• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Abrazarse a la eternidad

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Mi amigo, sacerdote jesuita a quien venero, respeto y admiro, acudió a mi llamado. Tras una larga enfermedad y ya en trance de muerte, Gilia, un familiar muy amado, había pedido la visita de un sacerdote que la reconfortara; que estuviera con ella, le hablara, la escuchara; que hiciera posible abrirle aún más el camino hacia el Misterio para que pudiera adentrarse en él no con pasos inciertos o temerosos, sino en la seguridad y la confianza que sólo ofrece el resplandor de lo que es sagrado. Superados los agobios de la enfermedad y dejada atrás la inagotable tristeza de quienes hasta entonces permanecieron a su lado, ella se internó en una nueva geografía desconocida, insondable, pero orientó sus pasos consciente de que una iluminada oscuridad estuvo delante de ella guiándola, al mismo tiempo que permanecía detrás, protegiéndola.

¡Fue íntimo y pequeño el grupo que asistió al acto litúrgico de la unción! El esposo, sus dos hijos; las dos hermanas, unas sobrinas; mi hijo mayor y su mujer; la mía y yo, reunidos en recogido silencio observando al sacerdote pasar las páginas del devocionario, alternando y deteniendo su mirada en la consumida presencia de la enferma y en la hermosa oración que debía pronunciar. Exceptuando la voz del sacerdote, el silencio se apoderó de nosotros en aquella habitación y selló nuestros labios. Pero no había peso o ahogo alguno. Sentíamos, desde luego, aprehensión y desconsuelo pero se creó, sin embargo, una liviandad en torno nuestro como si también el Misterio se acercara a nosotros para ayudarnos a comprender el estado de Gracia que invitaba a la enferma a aceptar el desenlace final.

La situación nos resultaba intensa porque era la primera vez que asistíamos a una extremaunción, sacramento de la Iglesia Católica conocido hoy canónicamente como unción de los enfermos y porque, generalmente, cuando se llama al sacerdote para fortalecer con los santos óleos al enfermo ya es muy tarde, y al ungírselos se encuentra en estado de coma o tan postrado que no alcanza seguramente a comprender lo que ocurre y sin atisbar que se está preparando para traspasar el umbral. En este caso, no fue así porque la enferma era dueña absoluta de una lucidez que no se compadecía con la visible debilidad física de su cuerpo agotado, casi inmóvil. Pero reconocíamos que el aceite sagrado al formar una cruz sobre su frente y en el dorso de sus manos era, en efecto, una gracia especial, una manera eficaz de fortalecer el espíritu, reconfortarla en la enfermedad y prepararla para aceptar la muerte, enfrentarla, recibirla con los ojos abiertos: ir al encuentro de lo Absoluto.

Entendí también, en medio de nuestros sollozos, que ungir de aceite sagrado la frente y las manos de alguien enfermo significa la definitiva aceptación, la renuncia irrevocable a cualquier noción de pertenencia que no fuese la de la propia muerte anhelada, a veces, como una liberación y cuyo único propósito es el de abrazarse a la eternidad.

El dramático momento de la unción adquirió magnitudes insospechadas porque todo sucedió y se desarrolló en medio de la asombrosa belleza de una naturalidad de la que no resultaban ajenas las oraciones y la despejada ternura y comprensión de mi amigo jesuita. Todos hicimos el esfuerzo supremo de ocultar las lágrimas para evitarle a la enferma un nuevo y desconsiderado sufrimiento y al finalizar nos acercamos a ella y era como el último adiós, pero quedó, al menos en mí, una sosegada sensación de beneplácito y, si se quiere, de triste alegría y satisfacción espiritual no sólo por haber dejado a Gilia segura en el Camino sino por sorprender, al mismo tiempo, un asomo de reconciliación conmigo mismo.