• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

Al instante

Rodolfo Izaguirre

Alejados de la vida

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En vida, Lord Byron nunca regresó a su país y prefirió recorrer Italia y Grecia donde murió joven en 1824, víctima de la malaria. Deslumbrado, estuvo en Pisa, Génova y Roma y vivió en Venecia una fascinante vida disipada. También Percy Shelley y su hermana Mary, autora de un libro no menos fascinante llamado Frankestein o el moderno Prometeo se maravillaron con el sol italiano y los resplandores del Renacimiento. La muerte también acorraló a Percy hasta ahogarlo en el mar de Viareggio.

Máximo Gorki vivió en Capri en 1907 y allí escribió La madre, su famosa novela, y han sido muchos los artistas y escritores que han buscado el sol de Italia, la luz de sus campos y el portento de su espíritu creador. En todo caso, en aquellas primeras décadas del siglo XIX Italia significó para Byron y Shelley una libertad política inalcanzable en Inglaterra, y para los rusos, el goce de una intensa vida mediterránea.

¡Yo entendí el disfrute que pudieron haber vivido entonces en aquella Italia que yo mismo conocí y adoré un siglo más tarde! Lo supe cuando desde Austria me dirigía en tren hacia Roma con mi hermano José Luis. Bajo la autoridad austríaca, las estaciones mostraban una limpieza extrema; en el andén, los viajeros se movían en silencio, sin prisas y el tren mismo se ajustaba a normas de velocidad, a horarios puntuales y notoria pulcritud dentro de los vagones. Bastaba observar al padre austríaco y a su hijo de 8 años sentados frente a nosotros. Hablaban casi en susurros; de vez en cuando el padre nos dirigía una leve sonrisa como para significar que aún estaba allí. Y todos sus gestos, precisos y calculados, resultaban desconcertantes. Abrían con cuidado la pequeña bolsa de papel y sacaban los emparedados protegidos por servilletas de tela y comían despacio evitando con exagerada atención que no cayera al piso una miga de pan. Destapaban la botella de agua o jugo y con igual esmero y lentitud bebían a sorbos.

Mi hermano y yo estábamos maravillados porque jamás habíamos visto semejante comportamiento entre un padre y su hijo. Pero el asombro se transformó en total estupefacción cuando llegamos a la frontera: la autoridad sobre el tren es ahora italiana, y allí en el andén y en las próximas estaciones en las que nos deteníamos estuvimos escuchando los gritos de los vendedores de emparedados, bananas, salami, refrescos y chucherías diversas mezclados con el alocado correteo de niños lloriqueando y adultos arrastrando pesadas maletas; gente angustiada y temerosa de perder el tren y enloquecida por los silbatos de los funcionarios. Frente a nosotros, aquel padre austríaco que habíamos visto pulcro y elegante, despojado ahora de su chaqueta y sin corbata, y el hijo, descalzo, se atragantaban de quesos, mortadelas y cambures y todo lo tiraban al suelo o lanzaban los restos por la ventanilla del tren en marcha.

Ya no nos miraban y se reían sin motivo alguno tocados de pronto por un soplo inesperado y desconocido y volvían sus rostros hacia la perfección del paisaje lombardo; sentían que los invadía y rebasaba el privilegio histórico y artístico de la Toscana y resultaba evidente que lo que los transformaba era el hecho de que el sol, la luz, la vida italiana estaban disolviendo la conducta disciplinada, el sojuzgamiento a un orden social inamovible y severo y a un estricto reglamento de vida. Descubrían que al ajustarse a la rigidez de sus existencias estaban negando los relámpagos de la propia vida, y al desprenderse del orden abrumador, liberados, imitaban sin saberlo a Byron y a Shelley quienes, a pesar de la muerte al acecho, recorrieron gloriosos una Italia eterna, desordenada, resplandeciente y generosa.