• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Caer en desgracia

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Caer en desgracia significa perder el apoyo que hasta entonces nos sostuvo política, social o económicamente. Ya, de suyo, “desgracia” nos lleva de la mano al infortunio, a un mal acontecimiento, al sufrimiento y, por extensión, a cualquier estado de tristeza o de desesperación. “Sufrí una desgracia”; “esa mujer es una desgracia”, “es una desgracia vivir en este país bajo el chavismo”. También significa daño: una vez, una delegación de sindicalistas me pidió inesperadamente que intercediera por uno de sus compañeros que estaba preso porque temían que allí, en la cárcel, “le dañaran la personalidad”, es decir, que lo desgraciaran. La expresión tiene que ver con la pérdida de consideración y es frecuente encontrar en la política frases como: “Con la revolución, él y su familia cayeron en desgracia”. Un hombre como el general Baduel, pongamos por caso, después de gozar del favoritismo del régimen cayó en desgracia y está en la cárcel. Es lo que ocurre con los que abandonan el barco sin advertir que la peor desgracia es precisamente “¡caer en desgracia!”.

Tuve mucho que ver con la embajada china porque con generosa frecuencia organizábamos en la Cinemateca ciclos de películas. Un día tuve en mis manos un extraordinario largometraje documental sobre los funerales de Mao Tse-tung como llamábamos entonces a Mao Zedong. ¡Logré verlo antes de proyectarlo!, pero la embajada reconsideró su exhibición porque en la película, como es natural, aparecía Jian Qing la viuda que no solo llegó a ser ministra de Cultura sino directora de aquella Revolución Cultural creada por el propio Mao considerada como uno de sus graves errores políticos. Jian Qing se asoció con lo que entonces se llamó “la Banda de los Cuatro” que, a la muerte de Mao, fueron expulsados del partido, arrestados y sometidos a juicio. Se dijo entonces que Jian Qing argumentó que cumplía órdenes del marido; que ella era el perro rabioso de Mao y a quien él dijese que había que morder, ella mordía. Escapó de la pena de muerte, pero fue condenada a cadena perpetua y finalmente liberada por enfermedad. Murió diez días después de salir de la cárcel y el gobierno dijo que se había suicidado.

La viuda había caído en desgracia y era imperioso “sacarla” del documental. Se me antoja una curiosa forma de impedir a una viuda estar junto al cadáver de su marido. Si se llegase algún día a rehabilitar a tan peligrosa mujer habría que ir a la sala de montaje y buscar y rebuscar los fotogramas expurgados y volverlos a poner en la película para que el sepelio de Mao Zedong pueda continuar su camino hacia la inmortalidad o hacia el olvido, que es otra forma de llegar a la eternidad.

No alcanza uno a imaginar la angustia, el desamparo y el desasosiego que deben aniquilar al ministro, al general, al encumbrado juez, al embajador y al alcalde y hasta al propio portero del banco cuando advierten que han caído en desgracia por mostrarse ambiciosos, víctimas de alguna infidencia, una imprudente declaración de prensa o alguna malvada murmuración entre conserjes.

Es fácil (¡si es que la hubo!) perder la amistad de los dictadores porque la autocracia padece inesperados cambios de humor. “El mar ruge en las caracolas como el monarca en la sala del consejo”, escribió Saint John Perse; y Mario Vargas Llosa en La fiesta del Chivo refiere una de las caídas en desgracia más abominables que se conozca. El asesinato de los familiares del sátrapa Saddam Hussein o del tío coreano de Kim Il-sung son otros casos terroríficos.

Los últimos en caer en desgracia han sido algunos déspotas africanos y, entre nosotros, un olvidado gobernador en Apure. Mientras sus electores padecían los rigores y las penurias bolivarianas, celebró su matrimonio repartiendo tragos y simpatías en una fiesta de abusivo tronío derrochador. Más recientemente, un ministro del Interior, y luego Elías Jaua tropezaron torpemente. Pero no me parece que hayan caído por el desfiladero de la desgracia porque al menos a Jaua se le ve alegre y confiado. Ambos son ¡héroes de la patria! ¿Seré yo, pacífico ciudadano, el próximo en caer solo por expresar el descontento con este régimen que está arruinando mi vida?