• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

¡Agua, por favor!

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Si cerramos los ojos y pensamos en un mar sin luz estaríamos en el comienzo de las cosas y de los seres porque en el principio todo era como un mar sin luz. Para unos, de esas aguas primigenias e inmortales nació la vida; y para otros, la vida navega a través de la naturaleza en forma de lluvia, savia, leche, sangre porque son esas las aguas del principio y del fin de todas las cosas de la tierra. Es más, la transparencia del agua que discurre tiene el privilegio de adaptarse a las formas de los obstáculos que encuentra a su paso sin perturbar la fluidez de su curso. Permanecemos en el seno materno sumergido en una sustancia acuosa conocida como líquido amniótico y luego somos bautizados con agua bendita para expulsar al demonio y abrazarnos a la cristiandad.

Sin embargo, hay en las aguas del mundo seres que viven en ellas.

¡Espíritus del agua! Algunos, peligrosos como las serpientes y los dragones; y otros, como las ninfas que viven en ríos, arroyos, torrentes y charcas y se muestran amistosas con los humanos y contribuyen a activar la agricultura. No creo que hayan vivido nunca en Venezuela. Los antiguos griegos tuvieron más contacto con ellas, pero se dice que los poetas parnasianos del Zulia, en lugar de petróleo, veían ninfas y náyades en el lago de Maracaibo.

El caso es que luego de varios días de insoportable espera alguien en mi casa grita: “¡Llegó el agua!”, porque desde hace tres o cuatro años se ausenta porque no hay presión, se ha roto alguna tubería, hay bora en las represas o es culpa del Niño y de la sequía que lo acompaña, pero nunca será culpa de la ineficiencia de Hidrocapital que es como decir la incompetencia del gobierno. Porque hay Niño en otros países y agua en sus duchas.

Junto al grito sorprendido pero alborozado de: “¡Hay agua!” siguen los de: “¡Aprovechemos para bañarnos no sea cosa que la corten!; o: “¡Pon la ropa en la lavadora, antes de que se vaya!” o: “¡Llena los pipotes, pero rápido!”. Es una angustia y una zozobra estremecedora y marginal cada vez que el grito de: “¡Llegó el agua!” implosiona la serenidad de la casa y todos corremos de un lado para otro como locos en el patio del manicomio. El drama se instala cuando quedamos enjabonados bajo la ducha: cuando quedan sucios los platos en el fregadero o la lavadora se detiene sin enjuagar la ropa.

Entonces se levantan las maldiciones, el memorial de agravios y la sarta de improperios contra Hidrocapital y contra el propio gobierno que nos tiene hartos a todos, que hasta cuándo, que este régimen militar es un incordio, que Maduro y los enchufados serán los únicos que logran bañarse en medio de esta ignominia del agua, que nunca llega al tanque de la casa que lleva años casi seco, que mire usted adónde vamos a parar, que Dios nos ampare, que así no se puede seguir viviendo, que hemos perdido la calidad de vida, que Chávez es el único responsable porque nos trajo el desastre, que Maduro está terminando de acabar con lo poco que queda, que en ningún país serio y decente ocurren las cosas que pasan aquí, que en esos países no duraría un gobierno tan disparatado como el que tenemos, que...

Por fortuna, viví en París en los inicios de los años cincuenta del pasado siglo y aprendí la técnica del “baño francés”: frente al lavamanos con jabón, una esponjita y una escudilla de agua; pero Belén se niega rotundamente a hacerlo y prefiere meterse a la ducha con un hilito de agua cayéndole sobre la cabeza y palpamos su odio visceral cuando grita: “¡Nicolás, esto es indignante!”.

Tenemos años en este padecimiento y no se asoma ningún indicio de que terminarán definitivamente no solo los trastornos del agua, sino la pesadilla política, las asperezas militares, la justicia con los ojos tuertos y vendados y su desportillada balanza amparando a los corruptos y a los pistoleros protegidos igualmente desde el palacio.

No pido el milagro de que la oposición deje de actuar tan neciamente como lo hizo con la MUD. Solo pido a la Providencia que el agua llegue a mi casa con normalidad, para poder bañarme como hacen los novios antes de abrazarse en el lecho conyugal.