• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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La Atlántida

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Detrás de todo mito se encuentra algún hecho o personaje real. Ocurre con Drácula, el voivoda, antecesor ficticio de Vlad Tepes, monarca rumano que se complacía en empalar a sus enemigos turcos hace siglos atrás. Los rumanos se ofenden con el vampiro creado por Bram Stocker porque consideran a Vlad como un héroe nacional Es lo que sucede con la Atlántida una isla, una ciudad, un continente sumergido en las aguas oceánicas a causa de alguna catástrofe volcánica, un sismo o un tsunami espantoso por culpa de la voracidad ambiciosa de sus habitantes que amenazaron con invadir, conquistar y esclavizar a las comunidades vecina. En su lugar, se trata más bien de un texto de Platón en el que se describe una sociedad perfecta, utópica, porque la intención del filósofo no fue la de afirmar la existencia de ese lugar de ensueño llamado Atlántida, en razón del nombre de Atlantes como se llamaban sus habitantes, sino la alusión a una sociedad perfecta e inalcanzable.

Desde entonces, geógrafos, antropólogos, oceanógrafos, senadores norteamericanos y charlatanes de todo género y estirpe han tratado inútilmente de encontrar la ciudad sumergida. La tecnología actual, la mirada aérea, la hazaña tecnológica de emprender viajando a Saturno por las profundidades de los abismos siderales y el célebre batiscafo del comandante Cousteau que exploró el fondo de todos los mares no han logrado descubrir la ciudad sepultada bajo el océano, flanqueada por las Columnas de Hércules. Algunos suponen que se encuentra en las Antillas; otros, cerca de las Bahamas o de Barbados y hay quienes aseguran que permanece hundida en las cercanías del estrecho de Gibraltar. Es más, hay una insólita teoría que la ubica en el fondo de algún tenebroso lago de Bolivia.

El hombre siempre ha anhelado y  buscado con indetenible e impetuoso afán el tesoro de lo imposible, la fuente de la juventud, la invisibilidad corporal, la rosa azul, el sol que aparezca por el oeste del mundo. Pero creo que es hora de advertirles a los oceanógrafos, antropólogos y buscadores de tesoros sepultados en el fondo de los mares sobre la inutilidad de sus esfuerzos y ambiciones.

Con Venezuela está ocurriendo lo que a una pequeña isla que estuvo en la Boca del Lago de Maracaibo. Vivía de la piedra que se encontraba en su suelo y fue tanta la que se extrajo que ella misma se deglutió, se devoró a sí misma y se hundió para siempre. La Atlántida no emergerá jamás del mito en el que permanece hundida en la frágil y fantasiosa memoria humana; por el contrario existe en la Venezuela bolivariana en la que yo mismo !soy la Atlántida ¡soy uno de los atlantes arrastrado, a pesar mío a un abismo sin fondo por una fuerza volcánica y perversa pero indefinible llamada socialismo del siglo XXI! 

Oceanógrafos, antropólogos, charlatanes tenaces e impenitentes, buscadores ilusos de la rosa azul, dejen por un momento de buscar la Atlántida y ayúdenme a encontrar pan en las panaderías venezolanas, pero sobre todo a no perecer, a no hundirme en el mar, a evitar que mi país se convierta en el cementerio marino que entrevió el poeta Paul Valery, ¡nicaragüense, no, Luisa Ortega, ¡francés!, y no dejar que el mar leal duerma en mi tumba.