• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Brilla por su ausencia

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Oí decir a la joven protagonista de una película vista en la televisión que “hay estrellas oxidadas a las que hay que dar brillo con agua de manantial”. Apartando los forzados alcances y méritos poéticos de la frase, pensé en el brillo que ofrecen algunos objetos y, sobre todo, ciertas mentes privilegiadas. Gaston Bachelard estableció asociaciones entre el brillo, la mirada y la luz de las estrellas.

Rimbaud hizo otro tanto en Une saison en enfer: “He tendido cuerdas de campanario a campanario; guirnaldas de ventana a ventana; cadenas de oro de estrella a estrella. Y allí danzo”.

Se habla del brillo de las estrellas por el fulgor que emerge de ellas a pesar de la oscura eternidad que las envuelve. Por eso se considera su brillo como una fuerza espiritual asociándolo con la luz que emana de nuestro interior. Pero al constatar que no se trata solo de una estrella en particular sino que son incontables, simbolizan en conjunto un ejército espiritual en lucha permanente contra las tinieblas.

Lo contrario del brillo es lo opaco, lo triste y lo sombrío. Lo melancólico. Lo que impide el paso de la luz. Hay cuerpos y mentes que carecen de luz propia y solo reflejan la que reciben de otros. Lo que no deja de ser una pena, porque todo tiende a resplandecer, a despedir rayos de luz, a sobresalir y mostrar superioridad. Significa tener una mente brillante y esclarecida. El poeta Juan Calzadilla, sin embargo, nos dio su voz de alerta ante la excesiva y contradictoria embriaguez que constituye la búsqueda de la perfección no solo en el arte sino en la propia vida. Advirtió el peligro en un ars poético que acostumbro reiterar: “Si pules demasiado obtienes solo el brillo”. Conocemos la luz de la conciencia que es un brillo que protege, orienta e ilumina la geografía del alma y cubre y anima también el alma de las palabras.

Cuando no encontramos talento o brillantez alguna en las personas o en sus actos decimos, irónicamente, que ese talento o disposición brillan “por su ausencia” o que no todo lo que brilla es oro.

Es lo que ocurre con el régimen bolivariano: cree que su proceder es brillante, pero no es verdad. Lo afirma Elvira Ancízar en El día que me quieras, cada vez que se levanta el telón en la pieza teatral de José Ignacio Cabrujas: “Vivimos tan mal, Pío Miranda, con los helechos y los canarios, y el Ecce Homo detrás de la puerta... Vivimos tan mal...”.

Lo que brilla por su ausencia en el gobierno es el fulgor de aquellas estrellas considerado como fuerza del espíritu. También la probidad al igual que la luz de la conciencia; la alegría de vivir y el estimulante resplandor del crepúsculo que apacigua, estoy seguro, la noche oscura que acecha la caída del sol. Una luminosidad que nos prepara para recibir el inmerecido regalo del nuevo día, igualmente radiante, que aparecerá mañana en el oriente del mundo. ¡En el régimen militar ese día tiene quince años sin aparecer! Tampoco hay alegría en el socialismo bolivariano: ¡hay represión, ofensas, castigos! Tiende a ser opaco, aburrido; nada esclarecedor sino todo lo contrario: cerrado y degradante, es decir, empeñado en privar a sus opositores de la dignidad y el honor. Una perversa obsesión por humillar y envilecer, incluso, a sus seguidores convirtiéndolos en “patriotas cooperantes”, es decir, en miserables delatores, como se les vio, activos, durante los regímenes de Franco, Hitler, Stalin y otros oprobios que han azotado al hombre a lo largo del tiempo. La opacidad del régimen arrastra los virus del odio y del desprecio; peor aun, los de la mediocridad. ¡Todo acá brilla por su ausencia! Hasta los alimentos y el arte de la política. ¡Vivimos tan mal!