• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

La casa

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Es práctica conocida utilizar la casa para representar los estratos de nuestra psique. La fachada, por ejemplo, puede ser ostentosa o, por el contrario, sin adornos y hasta cochambrosa, pero sobria y hermosa en su interior, lo que permite considerar la personalidad de quien allí vive: jactanciosa en el primer caso y noble, sensible y serena en el otro. El techo y el primer piso se relacionarían con la cabeza y el pensamiento; la escalera une los distintos planos, el sótano corresponde a lo inconsciente y a los instintos. Se lo compara con las alcantarillas de la ciudad.

Pero la casa es el hogar, es decir, es fuego y recinto, la conjunción de lo masculino y lo femenino porque todo recinto, vaso, vasija, arcón, guarda relación con la mujer. Y el fuego, las Hogueras de San Juan, el árbol iluminado de Navidad, los fuegos artificiales, hablan de la vitalidad del sol, la victoria contra las tinieblas. ¡La presencia de la virilidad! De manera que la casa, el hogar, es un espacio donde reina el amor. 

Lord Raglan, ex presidente del Real Antropological Institute de Londres, sostiene en su libro El templo y la casa que en su origen la casa no se construyó, como se cree, para protegernos de las intemperies, sino que su primer destino fue el templo. El castor construye represas y los pájaros (¡grandes arquitectos!) hacen sus nidos, “pero nadie puede sentir necesidad de algo que nunca ha visto o sobre lo cual no ha oído hablar. El hombre primitivo no pudo haber sentido necesidad de una casa, así como el hombre del siglo XVIII no pudo haber sentido la necesidad de un automóvil. El auto fue un juguete de ricos durante mucho tiempo antes de convertirse en necesidad de alguien, de allí que la casa pudo haber surgido para fines que no fueron la protección contra los elementos”. 

En cualquier caso, el interior de ella es lugar sagrado porque en un tiempo fue templo y perdura en ella esa sacralidad. La casa sigue siendo “una esfera inviolable de paz, netamente separada del mundo exterior desapacible”, 

La causa principal de la discordia social, lo que Marx llamaba “la lucha de clases” y el régimen bolivariano divide entre “revolucionarios” y oligarcas o patriotas y traidores, no es el egoísmo y la codicia, sino la incapacidad de ponerse en el lugar de los demás.

Y me pregunto: ¿cuántas casas y hogares se han desvanecido, han desaparecido bajo el criminal disparate bolivariano? Hogares deshechos porque el padre marcha al extranjero en procura de algún empleo digno; los hijos soñando con alcanzar un horizonte que no logran ubicar en el futuro inmediato de un país destrozado; el profesor, el médico, el profesional abandonan el aula, el consultorio, el bufete o el laboratorio porque se crispan sabiendo que para subsistir tendrán que manejar un taxi o vender buhonería en Sabana Grande o en El Silencio; lanzar al vacío el tiempo de esfuerzos que hicieron para mantener encendido durante las noches el sol de sus ilusiones.

Descuartizando a la cultura, socavando las bases de nuestras casas, interviniendo las conversaciones privadas, profanando el carácter sagrado que vibra hasta en la casa más humilde del barrio marginal, Hugo Chávez inició esta pavorosa catástrofe que Maduro no sabe o no puede detener. ¡Tendrás que negociar tu salida, aceptar y reconocer tu fracaso! ¿Qué más puedes hacer? ¡El país está pasando hambre, Maduro! ¡Sé razonable! Con lo que has ahorrado de tu sueldo como presidente puedes vivir tranquilo con tu familia en el lugar que prefieras. 

La historia no te absolverá, pero no hay mal que por bien no venga: la memoria del Comandante Eterno te acompañará y nosotros ¡regresaremos a nuestras casa