• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Basura

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Soy de naturaleza serena y en absoluto inclinada a la violencia. Nunca he tenido un arma de fuego en mis manos e ignoro cuánto puede pesar o costar un revólver. Tengo 85 años y todavía me persigue el mal recuerdo de la bofetada que siendo menos que un adolescente le di a un muchachito de mi misma edad, en la plaza Altamira. El estupor y el desconcierto de aquel chico vuelven a mí cuando menos lo espero. ¡No se ha borrado en años y sigo arrastrando la culpa! ¡Nunca más he maltratado a nadie!

Jamás he asistido a un combate de boxeo y solo fui una vez al Nuevo Circo, siendo muchacho, a una tarde de toros para ver a Manolete y no me gustó la agonía y muerte del animal, pero estoy enterado de quiénes son los nuevos toreros, los campeones de peso pluma, medio o pesado y me sentí molesto cuando Mike Tyson le mordió la oreja a Evander Holyfield en junio del 97 anticipándose a Suárez, el goleador uruguayo que muerde a los italianos que se le acercan. Me aflige ver las fotos de Mohamed Alí cercano a su muerte. Miro las películas hechas en Hollywood y sé que a los tres minutos de haber comenzado ya aparecerán las armas y habrá, al menos, cinco o seis muertes violentas. De manera que soy consciente de que he crecido en la cultura de la violencia, pero la del cine no me trastorna porque es cinematográfica, es decir, imposible en la vida real. Lo es porque el automóvil donde van Mel Gibson y Danny Glover en Arma mortal recorre el tercer piso de oficinas desbaratando todo a su paso, rompe las paredes, cae con estrépito en el canal rápido de la autopista y sigue impertérrito persiguiendo a los bandidos. Danny Glover vino al país, le sacó unos cuantos dólares a Hugo Chávez, el manirroto, para financiar una película sobre el libertador de Haití, ¡se marchó y no volvimos a saber de él! ¡La verdadera violencia vive fuera del cine! Se remueve dentro de nuestras propias almas. Se cultiva en los pasillos de Miraflores y en las dependencias del Ministerio de la Defensa. Es violencia que en el CNE un (a) hijo (a) de puta (¡dicho sea con todo el respeto que me merecen las mujeres de “vida alegre”!) haya eliminado mi firma del revocatorio violentando mis derechos. 

Algunos logramos contener la violencia, disuadirla, impedir que aflore. Otros, por el contrario, le abren las esclusas, la estimulan, le dan formación para maltratarnos tal como ocurre con la guardia nacional o con la policía sea esta bolivariana o metropolitana. Hay ferocidad, dureza y agresión en los uniformes de combate y en los enfrentamientos: las botas, las corazas y escudos y armas de gases y perdigones o balas de goma o plomo y porras. Dentro del espacio donde las armas son protagónicas también los malandros y delincuentes usan fusiles rusos y granadas que se suponen exclusivas de los militares. Se nos enfrentan, nos apalean porque somos vulnerables y andamos desarmados. A Julio Borges el gobierno le cae a tubazos y viene la señora del CNE a decir con descaro que si se producen actos de violencia suspende el revocatorio. Veo las imágenes de jóvenes manifestantes que devuelven las bombas lacrimógenas y las lanzan a los guardias o tiran piedras en respuesta a los disparos. Es, en definitiva, lo que habrá que hacer: quitarle las armas y sacar a los enchufados a patadas. Personalmente, no dispongo de ese tipo de armas. Las únicas que tengo se llaman palabras, como estas que estoy escribiendo. Si quiero, puedo convertirlas en armas, tumultos y agresiones o simplemente en lo que ellas me suplican que sean: armas de serenidad y firme esperanza. Aunque puedo con derecho propio englobar las dos posibilidades y atacar la crueldad y terquedad del régimen al mismo tiempo que avizoro un mañana más luminoso. A través de mis palabras puedo declararme en rebeldía como en efecto estoy haciendo. ¡Mostrar mi indignación! Puedo y debo, a mi avanzada edad, declararme en desobediencia civil. Rechazar las leyes y disposiciones del Tribunal de Justicia, decir no a las sentencias dictadas por jueces alineados junto al Ejecutivo. Desoír a los rectores apiñados en las trampas del Consejo Electoral y sentir repugnancia por los militares que han traicionado sus juramentos porque en lugar de  defender la patria obligan a los civiles a defendernos de ellos. Rechazo y desestimo cualquier acto de violencia pero creo en la no violencia activa. Es decir, en la presencia silenciosa pero tenaz e incisiva de las ideas, la cultura, la civilidad. Todo acto cultural que surja, toda presentación de libros, exposiciones de arte, conferencias, conversatorios son actos de resistencia, oxígeno para unos espíritus angustiados. Las palabras que expresan sin titubeos la opinión que se tenga de las acciones y acontecimientos derivados de la política o de los pendulares movimientos de la sociedad pueden ser actos de resistencia, de desobediencia civil.

Por razones de salud no puedo ofrecer mi presencia en marchas, manifestaciones y concentraciones civiles en defensa de nuestros derechos pero puedo mostrarme a través de las palabras. ¡Lo hago  sin temor! Es mi manera de estar con los desvalidos, los marginados, los perseguidos y acosados. Lo hago por los enfermos que se debilitan día a día, por los niños que mueren sin haber conocido la alegría de ver las luces y las sombras del amanecer.

La basura, ya se sabe, es un tesoro que reciclado se transforma en beneficio. Para los chavistas (¡van quedando pocos!) soy más basura que la basura que ellos son, pero yo puedo reciclarme y convertirme en lo que ya soy: un ser ponderado y aprovechable para el desempeño y desarrollo del país. Un ser no violento, ni agresivo y mucho menos ordinario y vulgar como lo fue Hugo Chávez y lo es Nicolás Maduro llamando basura a quienes solo exigen respuestas al desastre en que se encuentra el país.

De modo que a mi avanzada edad, soy una basura no violenta sino movida por una no violencia activa. Sin embargo, cuando me veo al espejo constato que aparece mi imagen bella, limpia, muy nítida y normal, pero detrás de ella puedo observar una sombra, algo como una basura que se desplaza por algún pasillo del Palacio de Miraflores o por los corredores del Tribunal de Justicia y del Consejo Electoral.