida mirada que dispensé a aquella muchacha torpe y descuidada que manejaba con tanta ligereza mis datos o señas personales. Pero lo que no pude ocultar fue la jactancia y echonería que asumí cuando mostré la cédula laminada a mi mujer y la insté a verificar mi nueva fecha legal de nacimiento. Belén quedó perpleja y estupefacta cuando le hice notar que ella era ahora siete años mayor que el servidor. ¡No supo qué decir! Permaneció en silencio moviendo la cabeza de un lado a otro como si no atinara a precisar o rumiara con sordo furor lo que le estaba sucediendo y cuando logró recuperarse, explotó: ¡Ten mucho cuidado! ¡Esta cédula te va a traer problemas! ¡Es un documento apócrifo que puede llevarte a la cárcel!

Arrastro, pues, la fama de botar cédulas y llaveros; de olvidar, incluso, el nombre de mis nietas, pero haber perdido a la semana de mostrársela aquella cédula que me convertía en un muchacho al lado de mi mujer significó una frustración de la que no logro reponerme: ¡peor que perder en las elecciones presidenciales! No obstante jurar por sus muertos clamando inocencia, no puedo evitar pensar que fue ella quien en un celoso impulso que la igualaba al guardia nacional visto en el camino hacia Valera, ¡también echó mi cédula al monte!